FCB, Rosell y Bartomeu: cómo el club de los 1.000 millones terminó con 481 millones de pérdidas
Entre 2010 y 2021, los ingresos del Barça llegaron a rozar los 1.000 millones de euros, pero el crecimiento convivió con salarios, amortizaciones y fichajes cada vez más exigentes. La pandemia aceleró el deterioro, aunque las cuentas demuestran que el desequilibrio ya era anterior.
El FCB presentó en octubre de 2018 una cifra que parecía resumir el éxito de su modelo: 914 millones de euros de ingresos en la temporada 2017/18 y un presupuesto de 960 millones para el ejercicio siguiente. El club se convertía en la primera entidad deportiva que superaba los 1.000 millones de dólares de facturación y avanzaba hacia el objetivo de alcanzar los 1.000 millones de euros antes de 2021.
Tres años después, cerró 2020/21 con 631 millones de ingresos, 481 millones de pérdidas, 533 millones de deuda bancaria y un patrimonio neto negativo de 451 millones. La distancia entre ambas fotografías no puede explicarse únicamente por la pandemia: la Covid-19 eliminó taquilla, museo, turismo y parte de la actividad comercial, pero el propio Barça calculó que, sin el efecto directo de la crisis sanitaria, la pérdida de 2020/21 habría alcanzado igualmente los 390 millones.
La información financiera de este análisis ha sido ofrecida por Infonif a partir de fuentes oficiales y registrales, y se ha contrastado con las cuentas auditadas, memorias y presentaciones económicas del club. El objetivo no es determinar qué presidente ganó más títulos, sino explicar cómo una entidad que aumentaba ingresos acabó perdiendo el control relativo de sus costes.
Rosell recibió un club ganador y empezó reduciendo deuda
Sandro Rosell accedió a la presidencia en 2010, tras ganar las elecciones que cerraron el primer mandato de Joan Laporta. El punto de partida era singular: deportivamente, el Barça disponía del equipo de Guardiola, Messi, Xavi e Iniesta; económicamente, había superado los 400 millones de ingresos. Aun así, la nueva dirección consideraba que la deuda y la liquidez exigían más disciplina.
Durante los primeros años, el club combinó éxito deportivo con una política orientada a reducir el endeudamiento. El Barça siguió creciendo y ganó la Champions de 2011, mientras intentaba contener costes y refinanciar obligaciones. La ventaja era que la plantilla todavía estaba sostenida por una generación formada en La Masia —Messi, Xavi, Iniesta, Busquets, Piqué, Pedro, Valdés y Puyol—, lo que reducía la necesidad de comprar en el mercado toda la columna vertebral del equipo.
Pero esa ventaja empezó a erosionarse por dos vías: el aumento de las remuneraciones de unos jugadores que habían alcanzado la élite mundial y la necesidad de incorporar futbolistas para renovar posiciones. El ahorro inicial en derechos de adquisición no impedía que los salarios crecieran: un canterano consagrado puede tener una amortización reducida, pero exigir una remuneración propia de una estrella internacional.
Neymar simbolizó el cambio de escala
La llegada de Neymar en 2013 representó mucho más que un fichaje. Deportivamente, el club incorporaba a uno de los talentos con mayor proyección mundial; comercialmente, reforzaba su presencia en Brasil y ante una nueva generación de aficionados; financieramente, la operación introducía costes de adquisición, primas, contratos relacionados y obligaciones que debían distribuirse durante varias temporadas.
La complejidad contractual acabó generando consecuencias jurídicas e institucionales. Sandro Rosell dimitió en enero de 2014 y Josep Maria Bartomeu asumió la presidencia, que ocuparía hasta octubre de 2020. El cambio de presidente no alteró inicialmente la estrategia de competir mediante grandes inversiones: Bartomeu heredó una plantilla todavía extraordinaria y añadió nuevas incorporaciones. Luis Suárez llegó en 2014 y completó, junto a Messi y Neymar, uno de los ataques más productivos de la historia, con el que el equipo conquistó el triplete en 2014/15. El éxito validó la apuesta, pero también elevó el coste de conservar la plantilla: los títulos activaban primas y las estrellas ganaban capacidad negociadora.
