Derecho y construcción europea

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Javier Viciano

Javier Viciano.- Nuestra incorporación a las Comunidades Europeas ha supuesto una transformación total del Derecho empresarial. Si recordamos los que era el Derecho Mercantil y empresarial en 1986 y lo comparamos con el actual, no tienen nada que ver; no queda prácticamente ninguna norma que no haya sido de alguna forma matizada, complementada o totalmente renovada por alguna norma europea.

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Derecho de Sociedades, Derecho de Marcas y Patentes, Derecho de la Competencia, Derecho Laboral, Administrativo, de compras públicas, etc. Todo ha cambiado y se ha modernizado. En España teníamos un Derecho bastante exiguo –el Código de Comercio, el Código Civil y poco más–, y en estos momentos tenemos un cuerpo normativo mucho más abundante y de mucha mayor calidad jurídica.

Desde la perspectiva de los ciudadanos y los consumidores, el cambio también ha sido espectacular. Cosas tan sencillas de entender como los dos años de garantía asegurada en cualquier producto, son resultado de una directiva europea. Todos los derechos que los ciudadanos hemos conseguido estos años en tanto que consumidores y usuarios, tienen su origen en la UE.

Es más, hemos conseguido derechos que difícilmente tendríamos solo como ciudadanos españoles. Por ejemplo, todo lo relativo a cláusulas abusivas y/o vencimientos anticipados. Esa normativa sería inimaginable sin la directiva de cláusulas abusivas, e incomprensible sin una actitud positiva por parte del Tribunal de Justicia de la UE, que desde el año 2001 viene diciendo que ese tipo de cláusulas son contrarias a Derecho. Podemos decir que el Derecho Europeo ha revolucionado nuestro Derecho privado, empresarial y civil es sus fundamentos más importantes.

Por otra parte, en la medida que formamos parte de los órganos legislativos, también contribuimos a conformar la voluntad de las normas que nos van a regir, aunque echo en falta por nuestra parte una mayor capacidad de influencia y de organización de esa capacidad de influencia. Los grandes centros de construcción de proyectos legislativos no están en España, están en Bélgica, Alemania, Reino Unido, etc.

Economía y finanzas

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Juan Sapena

Juan Sapena.- En términos macroeconómicos, el balance de la incorporación de España a las Comunidades Europeas, 30 años después, no puede ser más que positivo si uno observa dónde estábamos y dónde hemos llegado. En estos 30 años se han hecho reformas que cambian radicalmente el modo de organizarnos en lo económico. Otra cosa distinta es saber si estamos donde pensábamos que íbamos y debíamos estar o un poco menos.

En su momento, desoímos algunas voces críticas que venían del otro lado del Atlántico y algunos economistas norteamericanos ahora están viendo validadas sus hipótesis, porque realmente no somos una zona monetaria óptima. Y ante esa realidad hay dos alternativas: abandonar el proyecto, cosa que no debemos plantearnos; o un fortalecimiento institucional, que es el camino por el que debemos transitar.

Cuando nos incorporamos a la moneda única como una de las manifestaciones clave de este proceso de integración, yo no sé si éramos conscientes de que perdíamos la capacidad de influencia sobre nuestra moneda y de que habría un incremento brutal de movimientos de capital sobre una moneda en la que ninguno de los agentes involucrados tenía capacidad de control.

Y así, si concebimos las posiciones de endeudamiento entre agentes económicos dentro de la zona euro como un modo de compartir riesgos, realmente estamos tratando como riesgo un problema de incertidumbre, donde las percepciones de los agentes económicos externos a la propia UE pueden acabar debilitando la situación, a veces mezclando percepción con realidad. Lo que falta es ver cómo regulamos en la Unión esas posiciones de endeudamiento, cómo medimos el riesgo de los prestamistas y no la incertidumbre, y cómo zanjamos las posiciones actuales; es decir, qué compromisos asumen los Estados que han gastado en exceso.

Por otra parte, en España tampoco hemos tenido una política comercial clara en términos de comercio internacional, internacionalización de empresas y atracción de inversiones. Alemania, como aportante neto a los presupuestos comunitarios, sabe que lo que está haciendo es construir un mercado más amplio para sus empresas, pero nosotros nunca hemos acabado de verlo así; ni siquiera en América Latina, aunque lo intentamos tímidamente.

Y también carecemos de una política clara de atracción de inversiones. Un Gobierno debe tener capacidad de análisis y anticipación a la hora de fijar el marco regulatorio más adecuado para atraer proyectos. Creo que hemos descuidado esto porque no somos conscientes de que, planteando un esquema claro, no excesivamente complejo, podemos atraer a los emprendedores de otras regiones de la propia UE para que se establezcan aquí.

