"Des/Orden moral, arte y sexualidad en la Europa de entreguerras", en el IVAM

El estallido de los Sexos Mundiales a principios del Siglo XX

La exposición, que reúne obras de más de 50 artistas de las vanguardias del siglo pasado, se puede visitar hasta el 21 de marzo

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Un espectador contempla fotos de la bailarina Josephine Baker en la exposición "Des/Orden moral" del IVAM. | E3

Cuenta Luis Buñuel en su libro de memorias El último suspiro que una noche él y Salvador Dalí salieron de copas y, a iniciativa del macho aragonés, decidieron acabar en compañía de muchachas de moral relajada. Ya en la intimidad de la mítica Residencia de Estudiantes de Madrid, siempre según Buñuel, al joven genio ampurdanés no se le ocurrió otra cosa que freír dos huevos, colocarlos sobre los hombros de una chica y observar detenidamente, con gran placer, cómo se deshacían sobre su pecho y su espalda. Parece que ni la llegó a tocar. Pasaban cosas así de raras hace casi cien años. Sólo espero que Dalí los dejara enfriar un poco antes de situarlos sobre el cuerpo de la muchacha; desgraciadamente, me puedo imaginar que para ella esa no sería, ni mucho menos, su peor experiencia.

Des/Orden moral en la Europa de entreguerras acierta desde el principio al incluir el término “moral” en su título. “Moral” tiene una connotación religiosa: la moral cristiana siente el derecho de prohibir películas, obras teatrales, novelas, que detallen los infames abusos sexuales cometidos en su seno, aunque la propia Iglesia los haya reconocido abiertamente. Siempre cuentan con la Extremaunción para ir al Cielo. Moral también alude al fiel musulmán que se da cuenta de que ese profesor que enseña cosas con las que no está de acuerdo merece ser decapitado por su propia mano. Alá entenderá su proceder después de ser abatido por la poli. La ética es diferente, y más humilde: sólo condena aquellos actos en los que alguna de las personas participantes sea forzada, engañada, o no alcance la edad suficiente para poder discernir la conveniencia de materializar sus impulsos ocultos; la ética se limita a cuestionar que alguien desee que le corten el pescuezo simplemente por ejercer su importante labor de educar desde el respeto.

El IVAM ha traído a València gran parte de los nombres que en tiempos muy difíciles ayudaron a que las generaciones posteriores entendiéramos estos matices (y otros muchos): Dalí, Lorca, Francis Picabia, Man Ray (¿cómo puede molar tanto Man Ray, después de tantos años, por pequeñas que sean sus obras?), Virginia Woolf, Otto Dix George Grosz, quienes buscaban la libertad personal en medio del caos. Con mayor o menor fortuna vital. Sólo querían ser ellos mismos y expresar por qué. A esa necesidad la llamamos arte. Mientras Europa caminaba alegremente hacia la autodestrucción, algunos querían disfrutar a tope de la vida: no sabían qué iba a pasar mañana. Y por eso gozaron, o padecieron, el sexo, un camino sin señales preventivas sobre curvas cerradas, grandes ascensos e infinitos precipicios.

“Inicio la dirección del IVAM con esta exposición tan actual, aunque sea histórica. Es actual porque aún seguimos peleando por esos espacios de libertad y disidencia”, destacó la directora de la institución, Nuria Enguita, durante la presentación.

Sexos

La directora del IVAM, Nuria Enguita, y el comisario de la exposición, Juan Vicente Aliaga, posan ante la obra “Flottans Badhus” de Eugène Fredrik Jansson, | E3

Deseos que no se avienen a las normas dominantes

Comisariada por el profesor y crítico de arte Juan Vicente Aliaga, esta exposición “pretende explorar las diferentes formas de sexualidad en el contexto europeo de entreguerras, los deseos que no se avienen con las normas de comportamiento basadas en la estricta moralidad dominante”. ¿Y en qué consistía dicha moralidad? A lo largo de siete secciones la exposición muestra las diferentes normas y visiones de la sexualidad en Europa jugando con el binomio orden/desorden que da título al proyecto.

Además de por las obras reunidas, la exposición destaca por una escenografía a base de grandes cortinajes transparentes y colores púrpura que “trata de recrear el ambiente recargado de la etapa de entreguerras”, como señaló Aliaga, y mantiene semiocultas a la vista del visitante “las obras prohibidas” de las décadas que recorre, por muy naïf que resulten a los ojos de hoy.

El primer espacio está dedicado a la cultura del cuerpo prusiana; el segundo, a la asfixiante moral victoriana de la Gran Bretaña de finales del XIX y principios del XX -estremece, por conocido que sea, el gran retrato fotográfico del inmortal Oscar Wilde junto a quien fue su perdición, el joven Lord Alfred Douglas– ; posteriormente vuelve la nueva Alemania surgida tras las derrota en la I Guerra Mundial, que durante unos miserables años económicos no fue capaz de estrangular a la libre creación; después viajamos a París, capital eterna de la concupiscencia; de ahí pasamos al surrealismo, una atmósfera tan compleja que incluso provoca cierta sorpresa conocer la acérrima homofobia de su  líder, André Breton;  la sala En tiempos sicalípticos -hermosa palabra- nos trae el aroma de la II República Española y, de paso, cómo nosotros no necesitamos interactuar con otros países, sino que siempre nos ha gustado montárnoslo solos; y, finalmente, ocurre lo peor. Totalismos viriles, protagonizada por el culto a la raza aria propia de los nazis y que, bueno, ese no era el camino, y estaban tan empeñados en lo suyo que hubo que explicárselo bastante a las malas.

Las salas son una magnífica ruta para conocer cómo, desde una perspectiva diferente, desde lo más profundo de nuestros instintos primarios -como el hambre y la sed-, los europeos acabamos matándonos sin límite.

Y tras la reconciliación, ya saben lo que vino, todavía habrá incluso quien piense que hasta fue peor. Lo de la primera generación de jóvenes que no tenían que morir en una guerra ni reconstruir un país, como siempre había sido antes. Lo de los Beatles, los Stones y todos esos muchachos descarriados que se pasaban el día pensando en lo mismo menos en los ratos tontos en que se ponían a componer canciones para incitar a los demás a seguir pensando en lo mismo.

Como todo lo bueno se acaba, de pronto estalló una pandemia que sigue sumando enfermos asintomáticos y más muertes a los cientos de millones que acumula. Se llama Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (Sida, por si les suena más así) y circula por ahí desde principios de los años 80. A ella se le ha sumado una nueva, estreno mundial 2020, que entre otras cosas nos obliga a poner en toque de queda solamente a aquellas personas con las que convivamos bajo un limitado techo. En general da mucha pereza, pero dejen de abusar de Internet, que siempre es lo mismo (al final se casan). Habrá que echarle imaginación: vayan al IVAM.

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