El negocio espacial despega en España y factura 1.500 millones
El sector aeroespacial ha experimentado una profunda transformación en las últimas décadas. Compañías como Amazon, SpaceX o Indra han demostrado que el espacio, que durante años parecía un territorio reservado para agencias públicas y a la ciencia ficción de películas como Star Wars, se ha convertido en un nuevo escenario de inversión, innovación y negocio.
Satélites, telecomunicaciones, observación de la Tierra, navegación, defensa o exploración espacial están abriendo mercados que mueven cada vez más capital y atraen a grandes corporaciones. El espacio ya no es únicamente un destino que alcanzar: se está convirtiendo en una infraestructura desde la que hacer negocios en la Tierra.
Ese cambio de papel ya tiene una traducción notable en el día a día de las personas de a pie. Nadie piensa en el espacio cuando paga con tarjeta, cuando sigue la ruta de un camión o cuando una aseguradora valora los daños de una tormenta, y sin embargo en las cuatro operaciones hay un satélite de por medio.
La discusión, por tanto, ha dejado de ser divulgativa: ya no se trata de explicar para que sirve un satélite, sino de decidir quién los fabrica, quién los lanza, quién los opera y —cada vez más importante— quién se queda con el valor de los datos que producen.
Un sector que crece a doble dígito
La industria espacial española alcanzó en 2025 los 1.500 millones de euros de facturación, un 16% más que el año anterior.
No se trata de un repunte puntual: en el sector ya se había medido un crecimiento del 14,9% en 2024, ejercicio en el que el espacio aportó 1.293 millones dentro de los 16.153 millones que facturaron en conjunto las industrias de defensa, seguridad, aeronáutica y espacio.
El impulso del sector llega acompañado de dinero público comprometido a varios años vista. El Consejo de Ministros aprobó el pasado mes de marzo una inversión de 625 millones canalizada a través de la Agencia Espacial Española, dentro de una contribución a la Agencia Espacial Europea de unos 455 millones anuales entre 2026 y 2030 —2.300 millones en el conjunto del periodo— que sitúa a España como cuarta potencia de la ESA, junto a Alemania, Francia e Italia.
En el plano global, la consultora Novaspace calcula que la inversión estructural en el sector alcanzará este año los 150.000 millones de dólares.
Tras esta idea los experto confirman que a diferencia de otros países, la excesiva legislación española frena en cierta medida el avance de estas empresas.
La factura de un apagón
La mejor medida de hasta qué punto el espacio se ha convertido en infraestructura no es lo que factura, sino lo que costaría perderlo.
Un estudio de RTI International cifró en torno a 1.000 millones de dólares diarios el coste que tendría para la economía estadounidense una interrupción del GPS. Si ese corte se prolongase durante 30 días y coincidiera con la temporada de siembra, las pérdidas agrícolas podrían acercarse a los 15.000 millones.
La Comunitat Valenciana cuenta con su propio precedente sobre la utilidad —y también los límites— de esa infraestructura. El Centro Nacional de Seguimiento y Coordinación de Emergencias activó el servicio de gestión de emergencias de Copernicus el 29 de octubre de 2024 y el primer mapa satelital de la inundación se presentó el día 31, con unas 15.000 hectáreas anegadas.
Aquellas primeras capas, rápidas pero imprecisas en zona urbana, tuvieron que ser corregidas por un equipo de la Universitat de València porque dejaban fuera municipios de l’Horta Sud completamente cubiertos por el agua. El dato existía y se basaba en llegar a tiempo y con el detalle suficiente fue otra cuestión.
La fabricación de satélites como industria
La industria espacial, no solo nos favorece en casos como el anterior si no que económicamente genera en España más de 7.600 empleos directos, con una productividad un 65% superior a la media industrial y un efecto multiplicador que eleva su impacto total a cerca de 23.000 puestos de trabajo, según el informe elaborado por PwC para Tedae. Más de la mitad de ese empleo se concentra en pymes y midcaps, es decir, en la cadena de suministro.
Open Cosmos ilustra bien ese componente industrial. Su nueva constelación OpenConstellation 1.0, cuyos primeros satélites se lanzan a lo largo de 2026, se fabricará en instalaciones propias en Reino Unido, España, Grecia y Portugal.
Indra Space, tras la compra de Hispasat y Hisdesat, se ha marcado alcanzar los 1.000 millones de ingresos en 2030, y su director general, Miguel Ángel Panduro, adelantó que el nuevo plan estratégico del grupo incluirá una fuerte apuesta por el espacio, junto a una petición explícita a Europa: no dejar activos críticos en manos ajenas.
