La deuda de EE.UU. supera los 40 billones y amenaza con contagiar a España
El aumento del déficit, la persistencia de la inflación y la mayor rentabilidad exigida a los bonos estadounidenses amenazan con encarecer la financiación internacional. España afronta el contagio con una economía sólida, pero con una deuda pública todavía superior al 100% del PIB
La deuda pública de Estados Unidos ha superado los 40 billones de dólares, mientras el déficit, la inflación y las dudas fiscales elevan la rentabilidad de sus bonos. Una tensión que puede contagiarse a Europa, encarecer la financiación de España y aumentar los costes para administraciones, empresas y familias.
«Los bonos europeos ya están sufriendo contagio de la subida de los rendimientos de la deuda estadounidense, porque los bonos del Tesoro de EE.UU. constituyen la referencia mundial de los tipos sin riesgo. Si el inversor puede obtener cerca del 4,7% en un bono del Tesoro a 10 años, aumenta la rentabilidad que exige para mantener deuda de otros países, entre ellos deuda de las principales economías europeas, entre ellos la de los bonos de España”.
La advertencia de Juan José Figares, director de Gestión de IICs en Link Securities, resume por qué la situación fiscal de Estados Unidos ha dejado de ser un problema exclusivamente nacional. El tamaño de su economía, el papel internacional del dólar y la consideración de los bonos del Tesoro como principal activo seguro del sistema financiero convierten cualquier tensión en su mercado de deuda en un fenómeno con capacidad para propagarse por todo el mundo.
La deuda pública total estadounidense superó en agosto de 2026 por primera vez los 40 billones de dólares. Según los datos diarios del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, el saldo se situaba en aproximadamente 40,07 billones el 26 de agosto, frente a los 37,64 billones registrados al término de 2025.
Esta cifra incluye tanto la deuda en manos del público como las obligaciones entre organismos de la propia Administración. Para evaluar la sostenibilidad fiscal, las instituciones suelen observar especialmente la deuda mantenida por inversores. La Oficina Presupuestaria del Congreso de Estados Unidos (CBO) calcula que esta última equivaldrá al 101% del PIB en 2026 y podría alcanzar el 120% en 2036 si no se modifica la política presupuestaria.
Un déficit alejado de sus niveles históricos
El problema no reside únicamente en el volumen acumulado, sino también en la velocidad a la que Estados Unidos continúa generando nueva deuda. La CBO proyecta para el ejercicio fiscal de 2026 un déficit federal de 1,9 billones de dólares, equivalente al 5,8% del PIB. Para 2036 podría alcanzar los 3,1 billones y el 6,7% del PIB, muy por encima del déficit medio del 3,8% registrado durante los últimos 50 años.
A ello se suma el crecimiento del coste de los intereses. Una parte cada vez mayor del presupuesto debe destinarse a atender la deuda acumulada, lo que reduce el margen para financiar otras políticas públicas y obliga al Tesoro a mantener un elevado volumen de emisiones.
Figares considera que el encarecimiento de la deuda estadounidense presenta características distintas a las de otros episodios:
«La subida de las rentabilidades de la deuda estadounidense a largo plazo presenta un componente distinto del habitual: no responde únicamente a expectativas de tipos oficiales más altos, sino a una combinación de inflación, prima de plazo, déficit fiscal y dudas sobre la política monetaria de la Fed. Esto es especialmente importante porque puede generar un movimiento de contagio hacia los mercados de deuda europeos».
La inflación continúa siendo uno de los principales factores de presión. El índice de precios de consumo estadounidense aumentó un 3,4% interanual en julio, mientras la inflación subyacente se situó en el 2,5%, según la Oficina de Estadísticas Laborales. Aunque el componente subyacente muestra una mayor moderación, la inflación general permanece por encima del objetivo del 2% de la Reserva Federal.
«Las presiones inflacionistas no están desapareciendo al ritmo que esperaba el mercado», sostiene Figares.
Este contexto alimenta las dudas sobre la evolución de los tipos oficiales y, sobre todo, incrementa la denominada prima de plazo: la compensación adicional que exige un inversor para prestar su dinero durante diez, veinte o treinta años y asumir la incertidumbre futura sobre inflación, crecimiento y política fiscal.
Más rentabilidad para absorber más deuda
El director de Gestión de IICs en Link Securities subraya que «los inversores exigen una rentabilidad adicional para mantener deuda estadounidense a 10, 20 o 30 años debido a la incertidumbre sobre inflación, déficit y oferta futura de deuda».
