Entrevista

Josep Piqué: “La ausencia de liderazgo en Europa comporta la ausencia de futuro”

El exministro popular repasa en esta conversación la situación geopolítica actual y, especialmente, el papel que Europa debe jugar en este nuevo escenario

Josep Piqué, en el en la conferencia pronunciada el pasado miércoles en La Nau. | Foto: Alicia Alcantud

El pasado miércoles 18 de diciembre, el exministro popular Josep Piqué pronunció una conferencia en el Centre Cultural La Nau de la Universitat de València con el título de su último libro publicado, El mundo que nos viene. Retos, desafíos y esperanzas del siglo XXI (Grupo Planeta, 2018). Josep Piqué fue ministro de Industria y Energía, ministro Portavoz del Gobierno, ministro de Asuntos Exteriores y ministro de Ciencia y Tecnología en diversos Gobiernos de España entre 1996 y 2003.

La conferencia El mundo que nos viene fue parte de la programación del ciclo Las razones de Europa, de la Escola Europea de Pensament Lluís Vives. El exministro atendió a Economía 3 unas horas antes para repasar, especialmente, la convulsa actualidad europea.

-Su libro se presenta como un homenaje a Manuel Marín, presidente de la Comisión Europea en 1999 e impulsor del programa Erasmus. Entiendo que con ello también quiere homenajear el sentimiento europeo.

-Sin duda. El libro es un análisis general del escenario geopolítico a nivel global. Por lo tanto, le dedico mucha atención a las dos grandes superpotencias del momento, EE. UU. y China, pero también a otros actores relevantes, como pudieran ser Rusia o, cada vez más, países como Irán o como Turquía. Pero, al final, es una reflexión sobre qué podemos hacer desde Europa para abordar este nuevo escenario geopolítico, lo que incluye un reconocimiento implícito a todos aquellos que han contribuido sustancialmente a la construcción europea y entre los que sin ninguna duda se cuenta el señor Marín. Fue un negociador clave por parte de España en nuestro proceso de adhesión a lo que entonces se llamaba Comunidad Económica Europea.

-A nivel general, esta crisis política que está viviendo Europa es la hija política de la crisis económica. Yendo más allá, ¿se podría comparar históricamente con lo que pasó diez años después del crack del 29? 

-Claro que espero que no tenga las mismas consecuencias que la anterior Gran Recesión, pero sí que es verdad que la crisis económica profundísima que hemos sufrido a partir de finales del 2007 ha tenido consecuencias devastadoras desde muchos puntos de vista, también en nuestros sistemas de representación política, en la solidez de nuestras instituciones democráticas y, sin ninguna duda, sobre la construcción europea. Pero la crisis que en estos momentos tiene la construcción europea como contexto político no sólo se debe a las consecuencias de la crisis económica, sino que también tiene su origen en el agotamiento del proyecto inicial que dio lugar al Tratado de Roma y a la necesidad de dotarnos de un nuevo proyecto, que sea ilusionante y que esté acompañado de un claro liderazgo; aquí es donde, probablemente, tenemos que poner el acento, porque la ausencia de liderazgo comporta también la ausencia de un proyecto de futuro que pueda incorporar a las nuevas generaciones. Las generaciones anteriores lo vimos con muchísima claridad, pero hoy no es esa la realidad de las cosas.

-Las generaciones que vieron la construcción de Europa tras la destrucción de Europa sabían la nave que estaban manejando y adónde se dirigían. Pero para quienes han nacido mucho después y perciben a Europa casi como una entidad ante todo burocrática que siempre hubiera estado ahí, ¿sería necesario un esfuerzo pedagógico para que la puedan comprender?

