Fluxonomía, en busca de una métrica que evalúe el impacto económico de la cultura

Fluxonomía, en busca de una métrica que evalúe el impacto económico de la cultura

El Centre del Carme Cultura Contemporània se ha convertido en los últimos días en un Laboratorio de Innovación para la búsqueda de nuevas métricas para calcular el valor de la cultura como eje de transformación social. Se trata del proyecto Fluxonomía en el que participan 14 iniciativas culturales iberoamericanas de naturaleza diversa (5 instituciones culturales, 2 festivales, 5 proyectos independientes, 2 proyectos autogestionados), de 6 países distintos (España, Chile, Brasil, Argentina, Bolivia y Cuba).

Según el director del Centre del Carme, José Luis Pérez Pont, “la cultura tiene valores que van mucho más allá de las cifras; tiene la capacidad para mejorar la vida de las personas y de transformar las sociedades e influir en la economía global y local. En este sentido se hace necesario y también complejo el desarrollo de una métrica que permita evaluar todo esto. Para ello estamos trabajando a partir de la teoría de la Fluxonomía de Lala Deheinzelin”.

La brasileña Lala Deheinzelin es especialista en Nuevas Economías y trabaja desde 1995 como asesora de organismos multilaterales, la ONU entre ellos. La impulsora de Fluxonomía estuvo recientemente en València y Economía 3 contactó con ella.

-¿En qué consiste el proyecto Fluxonomía?

-Fluxonomía es una metodología para especializar a profesionales, gestores y emprendedores, así como para el rediseño de organizaciones, a través del futuring, que consiste en estudios de futuro y Nuevas Economías. Por ejemplo, la economía compartida respecto al uso de recursos, la economía colaborativa como modelo de gestión, la economía creativa como generadora de lo intangible. Y también lo que llamamos “multivalores”, porque trabajamos siempre hacia la identificación de recursos no monetarios, porque gran parte de la auténtica economía se basa en flujos de recursos  que generan un impacto no sólo cuantitativo. Por ejemplo, estamos trabajando en una investigación, que ya lleva dos años, sobre cómo desarrollar métricas que sean capaces de evaluar el impacto que tiene una acción en cuatro dimensiones, es decir: su impacto cultural, ambiental, social y los valores relacionados con las finanzas.

-¿El futuring es una escuela de estudio económico?

-No. El futuring es un campo de investigación sobre el futuro que tiene distintas vertientes. Hay quienes trabajan sobre el futuro de la economía o de la tecnología, y yo me centro en las artes, es decir, en la economía creativa. Mi eje siempre ha sido el desarrollo sostenible y la equidad económica y social: qué nuevas relaciones, qué nuevas estructuras organizacionales, qué nuevos modelos de gestión, qué nuevas herramientas puede aportar la relación entre cultura y sociedad.

-Uno de los temas que más me interesan es por qué, en general, cuesta tanto entender que la cultura es una actividad económica.

-Respecto a esta cuestión, hay que analizar dos cosas. La primera, y creo que la mejor manera de comprender la cultura, es aquel chiste en el que un pez le dice a otro: “Oye, ese océano del que tanto hablan, ¿tú lo has visto alguna vez?”. Hay una tremenda dificultad para comprender qué es cultura. No es entretenimiento, ni tampoco algo reservado a las élites. La segunda cuestión es que el problema está, precisamente, en que no hay mecanismos de percepción para lo que no es tangible. Por ejemplo, si se va a medir el PIB de la danza, se utiliza la actividad de unos cuantos bailarines y coreógrafos, y los ingresos por sus espectáculos. Pero pensemos en un PIB en el que no haya danza. En mi país, por ejemplo, ¿qué sucedería sin el Carnaval? ¿Qué pasaría si no existiera el baile y toda la vida nocturna que genera? ¿Qué pasaría si no existiera la economía de las fiestas? El problema está en la forma de medir. Es como si intentáramos medir litros, volumen, con una regla. Es un problema de adecuación de dimensiones. Las métricas de ahora son unidimensionales para un mundo multidimensional.

Fluxonomia

Lala Deheinzelin. | E3

-¿Y cómo crees que se puede cambiar?

-Primero, comprendiendo que todas las cosas tienen dos coordenadas, una tangible y otra intangible. Tenemos que desarrollar nuestra capacidad de percepción, comprensión y evaluación de lo intangible. En Fluxonomía nos dedicamos a esto. Trabajé muchos años en Naciones Unidas, trabajé con gobiernos, y también con organismos españoles. La primera fase es, precisamente, la percepción de la existencia de recursos no monetarios, cuáles son y cómo se pueden crear relaciones, convergencias y estructuras donde los recursos monetarios puedan fluir. Cuando hablamos de flujo de recursos y del impacto que generan, hablamos de economía.

-¿Tienes esperanzas de que este nuevo modelo se pueda implantar, no sólo en instituciones, sino en la propia sociedad, en el empresariado, en la actividad económica diaria…?

-Sí. Los más innovadores son los empresarios. Si notan que algo les va a reportar resultados, lo adoptan. Trabajo siempre en dos modalidades: en instituciones pequeñas pero con alta capacidad de innovación, y con instituciones grandes. Por ejemplo, Natura es una empresa de cosméticos brasileña muy grande, que compró The Body Shop y ahora a Avon y O Globo, una red bastante grande comunicación. Están adoptando nuestros métodos, porque notan que no es posible seguir trabajando de la misma manera. Es importante comprender que toda esta crisis que atravesamos no es una crisis, sino una transición, la más grande que hemos vivido hasta el momento como civilización, porque Internet nos ha puesto en una dinámica de una velocidad e intensidad que aumenta exponencialmente, que hace que todo sea muy brusco. No es posible seguir haciendo las cosas de la misma manera, y algunos ya se están dando cuenta.

Pero la razón, que es muy linda, de que lo estemos haciendo en el Centre del Carme, es que para probar estas nuevas métricas, siempre los ambientes de innovación provienen de la cultura, ya que, en su naturaleza, está más preparada para todo lo nuevo; es, en sí misma, creación. Por eso, entre 14 instituciones estamos haciendo distintos proyectos. El reto es crear métricas para que se puedan aplicar en otros ámbitos. Hace poco, hablábamos con nuestros compañeros de Chile, donde se está pensando cómo podría ser su nueva Constitución. Forman parte del grupo que está estudiando esta cuestión, bajo una óptica que es simultáneamente cultural, social y financiera, para pensar en el bien común, con el reto final de la convergencia de todos estos aspectos e incluirlos en la futura Constitución. La idea es testear nuestro trabajo en un ambiente propicio para después compartirlo con otras áreas de la sociedad.

Al final de todo este camino, de esta transición, y de este cambio de mentalidad que has descrito, ¿en qué lugar quedaría la cultura?

-La cultura va a ocupar el centro. Pero dependerá de todos. Seguramente, el centro, lo más importante, será lo intangible, porque todo lo que es material no logra ser exponencial. Lo intangible, sí. Y cuanto más se usa, más hay, la creación genera más creación, al revés de como funciona el consumo. En el ámbito del trabajo, por ejemplo, en las empresas con las que colaboro, el área de Recursos Humanos se vuelve tremendamente estratégica, porque el futuro depende del cambio de mentalidad. Innovar es fácil; lo difícil es que la innovación sea aceptada. Y esto depende de la cultura. Si creamos también desde el punto de vista del arte experiencias de educación, de mediación, de todo lo que permita a la gente vivir una nueva posibilidad, percibir su potencia y quitarse el miedo al fracaso, sería superlindo.

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