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La batalla por los datos…¿Quién controla el nuevo petróleo?

Estados, grandes tecnológicas y bloques económicos compiten por controlar los flujos de datos, la infraestructura y las reglas que hoy mueven la economía digital y condicionan la soberanía, la competitividad y el reparto de poder global.

La batalla por los datos…¿Quién controla el nuevo petróleo?
Publicado a 26/02/2026 18:23

Durante años se ha repetido un mantra con aire de sentencia: «los datos son el nuevo petróleo». La comparación era útil porque obligaba a mirar los datos como un recurso económico capaz de generar rentas, concentrar poder y reordenar industrias enteras. Pero también era incompleta. El petróleo es finito; los datos se replican y valen por su contexto. El petróleo se quema; los datos se procesan, se cruzan y se activan una y otra vez.

La analogía funciona, en realidad, si se actualiza: en la economía digital, no manda quien «tiene» más datos, sino quien controla los puntos de extracción, las refinerías analíticas, los oleoductos tecnológicos y los mercados donde esa información se convierte en dinero. Los datos no son, por tanto, el producto, sino el comprador.

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Ese es el verdadero campo de batalla: no la acumulación de información, sino el dominio de las infraestructuras tecnológicas, los estándares y los marcos regulatorios que convierten los datos en rentas, ventaja competitiva y capacidad de influencia. En ese tablero se mueven Estados, grandes corporaciones tecnológicas y bloques económicos, en una disputa silenciosa pero estructural que condiciona crecimiento, seguridad y soberanía.

Del dato al poder: tecnología, infraestructura y normas

El valor estratégico del dato no reside en su volumen, sino en la arquitectura que lo rodea. Sin capacidad de cómputo, sin redes, sin plataformas de análisis y sin marcos legales que permitan explotarlo, el dato es poco más que ruido. Por eso, cuando se habla de «controlar los datos», en realidad se está hablando de controlar la tecnología que los procesa, la infraestructura que los transporta y las normas que regulan su uso.

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Esta realidad explica por qué el debate ha dejado de ser estrictamente económico para convertirse en geopolítico. Los centros de datos, la computación en la nube, los semiconductores avanzados, los sistemas operativos o los estándares de interoperabilidad son hoy activos estratégicos. Controlarlos equivale a controlar los flujos de información sobre los que se toman decisiones de inversión, consumo, seguridad o planificación industrial.

Estados Unidos y China: dos modelos opuestos de control

La pugna global por los datos se articula, principalmente, en torno a dos modelos antagónicos: el estadounidense y el chino. En los Estados Unidos, el control es fundamentalmente privado, pero extraordinariamente concentrado. Las grandes tecnológicas dominan los puntos críticos del ecosistema digital: plataformas de consumo, sistemas operativos, servicios en la nube, redes publicitarias y, cada vez más, modelos avanzados de inteligencia artificial. No es el Estado quien controla directamente los datos, sino un puñado de corporaciones —como Amazon, Google o Meta — con capacidad para imponer estándares de facto a escala global.

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El poder estadounidense no reside tanto en la propiedad formal del dato como en el dominio del entorno donde ese dato se vuelve útil. Quien controla la nube controla el cómputo; quien controla el sistema operativo controla la captura; quien controla los modelos controla el refino. El Estado actúa como garante último de ese poder mediante regulación, sanciones, control de exportaciones y política industrial, especialmente visible en el ámbito de los semiconductores y la IA avanzada.

China, en cambio, ha optado por un modelo radicalmente distinto. Allí, los datos son considerados un activo estratégico del Estado. La localización obligatoria, el acceso gubernamental a la información y la integración de los flujos de datos en la planificación económica y social forman parte de una estrategia explícita de soberanía digital. Las grandes empresas tecnológicas chinas —como Alibaba, Tencent o Huawei — operan como extensiones de ese modelo: innovan, escalan y compiten, pero dentro de un marco donde el control último pertenece al poder público.

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Este enfoque permite a China utilizar los datos no solo como motor económico, sino como herramienta de gobernanza, vigilancia y política industrial. La ventaja no está en dominar plataformas globales, sino en explotar la escala del mercado interno y en integrar datos, industria e inteligencia artificial de forma centralizada.

Europa: regulación sin control tecnológico

Europa ocupa una posición incómoda en esta batalla. Ha liderado la construcción de marcos regulatorios ambiciosos –protección de datos, gobernanza del uso, límites a la IA–, pero carece de control real sobre las infraestructuras y plataformas donde esos datos se procesan. Regula flujos que, en gran medida, transitan por tecnologías ajenas.

Este desequilibrio plantea un dilema estructural. La regulación protege derechos y genera confianza, pero también incrementa costes para las empresas europeas, que siguen dependiendo de proveedores extranjeros para almacenar, procesar y explotar sus datos. La soberanía normativa no se traduce automáticamente en soberanía económica si no va acompañada de capacidad industrial.

El resultado es una Europa fuerte en reglas, pero débil en escala tecnológica, que intenta compensar esa brecha impulsando espacios de datos sectoriales y proyectos de cooperación industrial. El desafío es enorme: sin control de la infraestructura, la capacidad de capturar valor es limitada.

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Las grandes tecnológicas: los nuevos Estados petroleros

Más allá de los países, el verdadero poder en la economía del dato se concentra en un número reducido de empresas que actúan como nodos críticos del sistema. No son simples proveedores: son intermediarios estructurales. Controlan el acceso, fijan condiciones, definen estándares y generan dependencias difíciles de revertir.