-Sin duda, porque se nos ha ido olvidando el origen de Europa como proyecto político compartido. Intentos de unificación de Europa a lo largo de la Historia, ha habido muchos, pero siempre se han basado en el uso de la fuerza, y en la voluntad de una potencia europea de ser hegemónica y predominar sobre los demás. Es la primera vez en la Historia en que avanzamos en un proceso de integración no sobre la base del uso de la fuerza, sino precisamente sobre la base de la renuncia al uso de la fuerza, y por lo tanto, sobre la paz, la solidaridad y la igualdad. Eso, que se tenía muy claro después de la enorme devastación de la Segunda Guerra Mundial se ha ido diluyendo en el tiempo. Por lo tanto, hay que hacer una clara pedagogía política, y probablemente tomarnos mucho más en serio el carácter absolutamente fundamental que tiene la educación, y los diferentes sistemas educativos de los diferentes países para ser capaces de transmitir esos ideales iniciales, y que no sean percibidos por los jóvenes de hoy y por las generaciones nuevas como algo muy lejano en el tiempo, y por tanto, poco digno de consideración.

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En el centro de la imagen, a la izquierda el vicerrector de Cultura y Deporte de la UV, Antonio Ariño, junto a Josep Piqué en La Nau. | Foto: Alicia Alcantud

-¿Se le ocurre cuáles podrían ser los ejes de esa nueva pedagogía? Es evidente que está en boga el atractivo de la separación, las reclamaciones territoriales, echar la culpa al vecino como ha pasado toda la vida…No debe ser fácil aplicar la razón a movimientos que provienen de la pasión.

-Lleva usted mucha razón, porque estamos viviendo una época en que la primacía de los sentimientos sobre la razón no sólo es algo que podamos observar fuera de Europa, sino que también afecta a nuestras propias sociedades. Estamos hablando de los populismos o del retorno de los nacionalismos. Por lo tanto, poner el énfasis en nuestro sistema de valores me parece absolutamente fundamental.

Creo que hay dos argumentos para transmitir la necesidad de profundizar en nuestra integración. Uno es el argumento geopolítico en el mundo que se está pergeñando en esta primera mitad del Siglo XXI. Si Europa no se integra, va a ser un sujeto absolutamente irrelevante a nivel global, incapaz de jugar un papel frente a las grandes superpotencias -EE. UU.y China- o frente a potencias de enorme impacto como Rusia y otras que antes he mencionado. Pero, sobre todo, en un momento de repliegue del mundo anglosajón, en el Reino Unido con el brexit, y EE.UU. con la política de la su administración, que es un abandono de su liderazgo, un debilitamiento de las alianzas internacionales, y el abandono del multilateralismo y del libre comercio; de la cooperación y del respeto al Derecho Internacional y a los Derechos Humanos, que habían estado en la base de lo que llamamos Occidente, Europa puede tener la gran responsabilidad de defender los valores sobre los cuales Occidente venció en la Guerra Fría. Me refiero a los valores de la democracia representativa, la economía de mercado basada en la iniciativa privada o en lo que Karl Popper llamaba la sociedad abierta, una sociedad que se basa en la libertad individual, en la dignidad y en la igualdad de las personas y, por lo tanto, en poner límites al poder político de tal manera que evitemos cualquier tipo de arbitrariedad. Lamentablemente, fuera de Europa esto empieza a ser más norma que excepción.

-Ha mencionado al principio de la conversación la falta de liderazgo europeo. ¿Puede perfilar cómo podría ser ese liderazgo en su opinión?

-Creo que estamos hablando de un liderazgo necesariamente compartido. No es un liderazgo, como estamos viendo en otras grandes potencias, basado en la existencia de un poder ejecutivo muy fuerte, por encima de la división de poderes, cuestionando incluso la independencia del poder judicial o libertades básicas como la de prensa y opinión. El modelo europeo debe ser de equilibrios y consensos, en el que tiene que jugar un papel claro la Comisión Europea, que puede tener una oportunidad, y en particular con su nueva presidenta, Ursula Von der Leyen, que parece que tiene ideas bastante claras de por dónde tenemos que proseguir. Y, desde luego, volver a retomar lo que siempre fue el motor de la construcción europea contemporánea, el eje franco-alemán.