La IA instalada en órbita
El cambio técnico más relevante de los últimos meses no se está produciendo en los cohetes, sino en el procesador que viaja dentro del satélite. Durante décadas el modelo fue siempre el mismo: capturar la imagen, esperar a sobrevolar una estación terrestre, descargar los datos, procesarlos en tierra y entregarlos al cliente. La inteligencia artificial a bordo rompe esa secuencia. La misión Φ-sat de la Agencia Espacial Europea demostró que un satélite puede descartar por sí mismo las imágenes inservibles —tapadas por nubes, por ejemplo— antes de gastar ancho de banda en enviarlas.
Open Cosmos ha llevado ese principio a su modelo de negocio: combinando adquisición rápida, procesamiento con IA a bordo y enlaces entre satélites, la compañía asegura que puede entregar información útil de la Tierra en apenas 30 minutos, frente a las horas o los días habituales. El interés del salto no es técnico, sino económico: quien reduce ese tiempo cambia el producto que vende, que pasa de ser una imagen a ser una decisión.
La escala del movimiento es global. China lanzó este año doce satélites con IA embarcada capaces de entregar cinco peta-operaciones por segundo y 30 terabytes de almacenamiento en órbita, dos de ellos con modelos de 8.000 millones de parámetros.
Esa misma semana, SpaceX presentó AI1, un satélite diseñado para ejecutar cargas de inteligencia artificial fuera de la red eléctrica terrestre, con 150 kilovatios de potencia de cómputo en picos.
Google, por su parte, mantiene conversaciones con la compañía de Elon Musk para lanzar en torno a 2027 los primeros prototipos de Project Suncatcher, su experimento de centros de datos orbitales alimentados con energía solar, mientras Amazon despliega su propia constelación de banda ancha.
El cuello de botella continua todavía
La primera costura del sector no es tecnológica ni financiera: son los lanzadores. La escasez de plazas de lanzamiento se ha convertido en el principal factor de retraso de los grandes despliegues. Amazon, cuya constelación Amazon Leo —antes Project Kuiper— ronda ya los 400 satélites en órbita, debía tener 1.618 desplegados antes del 30 de julio de 2026 según su licencia de la FCC, y ha solicitado una prórroga precisamente por la disponibilidad de vehículos de lanzamiento.
Esta escasez también la viven los operadores europeos. Open Cosmos debe desplegar 144 satélites de su constelación ConnectedCosmos antes de junio y otros 144 antes de septiembre para conservar los derechos de espectro en banda Ka bajo las normas de la Unión Internacional de Telecomunicaciones. Órbitas y frecuencias son recursos finitos que se adjudican por orden de llegada: quien no cumple el calendario no pierde una oportunidad comercial, pierde el activo.
Un mercado todavía institucional
La segunda costura tiene que ver con la estructura de la demanda. Buena parte del mercado que viene sigue siendo institucional —programas de la ESA, contratos de defensa, constelaciones públicas—, lo que aporta estabilidad pero condiciona el ritmo al que el sector puede escalar.
La constelación europea de comunicaciones seguras IRIS², con más de 11.000 millones de presupuesto y participación de Hispasat en el consorcio privado junto a SES y Eutelsat, es el mejor ejemplo de ese modelo mixto.
El salto pendiente consiste en convertir capacidad tecnológica en clientes que no sean administraciones. Y ahí el argumento que más se repite dentro de la industria es el de la escala: saber hacer tecnología no basta si no se traduce en volumen. El reto está en identificar los eslabones de la cadena de valor donde España tiene algo realmente diferencial, en lugar de replicar lo que ya hacen otros.
El negocio también está en la tierra
Conviene, en cualquier caso, no mirar solo hacia arriba. En un mercado satelital global valorado en unos 293.000 millones de dólares, la mayor parte del valor no se encuentra en órbita, sino en el segmento terreno: antenas, estaciones, terminales, instalación y mantenimiento.
Es el territorio natural de los fabricantes españoles con décadas de recorrido en captación y distribución de señal, y la razón por la que la llegada de las megaconstelaciones abre negocio a empresas que nunca se habían considerado espaciales.
Amazon, de hecho, ya está inscrita como operador ante la CNMC y ha activado su primera estación terrestre en España, en el Santander Teleport de Cantabria. Su servicio comercial, sin embargo, arrancará en beta en cinco países que no incluyen España, a la espera de completar el despliegue mínimo de la constelación. La distancia entre la infraestructura instalada y el servicio disponible resume bastante bien el momento del sector: la capacidad ya está aquí; el negocio, en buena parte, todavía está por facturar.
Ana SánchezRedactora licenciada en Periodismo por la Universidad CEU Cardenal Herrera con más de tres años de experiencia en diferentes áreas y medios de comunicación de la Comunidad Valenciana.