Su ventaja se basa en tres pilares. Primero, la escala: operar infraestructuras globales reduce costes marginales y expulsa competidores. Segundo, el lock-in tecnológico: migrar datos, modelos y procesos tiene un coste elevado. Tercero, la asimetría informativa: quien agrega datos de millones de usuarios o empresas obtiene una visión del mercado inalcanzable para actores individuales.

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Estas compañías no necesitan «poseer» todos los datos; les basta con ser el canal imprescindible por el que circulan. En ese sentido, se parecen más a los grandes países productores de energía que a simples actores de mercado: influyen en precios, en acceso y en reglas, aunque formalmente operen como empresas privadas.

Conflictos, sanciones y fragmentación de los flujos

La concentración del poder en torno a los datos y a las tecnologías que los procesan ha tenido una consecuencia inevitable: el conflicto. No siempre adopta la forma de enfrentamientos abiertos, pero se manifiesta de manera constante en sanciones, vetos tecnológicos, disputas regulatorias y fragmentación de los flujos de información. Es una guerra fría digital en la que el control de los circuitos importa más que el dominio del territorio.

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Uno de los ejemplos más claros es la ofensiva de Estados Unidos para limitar el acceso de China a semiconductores avanzados. Las restricciones a la exportación de chips de alto rendimiento y de maquinaria para fabricarlos no buscan solo frenar una industria concreta, sino condicionar la capacidad china para procesar grandes volúmenes de datos e integrarlos en modelos avanzados de inteligencia artificial. El dato, sin cómputo, pierde valor estratégico.

El caso de Huawei ilustra otra dimensión del conflicto. El veto a su participación en redes 5G en numerosos países occidentales no se basó únicamente en criterios comerciales, sino en el temor a que quien controla la infraestructura de red pueda influir en el flujo y la seguridad de los datos. Controlar la red equivale, en última instancia, a tener capacidad de supervisión sobre todo lo que circula por ella.

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En el ámbito del consumo digital, TikTok se ha convertido en un símbolo de esta fragmentación. Las presiones para forzar su venta o prohibición en EE. UU. responden al miedo a que los datos de millones de usuarios occidentales estén sujetos a jurisdicción china. El conflicto no gira tanto en torno al contenido como al control del dato, su localización y el acceso potencial de las autoridades.

Europa también ha sido escenario de tensiones. Las multas y litigios contra grandes tecnológicas estadounidenses por transferencias internacionales de datos reflejan un choque entre modelos regulatorios. Las exigencias de localización o de garantías adicionales han llevado a las empresas a rediseñar arquitecturas técnicas, fragmentando sistemas que antes eran globales.

El resultado de estos episodios es una tendencia clara hacia la regionalización del dato. Cada bloque económico intenta reducir dependencias, asegurar su autonomía tecnológica y proteger su capacidad de decisión. Para las empresas, esto implica operar en un entorno más complejo: infraestructuras duplicadas, cumplimiento normativo divergente y riesgos geopolíticos que influyen directamente en decisiones de inversión.

España: el dato como activo estratégico en un mercado dependiente

En España, la batalla por los datos se libra desde una posición ambivalente. El país genera volúmenes crecientes de información en sectores intensivos en actividad —banca, energía, telecomunicaciones, turismo o distribución—, pero depende en gran medida de infraestructuras tecnológicas y plataformas extranjeras para procesarla y escalarla. El reto no es la falta de datos, sino quién los refina, dónde se alojan y quién captura el valor final.

El sistema financiero español es uno de los ámbitos más avanzados en uso estratégico del dato. Entidades como BBVA, Banco Santander o CaixaBank han integrado analítica avanzada e inteligencia artificial en gestión de riesgos, pricing y relación con el cliente. En estos casos, el dato es ya un activo central del modelo de negocio, aunque su explotación descansa, en gran parte, sobre infraestructuras cloud de terceros, lo que introduce una dependencia estructural.

Las telecomunicaciones representan otro nodo crítico. Telefónica ocupa una posición singular al controlar redes y flujos de conectividad. Su apuesta por servicios de ciberseguridad, IoT y big data busca capturar valor más allá del tráfico, acercándose al rol de «oleoducto» del dato. Sin embargo, compite en un entorno donde los grandes proveedores globales marcan estándares y precios.
En energía y utilities, compañías como Iberdrola o Repsol generan datos críticos a través de redes inteligentes, producción renovable y consumo. Aquí, el dato es palanca de eficiencia y planificación, pero el desafío vuelve a ser el mismo: refinar y explotar esa información sin perder soberanía tecnológica ni depender en exceso de proveedores externos.

El verdadero potencial español reside en los datos sectoriales. Turismo, logística, automoción o agroindustria generan información altamente contextualizada y difícil de replicar. En estos ámbitos, España puede competir no por escala de plataforma, sino por especialización, impulsando espacios de datos compartidos donde el valor se quede en el tejido productivo.

El futuro del dato en España no pasa por crear gigantes tecnológicos globales, sino por convertir el dato en productividad real. Elevarlo a nivel estratégico, desarrollar capacidades propias de analítica y gobernanza, y coordinar empresa y sector público será clave para no limitarse a ser un proveedor pasivo de información en la economía digital.

Firma
Fotografía de Borja RamírezBorja RamírezGraduado en Periodismo por la Universidad de Valencia, está especializado en actualidad internacional y análisis geopolítico por la Universidad Complutense de Madrid. Ha desarrollado su carrera profesional en las ediciones web de cabeceras como Eldiario.es o El País. Desde junio de 2022 es redactor en la edición digital de Economía 3, donde compagina el análisis económico e internacional.
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