El cielo se conquista por etapas

Director del I.U.I.T y del
Club de las Buenas Decisiones (UA)
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Hace unos años hizo fortuna una frase del hoy vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, -retomando un concepto desarrollado mucho tiempo atrás por Karl Marx-, cuando decía “el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”, frente a lo que, posteriormente, el portavoz del PNV en el Congreso, Aitor Esteban, le corregía “el cielo se toma nube a nube, no por asalto”.

Debo confesar que coincido mucho más con la corrección de Esteban que con el planteamiento de Iglesias. Incluso el propio Iglesias, a la vista del devenir político posterior, también parece estar más de acuerdo con la versión de su corrector que con la suya propia.

Viene a cuento esta introducción a que, en ocasiones, incorporamos elementos de urgencia a decisiones y acciones que, en la empresa, como en la vida, requieren mucha más reflexión, formación y un proceso de evolución más pausado; tal y como comentábamos en un artículo anterior sobre “comportamientos comunes de los malos directivos”. Simultáneamente, el entorno nos esté exigiendo cambios radicales, rupturas, disrupciones para las que ni estamos preparados ni son tan urgentes; al menos en ese cambio radical que aventuran algunos gurús. Cambios para orientar el medio y largo plazo, pero un poco alejados de la realidad y que no pueden asumir con rapidez muchas de las empresas.

Hoy me quiero centrar en un punto que nos preocupa y ocupa: el impacto de la tecnología en todos los procesos empresariales, así como su incidencia, tanto en la personalización de las relaciones con los clientes, como en la eficiencia o la defensa ante problemas que, como la pandemia actual, impactan directamente en las relaciones sociales imprescindibles también en la mayoría de las empresas; o la Inteligencia Artificial (IA).

Pero quisiera quitar un poco de hierro, relativizar algo un concepto que me consta que preocupa a muchos empresarios y que las dificultades para abordarlo provocan en ocasiones su abandono, lastrando, entonces sí, el futuro de sus proyectos empresariales.

Porque el impacto de la tecnología no es algo que afecta solo a las compañías más grandes; impacta con mayor énfasis, si cabe, en las pymes, cuya menor capacidad, en general, de investigación las hace más vulnerables, por los avances que pueden aportar a las empresas mayores que los integran correctamente. Y sin duda, el futuro de las empresas pasa por ahí.

La Inteligencia Artificial, en definición de Kaplan y Haenlein, es “la capacidad de un sistema para interpretar correctamente datos externos -e internos-, para aprender de dichos datos y emplear esos conocimientos para alcanzar tareas y metas concretas a través de la adaptación flexible”. En términos empresariales, apunta a una adaptación progresiva -aunque sin duda ahora más urgente por alguna de las enseñanzas que nos ha proporcionado el COVID-19-, porque en la actividad empresarial apostar a todo o nada es, con frecuencia, quedarse en nada.

No es un problema menor. Un estudio del año pasado de Microsoft a nivel Europeo sobre desarrollo de la Inteligencia Artificial, señalaba que el 65% de las grandes empresas españolas está desarrollando planes piloto en I.A., mientras que solo el 20% ha pasado del piloto a la producción –uso efectivo de la I.A. en los procesos empresariales-, cuando su impacto es muy importante en los 4 ejes que definen la función de las empresas: conexión con clientes (y no clientes), optimización de operaciones, transformación de productos y potenciación del talento.

Y, probablemente, una de las razones que dificultan el progreso es la visión rupturista, casi revolucionaria, que se asocia a esos proyectos. Sin embargo, la evolución es mucho más lógica y razonable, permitiendo alcanzar las metas de manera progresiva, incorporando al proceso tanto a los expertos en tecnología como a los empleados tradicionales a través de la formación, con la participación imprescindible de los nuevos expertos en conectar las TIC´s con los datos y los problemas reales del negocio; todo esto a través de proyectos accesibles que vayan mejorando progresivamente la capacidad de competir de la compañía a la vez que la protegen de problemas de ausencias del puesto de trabajo en dependencias de la empresa.

En esos nuevos analistas de datos de negocio a través de aplicaciones que no son necesariamente complejas, está una de las claves fundamentales del progreso de la inteligencia artificial en las empresas. En esta línea incidía María Garaña, directora para Europa, Medio Oriente y África de Google Servicios Profesionales, en la primera edición de Fexdirel pasado año en Alicante, cuando hablaba de la necesidad de incorporar métricas a la digitalización que la vinculen con los resultados del negocio, lo que exige técnicos cualificados capaces de mantener conversaciones de negocio con sus clientes, con los que no hay que hablar de recursos tecnológicos, sino de necesidades del negocio que puede resolver la tecnología a corto y a medio/largo plazo.

En aquel mismo Foro, Juan Carlos Cubeiro, director de talento en Manpower Group, apuntaba que un 66% de los empleos de nuestros hijos aún no existen y pasarán a sustituir a los empleos que la transformación digital hará innecesarios (todo lo que sea digitalizable, se digitalizará); por cada dos empleos que se pierdan se crearán cinco, pero diferentes, en los que serán muy importantes las capacidades que hoy llamamos soft (creatividad, intuición, inteligencia emocional -empatía y serenidad-), frente a las capacidades técnicas que en muchos casos es lo único que se valora. Y no son perfiles fáciles de cubrir.

La conexión del mundo real con las grandes aportaciones de la tecnología es la clave, pero una clave que tenemos que integrar de manera progresiva, contando con los perfiles profesionales adecuados y aquí la formación es fundamental. Aunque es verdad que tras este terrible suceso del coronavirus, la necesidad de digitalización de las empresas se acentúa y se hace más urgente porque, en un análisis de los riesgos en que incurre la empresa, el servicio y el trabajo presencial ha dejado de ser algo evidente en muchos casos, y aunque estoy convencido de que el contacto humano en las relaciones empresariales es difícilmente sustituible de manera integral por las alternativas digitales, la realidad nos muestra que las empresas tienen que estar preparadas para pasar con naturalidad a esta alternativa -en los casos en que sea posible- sin deterioro de su actividad productiva o comercial; incluso mejorando eficiencia y servicio.

Estas ideas que acabo de plasmar las estamos poniendo en práctica a través del Data Strategy Institute. Un hub tecnológico de aprendizaje y alta especialización para formar y desarrollar profesionales capaces de manejar y desplegar inteligencia para la toma de decisiones estratégicas y ser competitivos en el entorno digital. Afortunadamente ya hemos formado a dos promociones de Data Strategist. Personas altamente capacitadas para el análisis de datos que conviertan en información y ésta en KPI’s que apoyen la toma de decisiones de nuestras empresas

Sin pausa, pero sin precipitación.

En mi opinión, tal como refleja el título de este artículo, el cielo no se toma por asalto, se conquista paso a paso.

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