Se acerca el fin de los fondos Next Generation. Y ahora… ¿qué?
Sergio Alfaro, consejero delegado en Ocide
La inflación ha vuelto a convertirse en uno de los principales focos de atención para los inversores. Tras varios trimestres en los que los mercados parecían haber recuperado cierta tranquilidad gracias a la moderación de los precios y a las expectativas de una política monetaria más flexible, el reciente repunte de la inflación ha reabierto el debate sobre sus posibles consecuencias para los activos financieros. La cuestión es especialmente relevante por lo acontecido en 2022, que sigue muy presente entre los inversores.
La inflación es fundamental para los mercados porque influye en las decisiones de los bancos centrales. Cuando los precios aumentan más rápido de lo deseado, las autoridades monetarias responden elevando los tipos de interés con el fin de enfriar la demanda y evitar que las expectativas de inflación se desanclen. Unos tipos más elevados encarecen la financiación, reducen el valor actual de los beneficios futuros y afectan negativamente al precio de muchos activos financieros.
Eso ocurrió en 2022. Tras la recuperación económica posterior a la pandemia, las interrupciones en las cadenas de suministro, los estímulos fiscales y monetarios extraordinarios y, posteriormente, el impacto de la guerra en Ucrania, impulsaron la inflación a niveles no vistos en décadas. Los bancos centrales reaccionaron con una de las campañas de endurecimiento monetario más rápidas e intensas de la historia reciente.
La Fed estadounidense elevó los tipos de interés desde niveles próximos a cero hasta situarlos en territorio restrictivo. El BCE siguió una trayectoria similar, aunque con cierto retraso. Los mercados financieros tuvieron que adaptarse a un entorno distinto al que había predominado durante más de una década.
Las consecuencias fueron especialmente duras para el mercado de renta fija. Tradicionalmente, los bonos han sido considerados una fuente de estabilidad para las carteras. Sin embargo, en 2022 las rentabilidades exigidas por los inversores aumentaron de forma abrupta y, como consecuencia, los precios de los bonos sufrieron fuertes descensos. Muchos índices de deuda pública registraron pérdidas históricas, algo poco habitual en un activo que suele percibirse como conservador.
Las bolsas también experimentaron una importante corrección. Las compañías de crecimiento, especialmente las tecnológicas, fueron algunas de las más perjudicadas. Estas empresas suelen depender en mayor medida de beneficios futuros esperados, por lo que un aumento de las tasas de descuento reduce sus valoraciones. El resultado fue un ajuste generalizado de los múltiplos bursátiles y una caída significativa de los principales índices internacionales.
En ese ejercicio tanto la renta fija como la variable registraron pérdidas simultáneas. En circunstancias normales, los bonos suelen actuar como elemento de diversificación cuando las acciones atraviesan dificultades. Sin embargo, en 2022 la inflación se convirtió en el factor dominante para todos los mercados, anulando temporalmente esa relación tradicional.
Por ello, cada vez que los datos de inflación vuelven a mostrar signos de aceleración, muchos inversores recuerdan lo sucedido en 2022. Si la inflación vuelve a sorprender al alza de forma persistente, los bancos centrales podrían verse obligados a retrasar las bajadas de tipos o, incluso, a endurecer nuevamente sus políticas monetarias. En ese escenario, tanto los bonos como las acciones podrían enfrentarse a nuevas dificultades.
Aunque las similitudes con 2022 son evidentes, existen diferencias importantes que apuntan a un desenlace distinto. Así, los niveles actuales de inflación se encuentran muy por debajo de los máximos alcanzados entonces. Además, las expectativas de inflación a largo plazo permanecen relativamente estables. Mientras hogares, empresas e inversores sigan confiando en que la inflación regresará gradualmente a los objetivos oficiales, la necesidad de los bancos centrales de aplicar medidas drásticas será menor.
Muchos de los cuellos de botella que contribuyeron a disparar los precios en 2021 y 2022 han desaparecido o se han reducido. La capacidad productiva mundial se ha ajustado, las redes logísticas funcionan con normalidad y la disponibilidad de bienes ha mejorado.
Asimismo, los mercados laborales presentan señales de mayor equilibrio que durante el periodo posterior a la pandemia. Esto reduce el riesgo de una espiral alcista de los salarios similar a la que se produjo hace unos años.
Desde la perspectiva de los mercados de bonos, la situación también es diferente. En 2022 se partía de niveles de rentabilidad bajos. Hoy, en cambio, los rendimientos de la deuda pública son más elevados. Esto proporciona un colchón adicional frente a movimientos adversos y ofrece a los inversores ingresos por intereses mucho más atractivos que los disponibles entonces.
En el mercado bursátil muchas empresas han sido capaces de proteger sus márgenes mediante incrementos de precios, mejoras de productividad o una gestión más eficiente de sus costes. Aunque una inflación elevada siga siendo un reto, las empresas están mejor preparadas.
La composición sectorial de los mercados puede desempeñar un gran papel. Algunos como energía, materias primas, infraestructuras o áreas financieras tienden a comportarse bien en entornos de inflación moderada. Esto podría ayudar a compensar las dificultades de otros segmentos más sensibles a los tipos de interés.
No obstante, una aceleración inesperada de la inflación seguiría representando una amenaza para las valoraciones de los activos financieros. Los inversores continúan vigilando los datos de precios, los salarios, el consumo y las declaraciones de los bancos centrales en busca de señales sobre la futura dirección de la política monetaria. Si en 2022 la inflación sorprendió por su intensidad y persistencia, obligando a una respuesta monetaria agresiva, actualmente, aunque el repunte de los precios genera inquietud, el contexto económico y financiero es distinto.
Por ello, pensamos que esta vez podría ser diferente. La inflación sigue siendo un factor de riesgo que merece atención, pero no implica la repetición del escenario vivido en 2022. Los mercados cuentan con más información, los bancos centrales disponen de mayor experiencia en la gestión de estas presiones y los inversores operan en un entorno de rentabilidades más elevadas. En consecuencia, aunque la volatilidad puede aumentar, la probabilidad de revivir una corrección simultánea y tan severa en bonos y acciones como la de 2022 parece menor.
Sergio Alfaro, consejero delegado en Ocide
Ilian Radoytsov, Chief Commercial Officer en AuraQuantic
Carlos Romera, CEO en Real Cober
Carolina Aragoneses, Technical Manager European Funds en Euro-Funding