Hacer la compra cuesta un 37% más: los alimentos que más se han encarecido
La inflación alimentaria se modera, pero el precio de productos básicos como huevos, café, carne, frutas y hortalizas sigue tensionando el presupuesto de los hogares
Llenar la nevera se ha convertido en uno de los gestos cotidianos que mejor explican la pérdida de poder adquisitivo de los hogares. Aunque la inflación general se ha moderado respecto a los peores momentos de la crisis de precios, la cesta de la compra sigue instalada en niveles muy superiores a los de hace cinco años. Según las series de precios de alimentación elaboradas a partir del IPC, los alimentos se han encarecido en torno a un 37% entre 2020 y 2024, una subida que ha transformado los hábitos de consumo y ha obligado a muchas familias a mirar con más atención cada ticket del supermercado.
El dato encaja con la evolución que viene recogiendo el Instituto Nacional de Estadística. El IPC mide la evolución de los precios de los bienes y servicios consumidos por los hogares residentes en España y su cesta se construye a partir de los patrones reales de consumo de las familias. Es decir, no se trata solo de una sensación: el encarecimiento de productos básicos aparece reflejado en la estadística oficial de precios.
La presión no ha desaparecido. En abril de 2026, último dato publicado por el INE, la inflación general se situó en el 3,2% interanual, dos décimas menos que en marzo, mientras que la inflación subyacente bajó hasta el 2,8%. La variación mensual del índice general fue del 0,4%. Aunque estas tasas quedan lejos de los picos registrados tras la pandemia y el inicio de la guerra en Ucrania, el problema para el consumidor es que los precios no han vuelto a los niveles anteriores: simplemente crecen ahora a menor ritmo.
Huevos, café, carne y hortalizas: los productos que más presionan el tique
Entre los productos que más han elevado el coste de la compra destacan los huevos, el café, algunas carnes, las frutas y las hortalizas. En el caso de los huevos, el incremento responde a una combinación de factores: costes de producción más altos, tensiones en la oferta y episodios sanitarios como la gripe aviar, que han afectado al mercado en distintos países europeos.
El café y el cacao también se han convertido en dos ejemplos claros de cómo los mercados internacionales acaban impactando en el supermercado. La menor producción en países de origen, los problemas climáticos y las tensiones logísticas han tensionado los precios de materias primas que España importa en gran medida. Algo similar ocurre con determinadas frutas y verduras, especialmente sensibles a la sequía, al coste de los fertilizantes y a los cambios meteorológicos.
El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación mantiene un seguimiento específico de la inflación alimentaria a través de sus informes sobre el IPC y sus rúbricas de alimentación, en los que analiza la evolución de los precios de los alimentos, su impacto en el IPC general y la evolución histórica por categorías.
El consumidor cambia la forma de comprar
El encarecimiento de la cesta ha tenido una consecuencia directa: el consumidor compara más, cambia de establecimiento con mayor frecuencia y da más protagonismo a la marca blanca. También se ha reducido el margen para compras impulsivas y se ha afinado la planificación semanal.
El Panel de Consumo Alimentario del Ministerio de Agricultura permite seguir la evolución del consumo de los principales grupos de alimentos, las categorías y los canales de compra, una información clave para entender cómo los hogares adaptan su comportamiento cuando suben los precios.
En la práctica, esta presión se nota especialmente en los productos frescos, que tienen un peso relevante en la dieta mediterránea y son más difíciles de sustituir sin alterar la calidad de la alimentación. Cuando suben frutas, verduras, huevos, pescado o carne, el ajuste del hogar no es solo económico: también afecta a la composición de la dieta.
Supermercados: una comparativa sin estadística oficial
A diferencia del IPC, que sí ofrece una medición oficial de precios por grupos y rúbricas, no existe una estadística pública que ordene de forma oficial qué supermercados han encarecido más sus precios en los últimos cinco años. Para este tipo de comparativas hay que acudir a estudios de organizaciones de consumidores o análisis privados.
La OCU, por ejemplo, realiza un observatorio de precios sobre 100 productos en ocho grandes cadenas —Alcampo, Carrefour, Dia, Mas, Ahorramas, Lidl, Mercadona y Supermercados El Corte Inglés—, con productos frescos, marca blanca, marcas de fabricante, droguería e higiene. Según su metodología, recoge precios online de forma mensual para medir la evolución de la cesta e identificar qué productos suben más y cuáles menos.
En abril, la organización señalaba que los precios de su cesta se mantenían en niveles máximos y que frutas y verduras registraban los mayores ascensos recientes. También advertía de que el importe de su cesta mensual alcanzaba los 321 euros, el nivel más alto desde que inició la recogida mensual de precios en junio de 2024.
Una inflación que pesa más en las rentas bajas
El aumento de los alimentos golpea de manera desigual. Los hogares con menor renta destinan una parte más elevada de su presupuesto a productos básicos, por lo que una subida del aceite, los huevos, la leche, la carne o la fruta tiene un impacto proporcionalmente mayor que en las rentas altas. Además, la alimentación es un gasto difícilmente aplazable: se puede retrasar la compra de un electrodoméstico, pero no la compra semanal.
La moderación de la inflación general puede aliviar la presión macroeconómica, pero no borra el encarecimiento acumulado. Esta es la clave del malestar del consumidor: el ritmo de subida se ha frenado, pero el nuevo nivel de precios se ha consolidado. Por eso, aunque la estadística muestre una inflación más contenida, la percepción social sigue siendo la de una cesta pesada.
La compra cuesta más porque se han encarecido los costes de producción, la energía, los fertilizantes, el transporte y determinadas materias primas globales. Pero también porque los hogares han tenido que asumir una parte importante de esas tensiones en el precio final. El resultado es una cesta que, cinco años después, exige más renta para adquirir prácticamente lo mismo.






