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El artista vuelve a Pepita Lumier con "La luz de València"

J. Mariscal: “El iPad, al poder dibujar con el dedo, nos conecta con Altamira”

La inauguración es esta tarde a las 20h y se puede visitar hasta el 5 de enero

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Javier Mariscal en Pepita Luimer. | EFE Juan Carlos Cárdenas

De camino a la galería Pepita Lumier bajo la lluvia, pensaba que vaya día para hablar sobre la luz de València con Javier Mariscal. Pero una vez con él, y rodeado de sus luminosas láminas, me dieron ganas de ponerme en manga corta, pedirme una horchata y simplemente escuchar al calor de sus obras. Lo primero que le oigo decir, dirigiéndose a la galerista Cristina Chumillas, es que las acuarelas que forman parte de la exposición las pintó anteayer.

Después, la inspiración de este trabajo:

-Una de las identidades de València es la luz. La cantidad de luz que hay. Es muy especial, sobre todo la invierno, la que me llama más la atención. Ese solecito que acaricia en invierno.  A partir de ahí, he hecho una reflexión sobre el paisaje valenciano, de una franja del Mediterráneo donde, al estar en un golfo con la tierra un poco apartada, el mar funciona como un espejo.

Paseando por la galería y deteniéndonos ante las obras, un poco de técnica y más cosas:

-Tengo una impresora digital enchufada a un ordenador y a un iPad. Por el cable pasa el mismo lenguaje 0101 y entonces no hay intercepción. Es perfecto. Además son tintas con pigmento, hay muchos cartuchos y el papel es muy importante. Este es de algodón, granulado, y de gran calidad. Queda impecable y puedes ofrecer algo que no es un original, ni vale mucho. Son cien copias a un precio muy, muy asequible, o sea, para la gente a la que le gusta las cosas de Mariscal, que son como nosotros y no tienen ni un duro. Piensan, “¿esto qué vale? ¿80 euros? Va, me lo compro, y sobre todo me llevo una cosa de gran calidad”. Y además es muy alemán, porque dicen que tiene como 200 años de garantía. Como viviremos 150 años pues bueno, va bien. El iPad, además, tiene una cosa muy buena. Puedes dibujar con el dedo, como en las cuevas de Altamira.

Esta vista es cerca de la playa del Saler, adonde iba con mi familia. Hay un poco de huerta, algo que tenía miles de años de Historia y nos la hemos cargado en veinte. Sigue la iglesia de Nazaret, están las grúas del puerto, pasa el AVE, y hay una fábrica de abonos o nosequé. Está muy exagerado, a partir de unas fotos que conseguí con un sistema que está muy bien. Buscas la calle de la Paz y te metes con el coche de Google, que te la va enseñando. Mezclé sus fotos con las mías y a partir de ahí fui montando y cambiando las proporciones.

Mariscal

Carretera de El Palmar. | Javier Mariscal

-Cuando te has metido con la luz de València, ¿no has sentido el aliento de Sorolla?

-Hay algunos dibujos que son sorollas puros. Pero sólo me doy cuenta después de hacerlos de que me ha salido un sorollín. O un Pinazo, o alguno de los que supieron plasmar muy bien la luz de València. Claro, yo no llego ni a los calcetines del gran maestro, que era un pasote. Pero sí, me doy cuenta y digo “anda, se parece a lo que hacía el abuelo”.

-Con los iPads, dibujando con el dedo, y con los filtros de luz, a saber qué hubiera hecho…

Sorolla sería buenísimo con el iPad. Me da una rabia que no esté ahora aquí…Porque haría maravillas, como Hockney.

-Pienso que los valencianos tendemos un poco a alucinar con nosotros mismos, y con los tópicos de la luz, las flores y el amor. Pero sí que es verdad que cuando salimos fuera al volver apreciamos, aunque sea sólo unos días, que esta luz es diferente.

-Es muy diferente.

-¿No se te ocurre ninguna similar? 

-Los Ángeles. Acabo de hacer un libro de viajes para Louis Vuitton. Yo quería ir a Etiopía y por marketing fui a Los Ángeles. Ya la conocía, pero estuve un mes, y me di cuenta de que todas sus plantas son mediterráneas, hay unos jardines maravillosos, amor por tener las plantas vivas y bien cuidadas, y la luz es muy parecida. Es vibrante, bestial, me decía “esto es València”. También tiene muchos edificios de ese blanco roto, blancos con crema. Y también una época donde el déco fue espectacular, con un gran desarrollo en los años 50. El paisaje arquitectónico valenciano es como si los edificios se tirasen a la calle, es muy optimista, muy “aquí estamos”. Y por ejemplo, Santiago de Compostela es todo lo contrario de València. La Iglesia tiene un poder abrumador. Las fachadas de sus iglesias son de a ver quién tiene más poder. Y su arquitectura civil, en cambio, es elegantísima y superdiscreta. Pero la iglesia no, necesita echar mucho, venga pórticos, venga santos, venga esculturas…Aquí es mucho más civil, de hecho el edificio antiguo más interesante es La Lonja.

Yo vivía al lado de El Corte Inglés, y el Parterre ha sido siempre el sitio al que he ido a pasear desde que tengo uso de razón. Aquí -señala una obra- en esta esquina, es donde nos reuníamos, debajo de este árbol he jugado mil veces, aquí me fumé mi primer porro, aquí me di mi primer beso con lengua y estrené mis primeros Levi’s recién traídos de Andorra. El árbol sigue ahí, y de hecho ha destrozado los banquitos. Estas vivencias las he querido traer porque somos una especie de animales sociables y necesitamos compartirlas.

-¿Influye mucho el recuerdo en el resultado final de las obras?

-Bueno, quería decir que he vivido mucho aquí, en esta esquina, y estas casas han sido desde muy pequeñito el paisaje que he visto, y de repente aparecieron las casas del otro lado del Parterre en los 60. “¡Ostras! ¡Qué fantástico! ¡Qué moderno! ¡Ya no lo hacen con tanta floritura, todo es aluminio y cristal!”. No solamente me interesa la experiencia de haberme atrevido a dibujar los lugares de mi infancia, sino también expresar cómo se cuelan el sol y la sombra entre las hojas de los árboles, cómo existen estas sombras con tantos matices, con la luz que quema las fachadas y todo.

 

 

 

 

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