A estas tensiones se une el elevado volumen de bonos corporativos emitidos para financiar las inversiones vinculadas a la inteligencia artificial. Esta oferta compite por el ahorro disponible con las emisiones del Estado y del resto de empresas, contribuyendo a aumentar la rentabilidad que reclaman los inversores.
El Tesoro estadounidense también ha anunciado que, desde el 9 de septiembre, elevará desde un máximo de 2.000 millones de dólares hasta al menos 4.000 millones el tamaño de sus operaciones de recompra destinadas a proporcionar liquidez a los tramos de deuda comprendidos entre diez y treinta años. La medida supone, por tanto, duplicar como mínimo estas operaciones, aunque el propio Tesoro las justifica como un mecanismo de apoyo a la liquidez y no como un programa de estímulo monetario.
Para Figares, el movimiento ha incrementado la atención sobre «hasta qué punto el Gobierno puede influir en las rentabilidades». No obstante, las recompras no reducen necesariamente el endeudamiento total, ya que el Tesoro puede emitir nuevos títulos para financiar las adquisiciones.
El contagio a Europa
El riesgo de propagación señalado por Figares coincide con el diagnóstico del Banco Central Europeo. En su Informe de Estabilidad Financiera de mayo de 2026, el BCE identifica los mercados de deuda soberana como uno de los principales canales internacionales de transmisión de las perturbaciones financieras.
La institución constata que el aumento de la prima de plazo, las nuevas preocupaciones inflacionistas, las elevadas necesidades de emisión y las dudas sobre la sostenibilidad fiscal estadounidense están presionando al alza las rentabilidades en las principales economías avanzadas. Una reevaluación del riesgo de Estados Unidos podría provocar una reasignación global de carteras y encarecer la financiación de los Estados, los bancos y las empresas europeos.
El contagio no implica que los bonos españoles deban moverse exactamente en la misma proporción que los estadounidenses. Su rentabilidad depende también de las decisiones del BCE, de las perspectivas económicas nacionales y de la prima de riesgo frente a Alemania. Sin embargo, cuando aumenta el rendimiento ofrecido por el activo considerado referencia mundial, el resto de emisores debe competir con él.
España: menor prima de riesgo, pero una deuda elevada
España afronta esta situación desde una posición económica más favorable que durante la crisis de deuda europea. La Comisión Europea prevé un crecimiento del PIB español del 2,4% en 2026 y calcula que el déficit público se situará en el 2,4%. También proyecta una reducción de la deuda desde el 100,7% del PIB en 2025 hasta el 99,6% en 2026.
Los últimos datos del Banco de España sitúan, no obstante, la deuda de las administraciones públicas en 1,763 billones de euros en junio, equivalentes al 101,5% del PIB. La ratio bajó 1,9 puntos en comparación con un año antes, pero el importe absoluto creció un 4,2%.
«Si bien la economía española presenta actualmente un crecimiento relativamente sólido y la percepción del riesgo soberano español ha mejorado considerablemente respecto a años anteriores, España continúa teniendo una deuda pública elevada y, sobre todo, un déficit que limita el margen fiscal. Si el mercado entra en una fase de aumento generalizado de la prima de plazo, los países periféricos suelen ser más vulnerables», explica Figares.
El primer efecto para España sería un incremento gradual del coste de las nuevas emisiones y de la deuda que deba refinanciarse. No se trasladaría de golpe al conjunto de las obligaciones públicas, pero sí aumentaría progresivamente la factura por intereses y reduciría los recursos disponibles para inversión, servicios públicos o medidas frente a futuras crisis.
El segundo canal afectaría a empresas y entidades financieras. Una deuda soberana más rentable eleva el punto de partida utilizado para fijar el precio de los bonos corporativos y puede endurecer el acceso al crédito. La subida de las rentabilidades también reduce el valor de mercado de los bonos ya emitidos y puede provocar pérdidas en las carteras de bancos, aseguradoras y fondos.
Finalmente, unas condiciones financieras más restrictivas podrían contener la inversión y el consumo. El resultado dependerá de la intensidad y duración del movimiento, de la respuesta de los bancos centrales y de si la subida responde a un mayor crecimiento o a una pérdida de confianza fiscal. Pero el mensaje de fondo es claro: cuando Estados Unidos necesita pagar más para financiarse, el coste rara vez se queda dentro de sus fronteras.
Gemma JimenoLicenciada en CC de la Información por la Universidad del País Vasco, Gemma Jimeno se incorporó a ECO3 Multimedia, S.A., en 1998 como Redactora y ha participado activamente en el desarrollo de diferentes líneas de negocio. Desde hace años desempeña las funciones de Editora de los contenidos informativos, de los diferentes productos editoriales de E3 Media.