2015: primera señal, la deuda crecía con los fichajes
Las cuentas de 2014/15 muestran bien la tensión. El Barça alcanzó 608 millones de euros de ingresos y, desde 2009/10, la facturación había crecido a un ritmo medio del 8% anual, mientras los gastos lo hacían en torno al 4%. Sin embargo, la inversión en jugadores como Luis Suárez, Mathieu, Bravo, Vermaelen y Aleix Vidal hizo que la deuda neta aumentara de 287 a 328 millones. La ratio de deuda neta sobre EBITDA se situó en 3,24 veces, por encima del máximo de 2,75 fijado en los estatutos para aquel ejercicio.
La cifra no implicaba una crisis inmediata, pero mostraba que el crecimiento no estaba financiando por sí solo toda la inversión. Conviene además distinguir entre deuda neta y deuda bancaria: la definición del club incorporaba préstamos, avales, pagos aplazados de fichajes y otros compromisos, menos los recursos líquidos. Los fichajes aplazados permiten competir hoy y pagar mañana, pero, usados de forma recurrente, hacen que cada temporada comience con obligaciones heredadas de los mercados anteriores.
708 millones con beneficio, pero el margen se estrechaba
En 2016/17, el Barça obtuvo 708 millones de ingresos, frente a 679 el año anterior. El EBITDA fue de 124 millones y el beneficio después de impuestos alcanzó los 18 millones. Los números seguían en positivo, pero el margen neto era reducido: apenas un 2,5% sobre la facturación.
Un margen pequeño no es necesariamente problemático en un club, cuyo objetivo no es maximizar el beneficio distribuible sino reinvertir en plantilla, instalaciones y secciones. Sin embargo, un resultado final tan estrecho deja poca protección frente a desviaciones: una eliminación temprana, una lesión, una indemnización o un fichaje fallido pueden absorberlo con rapidez. Además, ese EBITDA debía cubrir amortizaciones de jugadores, resultado financiero, deterioros e impuestos. La facturación crecía, pero también lo hacía la rigidez.
La salida de Neymar: una entrada extraordinaria y más gasto
En 2017, Neymar abandonó el club tras ejecutarse su cláusula de rescisión. La salida generó un ingreso extraordinario y una importante plusvalía contable, porque el valor pendiente del jugador era inferior a la cantidad recibida. Pero también obligó a reconstruir una parte esencial de la plantilla: llegaron Ousmane Dembélé y Philippe Coutinho mediante operaciones de gran tamaño, y después Antoine Griezmann o Frenkie de Jong.
La lógica deportiva era comprensible, pero una entrada extraordinaria de tesorería se convirtió en nuevas adquisiciones con amortizaciones y salarios plurianuales. El dinero de una venta se cobra una vez; la amortización y el salario de las incorporaciones afectan a varios ejercicios. Si los nuevos futbolistas no rinden lo suficiente o pierden valor, el club se queda con un coste elevado y menor capacidad de recuperar la inversión mediante una venta. La etapa posterior a Neymar ilustra la diferencia entre gastar y sustituir valor: el Barça invirtió grandes cantidades, pero no todas las incorporaciones alcanzaron el peso deportivo o comercial del jugador que había salido.
Los 914 millones ocultaba una masa salarial al límite
En 2017/18, el club alcanzó 914 millones de ingresos y un EBITDA de 177 millones, acumulando ocho ejercicios consecutivos con beneficio y 199 millones de ganancias desde 2010. La fotografía parecía sólida, pero la propia presentación oficial reconocía que el coste salarial deportivo representaba cerca del 70% de los ingresos del ejercicio. Para 2018/19 el club presupuestaba reducir la ratio al 66% y, excluyendo el resto de deportes profesionales, estimaba que el fútbol se situaría en torno al 61%.
Ese 70% indicaba que una parte muy elevada de cada euro ingresado estaba comprometida antes de pagar otros costes, amortizaciones e intereses. La tendencia era clara: la capacidad negociadora de los jugadores había absorbido gran parte del crecimiento. Vender a una estrella podía debilitar el equipo y generar contestación social; mantenerla exigía renovar; fichar un sustituto añadía amortización. El Barça había entrado en una dinámica en la que los ingresos récord servían, en buena medida, para sostener costes también récord.
La pandemia retiró los ingresos que mantenían el modelo
Para 2019/20, el Barça había presupuestado 1.047 millones de ingresos y 11 millones de beneficio. La pandemia interrumpió las competiciones, cerró el Camp Nou al público y redujo drásticamente museo, tiendas, turismo y actividad comercial. El ejercicio terminó con 855 millones de ingresos y 97 millones de pérdidas.