La cooperación entre Francia y Alemania es absolutamente indispensable. Evidentemente, requieren de fortaleza política interna cada uno de esos países, y en estos momentos estamos viendo cómo Alemania está al final de un ciclo político y Francia está con dificultades internas muy serias. Por lo tanto, superar eso es condición absolutamente indispensable, y a partir de ahí que otros países puedan, o podamos, porque creo que España tiene que jugar un papel fundamental, contribuir a esa recuperación de un impulso claro que nos permita avanzar.

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| Foto: Alicia Alcantud

-Supongo que abordó la elaboración de El mundo que nos viene. Retos, desafíos y esperanzas del siglo XXI con un ánimo optimista, quizá para intentar calmar los ánimos y aportar esperanza, no creo que quisiera “hundirnos” cuando lo leamos…

-(Ríe) No, lo que pasa es que para hacer un buen tratamiento es importante hacer también un buen diagnóstico, y lo que no podemos hacer es engañarnos a nosotros mismos y no ver que nuestros principios, nuestros valores, están en retroceso en todo el mundo. Grandes potencias no los comparten, en el interior de nuestras sociedades hay segmentos significativos en lo político y en lo social que también los cuestionan; por tanto, no podemos autoengañarnos. A partir de ahí, sí que creo que podemos transmitir un mensaje, no sé si de optimismo, pero por lo menos de una cierta esperanza, que es que vale la pena luchar por esos valores, una gran responsabilidad que Europa tiene en estos momentos, y que el atractivo de los mismos para el conjunto de la Humanidad sigue siendo enormemente elevado, porque en definitiva estamos hablando de la libertad, de la igualdad, de la paz y de la dignidad. Valores que, más allá de las diferencias culturales, son universales.

-El brexit ya nos cae encima de forma definitiva y parece que de mala manera. ¿Cree que la economía de la Comunitat Valenciana puede ser especialmente vulnerable a sus efectos?

-Estamos hablando de una economía enormemente abierta, con un fortísimo componente exportador, y por lo tanto el Reino Unido constituye un mercado fundamental. Es una comunidad turística muy importante, y los flujos de turismo británico son especialmente relevantes. También estamos hablando de residentes británicos en la Comunitat Valenciana en un número muy importante y, por lo tanto, no se puede negar que va a haber consecuencias. Pero vamos a esperar cómo se desarrollan los acontecimientos. El 31 de enero se produce el brexit, que es el acuerdo de separación. A partir de ahí, tenemos apenas un año, un tiempo muy corto en el que habrá que trabajar muchísimo, para establecer lo que podríamos llamar los términos del divorcio.

Por lo tanto, en la relación futura entre el Reino Unido y la UE, habrá que poner encima de la mesa cuestiones como la de procurar que se mantenga la libre circulación de mercancías, servicios y capitales prácticamente como están, y que en lo relativo a los movimientos de las personas, pero en particular a los derechos de los ciudadanos británicos en España y a los comunitarios en el Reino Unido, se establezcan unas normas que permitan la continuidad básica de lo que tenemos. Habrá que esperar y ver cuáles pueden ser los términos de esa negociación, que tiene que ser intensísima y que en teoría tiene que culminar el 31 de diciembre de 2020.

-Pero preocupa que se produzca el temido efecto contagio, que el Reino Unido salga favorecido y pueda arrastrar a otros países…

-Eso parece que se ha evitado ya, porque todo el mundo ha visto la complejidad del fenómeno. Desde luego, para el Reino Unido no es una buena noticia. A pesar de las apariencias, estamos hablando de un impacto político muy fuerte que incluso puede llevar al propio desmembramiento del Reino Unido. Creo que eso ha abierto los ojos a muchísima gente. Espero que el brexit, precisamente como se ha producido hasta ahora, no lleve a que otros sigan con el ejemplo. Cada vez está más claro que se está mejor dentro de Europa que fuera.

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