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Enrique Rubio, Editorial Rubio: “Cuando le digo a alguien que soy el director general de cuadernos Rubio le cambia la cara”

E. Rubio: «Cuando digo a alguien que dirijo cuadernos Rubio le cambia la cara»

A todos nos viene una imagen muy nítida a la mente al leer las palabras «cuadernos Rubio». Una escena similar en todos los casos, pero diferente para cada uno: la imagen de la infancia. Fundada en 1956, la editorial Rubio es conocida principalmente por sus cuadernos de caligrafía y matemáticas, que han sido utilizados por generaciones de estudiantes en España para aprender y practicar habilidades básicas.

La historia de esta icónica empresa comienza cuando su fundador, Ramón Rubio, decide crear unos cuadernos con el objetivo de ayudar a los estudiantes a mejorar su caligrafía y habilidades matemáticas a través de ejercicios prácticos. Los cuadernos rápidamente se convirtieron en una herramienta educativa popular en España.

Desde entonces, y con la llegada de la segunda generación a finales de los 90, la firma ha evolucionado mucho, incorporando las últimas tendencias en pedagogía. Hablamos con Enrique Rubio, director general de Rubio.

El peso de una marca icónica

-Sois una marca icónica. Todos, a través de muchas generaciones, conocemos los cuadernillos Rubio. Imagino que eso es una ventaja y a la vez una gran responsabilidad. ¿Podríamos empezar hablando de los orígenes de la firma?

Como comentas, es una ventaja y es un hándicap. La gente tiene en la cabeza la imagen de Rubio como una empresa tradicional ligada a la caligrafía y el cálculo, pero hace tiempo que somos mucho más. Tenemos más de 400 referencias y trabajamos todas las competencias básicas de educación, en una amplia gama de ámbitos. Por otra parte, tiene sus ventajas: ¿quién no recuerda haber hecho cuadernillos Rubio? ¿Quién no ha pasado fastidiado un verano haciendo estos ejercicios de repaso?

Todo empieza cuando mi padre Ramón Rubio, que tenía una gran vocación pedagógica, idea unas fichas con el objetivo de hacer fácil lo difícil. Por aquel entonces no había ordenadores y en las empresas la caligrafía y las operaciones a mano tenían una gran importancia. Y es que existían los libros de cuentas y la escritura debía ser legible, bonita y adornada.

Inicialmente este método estaba enfocado a los adultos, pero decidió probarlo también en los colegios, facilitando por el camino el trabajo del profesor y teniendo muy buenos resultados. Eso fue un poquito la génesis, a partir de ahí se dedicó a visitar los colegios durante las vacaciones buscando innovar.

Era un método muy novedoso e implantarlo no fue un proceso fácil. Todo ello tiene su zénit en la década de los 80, donde la firma alcanzó el éxito con unas ventas de diez millones de cuadernillos al año de media. No fue una época sencilla, habían muchas penumbras, pero mi padre fue un visionario. Adaptar un método de adultos para la educación infantil, sin ser profesor, no era un desafío sencillo.

Pero él veía claras las ventajas de escribir a mano, que son necesarias para formar la plasticidad del cerebro. Resulta muy importante para los niños que hagan operaciones, es algo fundamental para formar el cerebro.

Los Rubio de siempre, totalmente renovados

-En los 80 los cuadernillos Rubio pasan a ser conocidos por todo el mundo. Durante los 90 usted tiene que tomar el relevo e imagino que, en una empresa con esa herencia, supone un reto enorme. ¿Cómo fue ese proceso de transición?

Fue un proceso por necesidad, porque mi padre sufrió en 1996 una enfermedad grave que lo dejó incapacitado. Hay que tener en cuenta que era un empresario que lo hacía él todo. Los empresarios lo vemos de otra forma ahora, entendemos la necesidad de delegar y apostar por la especialización, pero en aquella época acaparaban toda la toma de decisiones.

Tuve que hacerme cargo de todo y lo primero que descubrí es que mucha gente nos decía «¿los cuadernillos Rubio todavía existen?»

Eso lo hizo todo muy complicado, fue un momento en el cual me encontré, del día a la noche, con la presión de continuar con la empresa. Tuve que hacerme cargo de todo y lo primero que descubrí es que mucha gente nos decía «¿los cuadernillos Rubio todavía existen?».

