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Juan Rodríguez Garat, almirante: "El riesgo no es Irán, sino los errores estratégicos de Trump"

El almirante de flota alerta de que la ausencia de un objetivo final claro, la reacción en Ormuz y la dinámica improvisada de Washington aumentan el riesgo de una escalada difícil de contener

Juan R. Garat, almirante: «El riesgo no es Irán, sino los errores de Trump»
Publicado a 14/04/2026 18:23

Tras 47 años de carrera en la Armada, el almirante retirado Juan Rodríguez Garat analiza uno de los escenarios más complejos de la geopolítica actual. Con experiencia en operaciones multinacionales, mando en estructuras de la OTAN y la Unión Europea y formación estratégica en el King’s College de Londres, advierte de los riesgos de una guerra sin objetivos definidos, de los límites del poder militar contemporáneo y de los paralelismos con conflictos como Vietnam o Irak. Su diagnóstico es claro: el principal peligro no reside únicamente en el adversario, sino en los errores estratégicos de quienes toman las decisiones.

– Usted ha advertido de paralelismos con Vietnam e Irak. Con la situación actual, ¿qué errores estratégicos cree que se están repitiendo por parte de Estados Unidos y sus aliados?

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El error fundamental es que la guerra no está bien planificada porque no tiene un objetivo final claro. En cualquier planeamiento militar es imprescindible definir qué se quiere conseguir: derribar un régimen, forzar concesiones o simplemente enviar un mensaje. A partir de ahí se construye una secuencia lógica de operaciones que conectan objetivos tácticos con ese objetivo estratégico final.

Cuando esa finalidad no existe o no está bien definida, todo el sistema pierde coherencia. Y eso es exactamente lo que estamos viendo ahora.

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Hay, además, un paralelismo claro con Vietnam: una escalada progresiva, casi incremental, en la que cada paso lleva al siguiente sin una reflexión estratégica completa. Se empieza con acciones limitadas, se amplían, se intensifican y, cuando uno quiere darse cuenta, está profundamente implicado en un conflicto del que es muy difícil salir sin costes elevados.

Da la impresión de que Estados Unidos está actuando en parte por inercia y en parte siguiendo la estrategia de Israel. Y ahí hay una divergencia clave: lo que puede ser conveniente para Israel –debilitar al máximo a Irán y prolongar la presión– no necesariamente coincide con los intereses estratégicos de Estados Unidos.

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Ormuz, difícil reabrirlo

– El cierre del estrecho de Ormuz supone un salto cualitativo. ¿Estamos ante un punto de no retorno en la escalada del conflicto?

Es un salto cualitativo, sin duda, pero no es una sorpresa. Era una reacción previsible. Si se intenta llevar a un régimen al límite, ese régimen responderá haciendo que el conflicto sea más costoso para todos. Nadie acepta pasivamente una situación que percibe como existencial.

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Ahora bien, eso no significa necesariamente que estemos en un punto de no retorno. La escalada podría detenerse, pero el margen de maniobra se reduce.

El problema principal es que las opciones militares para reabrir el estrecho son muy limitadas. En la Segunda Guerra Mundial se habría planteado una operación anfibia de gran escala, un desembarco masivo para asegurar la costa. Hoy eso es impensable. Ni existen las fuerzas desplegadas necesarias ni hay voluntad política para asumir el nivel de bajas que implicaría.

Por tanto, lo que queda son operaciones mucho más complejas, indirectas, con riesgos elevados y con una eficacia incierta. Y eso condiciona enormemente la capacidad de respuesta.

Irán y Occidente

– Irán lleva años construyendo una estrategia basada en fuerzas proxy. ¿Hasta qué punto esta red le permite sostener una guerra prolongada sin enfrentarse directamente a Occidente?

Irán no plantea la guerra en términos de victoria convencional, sino de resistencia. Es un país con una gran extensión territorial, una población importante y una estructura que dificulta enormemente cualquier intento de colapso rápido.

Occidente, además, está limitado por las normas internacionales. No puede emplear determinados niveles de fuerza sin asumir un coste político y moral inasumible. Eso significa que, en la práctica, no tiene herramientas para poner de rodillas al régimen sin entrar en una lógica de guerra total. Y esa guerra total no está sobre la mesa.

El elemento clave no es tanto su capacidad militar convencional, que es inferior, como su control interno. El régimen dispone de una base social armada y organizada que garantiza su estabilidad. Ese tipo de estructura no se puede destruir desde el aire.

Hemos visto en otros escenarios lo difícil que es distinguir entre combatientes y civiles. Y eso introduce un límite operativo muy claro: no se pueden alcanzar determinados objetivos sin generar un nivel de daño civil que sería políticamente inaceptable.

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El límite de EE.UU. y el desgaste político

– ¿Puede Estados Unidos permitirse una escalada directa con Irán o el coste sería inasumible?

Desde el punto de vista militar, Estados Unidos puede asumir el coste. Y desde el punto de vista económico también. No estamos hablando de una limitación de recursos. El problema es político.

Cuando el conflicto empiece a generar un número significativo de víctimas –propias o ajenas– la percepción pública cambiará. Y ese es el factor determinante. La experiencia de Vietnam es muy ilustrativa: no fue una derrota militar en sentido estricto, sino una derrota política derivada del desgaste de la opinión pública.

