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Los influencers y su mundo de negritas

Andy Warhol, artist, portrait, himself, white backgroundSe refería Andy Warhol en los ochenta, al síndrome enfermedad social que padecía Nueva York: era preciso salir, ver y ser visto en todas partes y todas las noches, convirtiendo así las soirées en verdaderos escenarios para las relaciones públicas y los negocios. Personajes de la cultura, las finanzas y la política alternaban en museos, embajadas, galerías y salas de fiesta. Luc Sante recuerda en sus artículos de New Yorker, lo cercanos que eran entonces los famosos. Personajes que firmaron en más de una borrachera, suculentos contratos y millonarios divorcios. Solo recordar los de Ivana Trump o madame Trudeau.

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Estas personalidades, no solo impulsaban sus carreras, sino que también convertían su modo de vida en ejemplo influyente para otras tantas, creando así una cadena de comunicación y comunicadores que más tarde Malcolm Gladwell denominaría los conectores; personas que nos determinan mucho más de lo que imaginamos y que hoy, gracias a las redes sociales, sin necesidad de una presencia física y con un perfil más bien comercial, se conocen con el nombre de influencers.

Personas que, en muchos casos, no conocemos, pero las hacemos nuestras y forman parte del entramado de nuestro entorno -indiferentemente de su riqueza o poder-; suelen ser carismáticas, conocidas e influyentes, convirtiéndose, solo algunas de ellas, en auténticas love-marks de nuestra sociedad. Descubriendo sus espacios y actos públicos, participamos de ese mundo de negritas, que en los medios llamamos “sociedad” y que solemos leer siempre al final de las revistas serias, antes de los anuncios de lavadoras, las mejores recetas de croquetas y el horóscopo.

Nada como enfundarse en un buen blazer y sentir la invencibilidad que da la certeza de la belleza, como dotaba Giuseppe Tomassi de Lampedusa a algunos de sus personajes, y entrar en escena para observar, como Hitchcock, que llegue el flash inquieto o feliz de la fiesta.

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