Por aquel entonces habíamos dado un bajón. De los 10 millones de media en ventas durante la década de los 80, pasamos a 3 millones en los 90 y mi padre, con toda la buena voluntad, cambió los cuadernos que pensaba que eran muy arduos por otros más coloristas. Todo ello, unido al hecho de que las demás editoriales empezaron a publicar materiales similares, nos llevó a perder esa identidad que era a la vez ventaja y desventaja.

A mí el color y la imagen me parecían algo que nos daba fuerza y lo primero que hice fue devolver a la imagen de marca el color de antaño, desde un punto de vista moderno. Eso ayudó mucho, y nos permitió recuperar nuestra esencia.

– Los cuadernos Rubio no dejaban de ser hijos de su época…

En aquel momento teníamos tan solo 60 referencias -frente a las 400 actuales- y nos vimos obligados a modernizar muchos de estos materiales que estaban obsoletos. También el cambio de pesetas a euros supuso una pérdida económica importante, porque tuvimos que tirar a la papelera cuatro millones de cuadernos. Además veníamos de una época de valores anticuados, en los que los niños jugaban con pistolas y las niñas con muñecas. Eran hijos de su época, por ello decidimos hacer una transformación más profunda y transmitir valores, además de enseñar caligrafía.

Empezamos a hablar de reciclaje, de ahorro, de buena alimentación, de respeto… fue un cambio radical que fue muy aceptado por profesores y maestros. Fue un punto de inflexión y un trabajo arduo que nos permitió transformar tanto la imagen de marca como el interior de los cuadernos, con nuevas creatividades y haciendo entender nuestro eslogan de «hacer fácil lo difícil».

Pasar de ser considerado algo anticuado a relanzar y modernizar la imagen de Rubio fue un reto. Una situación que me hizo mucho daño, pero que a la vez fue un favor que me hizo ser más autocrítico y humilde con la empresa. Eso nos permitió coger con muchas más ganas esta transformación de una empresa que para mí siempre ha sido más que un negocio

Una época de cambio

-Trabajáis formando parte de los tiempos y dándoles forma, eso os obliga a adaptaros pero también os convierte en un reflejo fidedigno de las diferentes épocas. ¿Podrías hablarme de alguna de las diferencias sociales que hayáis vivido?

Aquellos que hemos vivido la transición somos conscientes de haber experimentado en nuestras carnes una época de cambio. En Rubio somos referentes en educación y debemos ser pioneros en ese cambio, para nosotros es muy importante. Creemos que la educación es algo muy amplio, y por ello trabajamos fomentando el respeto y la igualdad. Todo ello ha hecho cambiar nuestros cuadernos.

Ahora nuestros materiales cuentan una historia, donde niños de todos los sexos y razas desarrollan diversos tipos de inteligencia. De esta forma los niños aprenden con una especie de aventura, que dista mucho con la sucesión pura y dura  de operaciones de los cuadernillos iniciales. Cuando hablamos de competencia matemática, de comprensión lectora… todo ha evolucionado.

En la actualidad son muchos los colegios que han abandonado los libros de texto y trabajan por proyectos. Lo que no ha cambiado nada son las competencias básicas, como aprender a escribir y a hacer operaciones matemáticas. Hay que poder darle a los niños mecanismos para facilitar la comprensión lectora, más manuales, sencillos y que les permiten aprender mejor. Solo hay que coger cuadernos antiguos y compararlos con los actuales.

La infancia de las pantallas

-La infancia de los niños en la actualidad es diferente de la de aquellos que nacimos antes de los 2000. Las nuevas generaciones han incorporado las pantallas a su socialización primaria. ¿Cómo os ha influido eso y qué habéis hecho para adaptaros?

Fuimos los primeros en transformar el cuaderno Rubio y hacerlo una app hace más de una década. Sin embargo, hay que tener muchos aspectos en cuenta cuando decidimos dejar una tableta a un niño, sobre todo a la hora de aprender participando de las dinámicas de una clase. Conocemos casos de niños que han aprendido a sumar antes de lo que les tocaba porque habían usado dispositivos electrónicos. Los niños se desenvuelven muy bien y soy muy intuitivos.