Por último, durante bastantes años hemos hecho una mala asignación de recursos. Algunos sectores han atraído la capacidad de financiación y hemos descuidado otros aspectos, aplazando determinadas decisiones. Y si la competitividad exige algo es precisamente rapidez de respuesta, anticiparse a la competencia.

Pero los españoles no hemos sido los únicos que nos hemos equivocado en algunas cosas. Si los griegos, por ejemplo, fueron capaces de atraer la financiación que captaron y que ahora no pueden devolver, es porque alguien se la prestó. El sistema financiero alemán, a lo mejor, tampoco ha sido suficientemente eficiente prestando.

Desarrollo regional

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Rafael Escamilla

Rafael Escamilla.- Creo que vale la pena incidir en la importancia del desarrollo regional. España es un conjunto de territorios muy diferentes entre ellos, y cuando hacemos balance de estos 30 años, tendríamos que ver el resultado en los distintos territorios. Hay comunidades que en estos 30 años han alcanzado una modernización media, y otras que cuentan con proyectos que están entre los más ambiciosos de la UE. No podemos estandarizar, porque el desarrollo regional ha sido importantísimo, la dotación de infraestructuras y la gestión que de los fondos ha hecho cada región ha sido esencial, y el momento de despertar de los tejidos empresariales a esa internacionalización ha sido muy distinto entre unos territorios y otros.

Sobre el tema de la captación de inversión, es cierto que España tiene una doble realidad. Por una parte tenemos la marca España y un Ibex 35 que da empleo a casi dos millones de personas y cuyas empresas tienen unas ratios de productividad envidiables, y luego tenemos a 17 comunidades autónomas con su propia normativa e incentivos para captación de inversiones, con resultados cuando menos desiguales.

Tendríamos que valorar si esto es resolutivo, porque tenemos uno de los mayores índices de normativa aplicable a la hora de ejercer cualquier idea innovadora o de proyecto empresarial y eso es inasumible.

Javier Viciano.- Lo negativo del balance de estos 30 años es que la UE no ha sabido dotarse de los instrumentos jurídicos necesarios para hacer frente a una crisis como la que hemos vivido, que estaba claro que iba a venir. Tenemos buenos instrumentos para la creación de mercado, pero muy malos instrumentos para el control de mercado, porque los hemos dejado exclusivamente en manos de los Estados.

Ahora se está haciendo una normativa bancaria de control y supervisión en el ámbito europeo; es decir, estamos generando los instrumentos para evitar que vuelva a ocurrir lo que ha ocurrido.

Nosotros tenemos una Administración en España –a imagen del modelo francés o continental–, que tiene pendiente una revolución y que la Directiva de Servicios de la UE intenta romper. Es mastodóntica y se rige por el principio de cumplimiento de procedimientos, con papeles y sin ningún control. No debería ser necesario presentar tantos papeles y es la Administración la que tiene que verificar si estoy haciendo lo que la normativa dice que debo hacer: menos regulación, pero más control.

Esta crisis de la que parece que estamos saliendo se ha producido por falta de control, no por falta de regulación. Y el control tiene que ser eficaz porque sino, la tendencia de todo el mundo es ir a 135 km/h por la autovía.

Por otra parte, desde el punto de vista europeo, ha faltado decisión política. Posiblemente porque a los actores políticos no les interesa ceder más poder a los organismos comunitarios en detrimento de las competencias estatales. Hay que cambiar el chip y España debe contribuir a cambiarlo. Si continuamos pensando en clave de intereses nacionales, como estamos haciendo en muchas ocasiones, el resultado final no será el mejor.

Más Unión Europea

– Se dice que hace falta más Unión Europea. ¿Incluso a costa incluso de las competencias de las constituciones estatales y los estatutos regionales?

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Rafael Ripoll

Rafael Ripoll.- Decía Emma Bonino que solo hay dos tipos de países en Europa: los países pequeños y los que todavía no se han dado cuenta que son pequeños. Cualquier solución a cualquiera de los problemas que tiene la UE –que son problemas mundiales en cualquier caso–, debería abordarse de forma colectiva.

Hoy Europa es un continente viejo donde, por ejemplo, difícilmente vamos a poder mantener el sistema tradicional de pensiones, y esto tiene una correlación clara con el tema, no ya de los refugiados por una crisis humanitaria, sino con el de la inmigración en su conjunto. Este problema solo cabe abordarlo y resolverlo desde un punto de vista colectivo.

