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Entrevista al vicerrector de Cultura y Deporte de la Universitat de València (y II)

A. Ariño (UV): “El estudio y el trabajo podrían haber cambiado antes del virus”

El Catedrático de Sociología analiza el momento histórico que vivimos marcado por la pandemia al inicio del curso académico, político y laboral

Antonio Ariño muestra una de las maquetas del edificio de La Nau, actual centro cultural y sede original de la Universitat de València. | Foto: Vicente A. Jiménez

Prosigue nuestra conversación con el vicerrector de Cultura y Deporte de la Universitat de València, Antonio Ariño, sobre las secuelas sociales que la pandemia puede dejar en nuestra forma de vida. En esta segunda parte, escalamos desde la calle hasta las principales estructuras de la sociedad contemporánea.

-Escuela, universidad y trabajo son las estructuras básicas de cualquier sociedad, obviamente junto al ámbito sanitario e informativo. Todo apunta a un profundo cambio en sus dinámicas. Vemos imágenes de aulas en las que han puesto mamparas para separar a los alumnos, mientras no se deja de hablar del teletrabajo. ¿Estas medidas, a la larga, no nos pueden llevar a un estado de aislamiento? Las videollamadas no son lo mismo que estar con los compañeros, bromear cuando te cruzas con ellos… ¿Podría ser que estemos potenciando el individualismo que ya era propio de la sociedad?

-Antes de eso, creo que es importante sacar otra cuestión: la desigualdad. Se dice que el virus no entiende de pobres y ricos; pues no, y tanto que entiende. O mejor dicho, el virus no entiende de nada excepto de expandirse, su única lógica es la expansión. Resulta que hay determinadas estructuras, determinadas instituciones y determinados contextos que la propician y otros que nos protegen. Si vamos a los extremos, el gregarismo propicia su expansión. La individualización, que no es lo mismo que el individualismo, protege.

Hay personas que viven en barrios segregados. En mi libro La secesión de los ricos, estos secesionistas están muy protegidos contra el virus. Con muchísimos medios. Mientras los pobres no. Primero, para poder comer, seguramente tienen que trabajar. Salir a la calle o al campo; la mayoría no puede teletrabajar. En consecuencia, de entrada ya es una desigualdad que se ha traducido en un mayor incremento de las desigualdades. Es cierto que a las clases medias, negocios medios, autónomos, etc, seguramente los haya homogeneizado mucho. Pero la polarización se ha incrementado y se pronunciará más en las próximas semanas, meses y veremos cuánto tiempo. Por tanto, no es cierto que haya igualdad en los efectos. Lo hemos visto en las muertes -personas mayores, vulnerables-, en los barrios, en inmigrantes trabajando en la agricultura con malas condiciones de habitabilidad, y también en otra serie de variables.

Vamos a lo que son las instituciones de normalidad de la vida. El estudio y el trabajo como dos tiempos que ocupan una parte importante de la existencia. Es obvio que van a cambiar.

Hay que hacerse dos preguntas. Una, si ya hubieran podido cambiar antes sin necesidad del virus, dado el grado de desarrollo tecnológico que existía en la sociedad. Es decir, si existía un freno sociocultural o político a la implantación del teletrabajo y la teleeducación, y mi respuesta es sí. Creo que hace mucho tiempo que tenemos potencialidades para haber organizado el trabajo y la educación de otra manera, pero las resistencias a esto eran enormes. En ese sentido, las crisis, sean del tipo que sean, a veces aceleran procesos, como ha sido en este caso.

Ariño

| Foto: Vicente A. Jiménez

La otra pregunta es si lo que hemos hecho es teletrabajo y teleeducación, y sería muy equivocado pensar que sí. Sólo hemos puesto parches, no teníamos un proyecto. Las dos cosas requieren un proyecto organizativo, que significa analizar qué aspectos tecnológicos son útiles y cuáles no, y cómo tendrán que evolucionar. En ese sentido, sería magnífico si esto nos ayudara a pensar que, efectivamente, podemos organizarlos de una manera híbrida -tiempos presenciales y tiempos no presenciales-, con mejores resultados para todos como el ahorro ecológico, es decir, identificar el consumo de bienes que podríamos ahorrar. Es cierto que siempre habrá quien diga que en casa se gasta más, y es verdad, pero en cambio no se gasta en transporte, en edificios enormes que están todo el día funcionando, etc. Por lo tanto, el cambio podría tener ventajas y beneficios que, sin duda, serían personales y grupales.

La Generalitat debería estar trabajando en esto con grupos amplios que estuvieran experimentando en esta cuestión. Es fundamental, ya que predicamos mucho sobre digitalización pero, en realidad, no acabamos de entrar en ello. Deberíamos aprender de los países que van muy por delante, como China o Corea del Sur, pero no obligados por la necesidad, sino en función de nuestros propios valores y criterios. Por tanto, puede ser una oportunidad pero también una ocasión perdida.