Pese a los problemas, las tabletas han hecho muy autónomos a los niños y hay colegios que han decidido implementarlas a la hora de educar. La parte negativa es que nos pasamos el día delante de una pantalla y que se ha dejado de escribir a mano. De hecho, durante los últimos años hemos experimentado un revival nostálgico de libros de caligrafía. El siglo pasado la caligrafía era nuestro producto estrella, pero perdió terreno en pos de las operaciones. En la actualidad se ha invertido esta tendencia, ya que se está poniendo en valor las ventajas que para el cerebro tiene escribir a mano.

Nosotros lo hemos notado, uno de nuestros productos más consumidos en la actualidad son los cuadernos de lettering. Especialmente los milennials han pasado de dejar de usar la caligrafía a echarla de menos y volver a consumirla. Estamos haciendo incluso cursos de lettering en nuestras tiendas, donde se trabajan diferentes tipos de caligrafía adornada, al igual que una manualidad que se ha puesto de moda.

A nivel de porcentajes, el 99% de nuestras ventas continúan siendo en papel.

Presente y futuro de Rubio

– ¿Hay cierta nostalgia y una sensación de haber perdido algo que se quiere recuperar? 

Yo creo que sí. Mi padre falleció en los 2000 y no vivió esa nostalgia, tenían otra forma de ser. Cuando cambiamos los cuadernos no se guardó ninguno de los antiguos. Muchas cosas que en aquel momento se consideraba que estaban anticuadas, en la actualidad están de moda. En nuestra estrategia de marketing trabajamos con la nostalgia porque sabemos que hay un interés, especialmente con la estética de los nuevos productos.

Una de las cosas que vamos a hacer para celebrar el centenario es hacer una edición numerada de los cuadernos antiguos. Cuando una persona que se ha criado con ellos vuelve a tener uno de esos cuadernos en las manos, revive las tardes haciendo deberes, tomando chocolate con la abuela… le vienen unas imágenes y unos olores a la mente.

– Y de cara a futuro, ¿qué perspectivas de futuro tenéis y cómo están funcionando vuestras cifras?

Ahora mismo estamos inmersos en una dinámica ascendente. Desde una perspectiva global, desde que me hice cargo de la empresa en 1996 hemos crecido un 300%. Si nos vamos al detalle, la evolución es positiva, pero en forma de sierra. Durante la pandemia del Covid-19 crecimos un 50%, aunque sabemos que fueron unas ventas circunstanciales, principalmente en infantil. Los años siguientes seguimos creciendo pero de forma mucho más estabilizada.

En la actualidad estamos un 20-25% por encima del nivel precovid y con una facturación de cerca 2.800.000 euros y tres millones de cuadernos vendidos. Debemos tener en cuenta que hay menos niños en comparación a los años 80. En lo que va de 2024, hemos crecido a nivel de facturación y la perspectiva de este año es buena, pese al acusado aumento de las materias primas y la inflación.

Sacamos muchas novedades e incluso estamos introduciéndonos en mercados latinoamericanos. Prevemos lograr cifras importantes de exportación en un par de años, mientras el mercado nacional está funcionando muy bien.

-Te voy a pedir que mires un poco hacia atrás y me cuentes cuales han sido los momentos más gratificantes y los más difíciles al frente de la empresa. ¿Qué lecciones has aprendido y qué consejos darías a quienes lideren una empresa familiar?

Lo más gratificante es lo que mi padre no pudo vivir. Cuando le digo a alguien que soy el director general de Rubio, a la gente le cambia la cara para bien. Hemos hecho una marca que transmite algo positivo, nostalgia, educación y valores. Para mí eso ha sido un trabajo constante.

El edificio que estamos construyendo es el mejor acto que podía hacer en honor de mi padre. Nos hemos inspirado en el brutalismo de los años 50 y lo hemos dado todo, pese a que mi padre no lo pudo ver.

Sin embargo, la mayor lección es la humildad, la autocrítica y pensar que todo está cambiando constantemente. Ahora va todo muy rápido y tienes que reaccionar, ser visionario y adelantarte a cualquier cosa. La visión de la empresa no debe buscar nunca beneficios a corto plazo. Muchas veces los beneficios económicos son una trampa. La inversión a largo plazo es la que da resultados.

Hemos de pensar que estamos siempre aprendiendo y que nos queda todo por hacer.

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