Europa, además, es un continente dependiente energéticamente. Nuestra dependencia no es ya un problema autonómico o nacional; es un problema del conjunto de la Unión, difícil de resolver incluso solo para la UE, porque los grandes movimientos geoestratégicos en el mundo deben abordarse desde la globalidad.

Los grandes problemas globales que tiene que resolver la UE, o se hace de forma colectiva, o no tendremos siquiera la posibilidad de abordarlos; sencillamente, tendremos que asumir las consecuencias.

Juan Sapena.- Ya apunté antes de la necesidad de fortalecer las instituciones, pero en este tema hay de dos aspectos distintos, aunque complementarios.

Por una parte, la solución de problemas colectivos de toda la Unión y cómo situar a España en ese escenario. Javier Viciano lo acaba de comentar: ha crecido la normativa española que tiene que ver con la actividad mercantil e industrial, pero ha sido muy baja la capacidad de influencia española y la conciencia sobre la necesidad de influir en la normativa colectiva.

Europa carece en este momento –y seguramente en otra época sí los ha tenido–, de líderes europeístas claros. Ángela Merkel puede ser una buena defensora de los intereses alemanes en este escenario, como Cameron lo puede ser de los intereses británicos, pero no hay ningún político relevante que esté defendiendo a Europa.

La segunda cuestión sería cómo fomentamos un determinado tipo de emprendedor en nuestro país; es decir, cómo conseguimos convertirnos en receptores de esas fuerzas que concentren producción y bienestar en un área.

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Decide la Unión, gestionan las regiones

Rafael Escamilla.- Respecto a la pregunta que se ha planteado –¿cómo actuar frente a problemas globales cuando tenemos aún el foco en territorios nacionales?–, me gustaría hacer dos reflexiones.

Primera, es necesario reforzar el poder de decisión política en las instituciones comunitarias. Tras la gran ampliación de 2004, es la Unión quien tiene que tener el poder político para avanzar en la solución a los problemas globales: cambio climático, déficit energético, envejecimiento de la población, etc. Y ese mayor poder político de la Unión pasa por cesión de soberanía por parte de los Estados.

Segunda, la gestión de las políticas debe estar en los territorios. Europa la forman territorios y regiones para la gestión de las directrices comunes. La mejor ejecución y gestión es la que desarrolla una Administración próxima a su propio territorio. La consecución de objetivos concretos necesita una gestión directa y próxima al objetivo deseado, muy bien coordinada y con poca capacidad de establecer normativa.

Rafael Ripoll.- Con respecto a que se ha dicho de que no tenemos líderes que piensen en clave europea, en efecto, hubo un presidente de la Comisión muy destacado, Jacques Delors, y ha habido grandes líderes de distinto espectro político, como Helmut Kohl y en cierta medida François Mitterrand, que sí han liderado la idea europea, pero pienso que, para reforzar verdaderamente el concepto de Europa, debemos superar esa necesidad de caudillismo.

¿Cómo? Propiciando la interiorización de lo europeo por parte de la ciudadanía. No digo que sea negativo que en determinados periodos contemos con un líder que impulse la idea de Europa, pero siempre y cuando se interiorice dicha idea de Europa como algo propio por la mayoría de los ciudadanos de los Estados miembros. Hay que superar la dependencia del caudillismo.

Y hay dos carencias de fondo sobre las que actuar para avanzar en esa superación del caudillismo. Primero, la escasa democratización de las instituciones. Es difícil incluso criticarlas cuando no las consideras propias.

Esto exige, entre otras cosas, seguir reforzando el papel del Parlamento Europeo, y conseguir que el Parlamento elija al presidente de la Comisión directamente. Es decir, los ciudadanos deberíamos elegir con listas abiertas los representantes del Parlamento Europeo y ese Parlamento, que es nuestra representación más directa y democrática en las instituciones, que sea quien elija al presidente de la Comisión.

En segundo lugar, reforzar el elemento formativo. Los que estamos sentados en esta mesa, cuando teníamos 17 años, no tuvimos ninguna formación en el Bachillerato sobre lo que es, no ya el Derecho Europeo, sino cuáles son las instituciones europeas, su funcionamiento, los derechos que nos garantizan y las oportunidades que suponen. Tampoco nuestros profesores tuvieron formación alguna sobre la UE. Pues bien, 30 años después seguimos igual.

Un alumno que hoy llega a bachiller o a Formación Profesional, no tiene opción de formarse en la materia. En el caso de pasar al grado universitario, en algunas universidades y especialidades hay una formación escasa sobre algunas cuestiones europeas. Y aquello que no se conoce y en lo que no se cree, se rechaza o se desprecia. Así es difícil superar el caudillismo, la dependencia de un líder europeo que hable por todos nosotros.  

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