El deterioro se completó en 2020/21, una temporada prácticamente entera sin ingresos normales de estadio. Frente a los 828 millones presupuestados, el club obtuvo 631 millones y perdió 481. El impacto de la Covid-19, calculado con los criterios de LaLiga, fue de 92 millones: sin pandemia, la pérdida habría sido de 390 millones. La cifra desmonta la explicación más cómoda: la pandemia fue determinante, pero no suficiente, porque el Barça arrastraba un problema de gasto, valoración de activos y compromisos heredados. Parte de ese resultado incorporó además deterioros, provisiones y ajustes de la nueva dirección que no supusieron salida de tesorería, pero reflejaban que varios activos ya no podían mantenerse a su valor contabilizado.
533 M de deuda bancaria y patrimonio negativo
El cierre de junio de 2021 dejó tres cifras especialmente graves: una pérdida de 481 millones, una deuda bancaria de 533 millones —vinculada a emisiones de largo plazo, financiación de inversiones y Espai Barça— y un patrimonio neto negativo de 451 millones. Este último significaba que las pérdidas acumuladas habían consumido los fondos propios del club; no implicaba una liquidación automática, pero reducía de forma extrema la protección del balance.
La tesorería disponible era de apenas 63 millones, muy pequeña frente al tamaño de las obligaciones, a las que se sumaban compromisos por fichajes, salarios diferidos y proveedores. En agosto de 2021 se completó una financiación de 525 millones destinada a reestructurar deuda y aportar recursos; el objetivo no era financiar una expansión, sino evitar que la presión de corto plazo asfixiara la actividad.
Bartomeu dimitió antes del cierre que resumió su etapa
Josep Maria Bartomeu dimitió el 28 de octubre de 2020 y una comisión gestora administró el club hasta las elecciones de marzo de 2021, en las que Joan Laporta regresó a la presidencia. Las cuentas de 2020/21 fueron formuladas por la nueva dirección, aunque gran parte del ejercicio y de los compromisos procedía de la administración anterior.
Por eso conviene separar responsabilidad política y mecánica contable: las pérdidas de 2021 incluían decisiones de valoración del nuevo equipo, pero afectaban a activos, contratos y obligaciones acumulados durante años. La tendencia previa era suficiente por sí sola —masa salarial elevada, amortizaciones crecientes, fichajes aplazados y poca holgura en el resultado ordinario—, y la pandemia actuó como una prueba de resistencia que el modelo no superó: cuando desaparecieron el público y parte del negocio comercial, el club no pudo reducir sus costes con la misma rapidez.
El Barça no cayó por facturar poco, sino por comprometer demasiado
Entre 2010 y 2019, el FC Barcelona pasó de superar los 400 millones a aproximarse a los 1.000 millones de ingresos, ganó Champions, Ligas y copas y reunió a algunos de los mejores futbolistas de su historia. Pero el crecimiento escondía un problema: demasiados ingresos futuros estaban comprometidos en salarios, amortizaciones, pagos aplazados e inversión. El club no llegó a 2021 porque hubiera dejado de vender, sino porque su estructura necesitaba seguir batiendo récords para mantenerse en equilibrio.
Cuando los ingresos cayeron, el deterioro fue inmediato. Los 481 millones de pérdidas no fueron solo el coste de jugar sin público: fueron también la regularización de un modelo que había comprado presente utilizando una parte creciente del futuro. La lección financiera es clara: facturar más no garantiza ser más solvente, porque la calidad del crecimiento depende del margen, la generación de caja, el calendario de pagos y la capacidad de recortar gastos cuando cambia el ciclo.
Joan Laporta volvió en 2021 con una tarea muy distinta a la de 2003. Entonces debía recuperar el rendimiento deportivo; ahora tenía que reconstruir un patrimonio negativo, refinanciar deuda, reducir salarios y financiar un estadio nuevo sin convertir el club en sociedad anónima. Para lograrlo recurrió a una combinación de recortes, ventas de activos y derechos futuros, nuevos patrocinios y operaciones de financiación. La reconstrucción permitió recuperar beneficios ordinarios, pero abrió otra pregunta: cuánto futuro debía vender el Barça para conservar su presente.
Ana SánchezRedactora licenciada en Periodismo por la Universidad CEU Cardenal Herrera con más de tres años de experiencia en diferentes áreas y medios de comunicación de la Comunidad Valenciana.