En este caso, además, hay una diferencia importante: para Israel el conflicto puede tener un carácter existencial. Para Estados Unidos no. Y eso condiciona el nivel de sacrificio que la sociedad está dispuesta a aceptar.

Si el coste en vidas humanas aumenta de forma significativa, el apoyo interno se erosionará rápidamente. Y eso limita cualquier estrategia de escalada prolongada.

Israel, Arabia Saudí y Turquía, puntos de vista diferentes

– ¿Qué papel pueden jugar ahora actores como Israel, Arabia Saudí o Turquía? ¿Cabe esperar una regionalización completa del conflicto?

Israel tiene un interés claro en mantener la presión sobre Irán el mayor tiempo posible. Debilitar a su principal adversario estratégico es coherente con su lógica de seguridad.

Pero, además, hay factores internos. Las decisiones de un país no son abstractas: dependen de sus líderes. Y en este caso, el liderazgo político también tiene incentivos para prolongar el conflicto.

En cambio, Arabia Saudí y Turquía preferirían una desescalada rápida. Ambos países están en una posición incómoda. Por un lado, mantienen relaciones con Estados Unidos; por otro, no pueden aparecer como aliados activos en una guerra contra otro país musulmán sin asumir un coste político relevante.

Esa ambivalencia limita su capacidad de actuación. Pueden presionar diplomáticamente, pero difícilmente se implicarán de forma directa.

– ¿Puede haber una regionalización?

Es posible, pero no es el escenario preferido por la mayoría de los actores regionales. Precisamente por eso, muchos intentarán contener la expansión del conflicto.

El impacto, más allá del petróleo

– Más allá del petróleo, ¿qué consecuencias puede tener este conflicto sobre el comercio global y las rutas marítimas estratégicas?

El impacto directo se concentra en el estrecho de Ormuz, pero el problema es el efecto dominó. Si el conflicto se prolonga, es muy probable que otras rutas estratégicas se vean afectadas.

Por ejemplo, los ataques en el entorno del mar Rojo podrían intensificarse, afectando al tráfico hacia el canal de Suez. Eso obligaría a desviar rutas, aumentar tiempos de tránsito y encarecer los costes logísticos.

Estos efectos no son aislados, son acumulativos. Aumenta el coste del transporte, se tensionan las cadenas de suministro y, finalmente, eso se traslada a precios.

No es un impacto inmediato y uniforme, pero sí progresivo y con capacidad de amplificación si el conflicto se alarga.

Falta de estrategia

– ¿Cree que existe una estrategia clara por parte de Estados Unidos en este escenario o estamos ante una dinámica reactiva que aumenta el riesgo de error?

No hay una estrategia clara. Lo que vemos es una dinámica reactiva, basada en decisiones que responden a acontecimientos más que a un plan previamente definido.

El presidente Trump está confiando en su intuición y en un círculo de asesores que no necesariamente tienen una formación estratégica sólida. Y eso es problemático en un contexto de alta complejidad.

El presidente de Estados Unidos tiene un poder enorme como comandante en jefe. Pero ese poder debería ir acompañado de una comprensión profunda de la teoría estratégica y militar.

El riesgo, en este caso, es que los errores no provengan tanto del adversario como de decisiones mal calibradas. Y eso es especialmente preocupante porque introduce un nivel de incertidumbre muy elevado.

De hecho, hay una paradoja evidente: en este escenario, genera más inquietud lo que pueda hacer Estados Unidos que lo que pueda hacer Irán.

La desescalada y el riesgo de errores

– Si proyectamos la evolución en las próximas semanas, ¿qué escenario considera más probable: contención, escalada controlada o un conflicto abierto?

Lo razonable sería una desescalada. Desde el punto de vista militar, Estados Unidos ya ha conseguido lo que podía conseguir con los medios que está dispuesto a emplear.

El siguiente paso debería ser trasladar esos resultados al plano político. Es decir, utilizar los éxitos militares como base para una negociación.

Uno de los errores ha sido plantear objetivos que no son coherentes con los medios disponibles. No se puede exigir una rendición incondicional si no se está dispuesto a librar una guerra total.

Cada día que se retrasa la desescalada aumenta el riesgo de error. Y en este tipo de conflictos, los errores estratégicos suelen tener consecuencias acumulativas y difíciles de revertir.

La clave ahora no es ganar más en el terreno militar, sino saber cuándo detenerse y convertir lo logrado en una ventaja política.

¿Qué puede pasar con Cuba?

– En este contexto de tensión internacional, ¿existe riesgo de que otros escenarios, como Cuba, se incorporen a la dinámica de confrontación?

No lo veo probable. Cuba está jugando otra partida completamente distinta, basada en el desgaste económico y el bloqueo. No hay una justificación estratégica ni militar para una intervención directa.

Ni un desembarco ni una campaña aérea tendrían sentido en este momento. Además, una intervención de ese tipo generaría un rechazo significativo, incluso entre sectores que podrían ser críticos con el régimen cubano.

En ese sentido, mezclar ambos escenarios sería un error estratégico adicional.

Firma
Fotografía de Gemma JimenoGemma JimenoLicenciada en CC de la Información por la Universidad del País Vasco, Gemma Jimeno se incorporó a ECO3 Multimedia, S.A., en 1998 como Redactora y ha participado activamente en el desarrollo de diferentes líneas de negocio. Desde hace años desempeña las funciones de Editora de los contenidos informativos, de los diferentes productos editoriales de E3 Media.
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