Más en concreto, ¿cómo van a funcionar la escuela y la universidad? Soy de los que hace mucho tiempo pensamos que el invento “escuela” está agotado. Como dice un amigo, el “aula huevera”, esta visión de meter a personas en un aula durante horas por donde van pasando otras personas que supuestamente saben más, es un modelo arcaico que ya no está a la altura de las condiciones de nuestra época. Sería desastroso que desaprovechásemos la oportunidad para revisar ese modelo sin entrar en una situación en la que el aula se convierta en un espacio perforado por las tecnologías. En realidad, el aula está donde esté el grupo que aprende. No es tanto un contorno físico como, más bien, una forma de organización. No va a ser fácil de hacer porque requiere ingeniería de procesos. Yo no me siento con capacidad para organizar eso, necesitamos expertos.

En España desde luego que no hemos entrado todavía en esto. Yo, que siempre he defendido la clase magistral, creo que se puede dar con 500 personas delante o 500 conectadas por ordenador en distintos lugares. Pero hemos de saber qué buscamos y cómo vamos a hacerlo, no ir a salto de mata.

Ariño

| Foto: Vicente A. Jiménez

-Pero, ¿qué hacemos con el aspecto relacional? Muchos tenemos nuestras pandillas del colegio, los amigos de la Facultad con quienes íbamos juntos a clase y luego a la cafetería… Ya están a la orden del día las apps para conocer gente y cosas así, ¿en el futuro lo tendrán que fiar todo a ellas?

-Sí y no, porque me refiero a un modelo híbrido. También me encanta decir que somos seres físicos, la virtualidad penetrará en nuestras vidas todo lo que quieras, pero no dejaremos de ser un cuerpo (ríe). Por lo tanto, quizá algún día a través del trashumanismo nos podremos convertir no en robots sino en bots, pero aún somos cuerpos, y el cuerpo tiene unas necesidades. Una amiga mía lo llama “pegajosidad social”. Pues eso hemos de reinventarlo también.

Es decir, la cuestión es que creo que algunas personas han pensado que estas vacaciones podrían ser como siempre. La “pegajosidad social” está muy bien, pero no la podemos seguir desarrollando como lo hacíamos antes del virus; hemos de reinventarla. Lo apasionante de este momento, y lo que al mismo tiempo nos da miedo, es que hemos de reinventar cómo vivir, y que no va a ser para dos o tres años. Debemos reinventar cómo vivir en la presencialidad y en la digitalidad.

De hecho, la sociedad actual ya es una sociedad digital. Tú y yo estamos aquí rodeados de aparatos digitales. Si hiciéramos ahora una comparación, ¿no tienes muchas más amistades que tu abuelo? ¿Tu red de relaciones es más grande o más pequeña?

-Más grande, sin duda. También el carácter de generaciones anteriores era más familiar y después fue más social.

-Y, a lo largo de un día, ¿con cuántas personas te conectas a distancia?

-Sin ser un gran usuario de las redes sociales, sólo contando los grupos de Whatsapp diría que con demasiadas.

-¿Con cuántas de ellas tienes una relación afectiva importante?

-No más de un 15 %, calculando a ojo, y puede que me pase.

-A lo que voy es que a lo que el sociólogo canadiense Barry Wellman llamó individualismo en red, yo prefiero llamarlo individualización en redintimidad a distancia. Puedes tener una intimidad enorme, hablar todos los días, con una persona que vive en Australia. Esto era imposible antes. Observo entre la juventud que se va de Erasmus cómo mantienen esas redes de amistad que antes no podían ser cultivadas, pero sobre todo observo cómo con mi hija, que está trabajando fuera de la Comunitat, hablo mucho más que cuando estaba en casa.

-Claro, porque se queda a propósito para hablar.

-Y me cuenta muchas cosas que, posiblemente, en casa no me contaría. Por tanto, en la sociedad digital las relaciones han crecido en extensión y en intensidad. Otra cosa es, en un contexto de covid, cómo vamos a reinventar la presencialidad, esta es la cuestión. Algunos experimentos son muy malos y, por tanto, generan infectados, y otros están funcionando muy bien.

Por ejemplo, está muy de moda hablar de las cápsulas o burbujas. Es complicado, la metáfora es bonita pero tramposa. Significaría que todos los que estamos dentro de la cápsula sólo nos relacionamos presencialmente con los que están dentro con nosotros, y esto no es cierto, porque con la división del trabajo se acaba contactando con alguien que está fuera de la misma cápsula. Es sólo una aproximación, pero tal vez para protegernos durante los periodos más agudos tratemos de reducir las relaciones más externas. No sólo es reinventar las relaciones, sino acompasarlas, o adaptarlas, porque somos seres adaptativos, a las circunstancias. Pero las relaciones propiamente dichas no creo que vayan a peligrar. Estoy convencido de que la presencialidad no está en absoluto en crisis, como tampoco la interrelación, porque somos seres interdependientes, pero sí vamos a reinventarnos. Reinventamos la vida porque hemos de reinventar los valores básicos.

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