La información económica de los líderes

Entrevista

Paula Bonet: “Me sentía huérfana de hija y de referentes”

"Mientras nosotras hemos estado leyendo literatura escrita por hombres y por mujeres, vosotros os habéis centrado en vosotros mismos"

 / 
Archivado en: 

Paula Bonet. | Foto: Noemí Elías

Feminismo, pintura, literatura, tabú, ilustración (también). Todos esos temas se sintetizan en Paula Bonet (Vila-Real, 1980). La recién galardonada por la Generalitat con el Premi Nou d’Octubre ha charlado con Economía 3 sobre su trayectoria y sobre su última obra, Roedores. Cuerpo de embarazada sin embrión, escrita a partir del dolor propio al haber sufrido dos abortos naturales, y que ha alcanzado incluso mayor repercusión que el resto de sus obras anteriores al enfrentarse a un tema silenciado, y por ello, más frecuente de lo que parece. Feminismo, literatura, tabú, Paula Bonet y Roedores.

“Salté a la fama por unos dibujos que para mí eran anecdóticos y no formaban parte de mi proyecto artístico “serio”, yo no habría elegido que las cosas sucedieran así. No viví con felicidad que aquellos dibujos funcionaran de la manera en que lo hicieron. Además, estamos en un contexto que se empeña en etiquetar, en mostrar que no somos poliédricos, en despojar a cualquier persona de cosas que son importantes… De sus miserias, porque somos seres humanos, seres con tara. Un ser humano que está seguro de sí mismo, que piensa que no se equivoca y no abraza sus inseguridades ni sus taras, no me lo creo. Ese contexto que decide que somos lo que la mayoría quiere que seamos, hizo que esos dibujos funcionaran muy bien”.

Paula

Foto: Noemí Elías

Casi todas las referencias que se hicieron de tu obra La Sed (2016) se basaban en “Paula Bonet cambia de registro”…

– Pero no es así. Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End (2014) me dio lo mejor de mi vida: una visibilidad que a la vez fue un bofetón. Por entonces empecé a leer a Anne Sexton o a Clarince Lispector, a leer a mujeres, en definitiva. Me di cuenta de que mi formación emocional e intelectual partía de la experiencia masculina. Todos los libros que había leído y los autores a los que pensaba homenajear eran hombres: Truffaut, Bolaño… Todos. ¿Qué sucedía con las mujeres? No estaban en el discurso: aparecen cuando el protagonista, que siempre es un hombre, necesita que lo amen o que lo amamanten. Nosotras siempre somos el accesorio. Empecé a buscar referentes femeninos, en un primer momento, para entender cómo ellas habían gestionado el hecho de ser reconocidas públicamente en un contexto habitado por hombres. Me di cuenta de que mi obra era parecida a la de muchos hombres y que a ellos no se les trataba con ese paternalismo, no se les otorgaban adjetivos que se me otorgaban a mí por el simple hecho de ser mujer. El masculino es fuerte, es duro, es crudo, potente… Lo femenino es frágil, dulce, tierno, complaciente… Y no es así.

– Ese discurso está cambiando ya.

– Sí, pero desde hace muy poco tiempo. A partir de lo que pasó con los carteles del festival de mediometrajes La Cabina -en el año 2013, Bonet realizó un cartel en el que una figura femenina lucía un conejo a modo de sombrero; casi 3.000 fueron arrancados de las paredes por sus admiradores-, mi primer titular en prensa fue machista: “Todos quieren el conejo de Paula Bonet”. Dije “qué está pasando aquí, por qué me siento responsable de ese titular, por qué me avergüenzo de él”. En definitiva, por qué este titular cayó sobre mí de este modo cuando salió así porque quiso un señor. El problema lo tiene él. En ese momento, fui incapaz de denunciarlo. Después, en la versión online lo corrigieron. Que se te prejuzgue solo por tu género es muy doloroso.

“Somos hijos del patriarcado”

– El filósofo Michel Foucault decía que escribía sobre lo que no se atrevía a contar a nadie. ¿Te pasó eso con “Roedores”?

– No contemplé la palabra “atrevimiento”. Pensé en “suicidio”. Pero sobre todo porque no había literatura en la que escudarme, que es lo que suelo hacer. Es mucho más fácil tirar de argumentos de autoridad y de experiencias ajenas para explicarse a uno mismo. Con Roedores, además de huérfana de hija, me sentía huérfana de referentes.

Paula

Foto. Noemí Elías

– A un hombre al que le es ajeno el hecho total de la maternidad ¿qué piensas que le puede aportar su lectura?

– Lo mismo que a las mujeres nos ha aportado la lectura de obras escritas por hombres. Mientras nosotras hemos estado leyendo literatura escrita por hombres y por mujeres, vosotros os habéis centrado en vosotros mismos. Os habéis perdido la experiencia de más de la mitad de la población.

– La maternidad, desde el punto de vista más primario, es una de las grandes justificaciones del machismo. Nosotros tenemos la obligación de cazar búfalos, y vosotras de alimentar a las criaturas. Me parece un esquema tan simple y tan potente que quizá por eso se resiste a desaparecer.

– Yo hablaría simplemente del esfuerzo atroz que hemos hecho las mujeres por estar también en el espacio público y del nulo esfuerzo que habéis hecho los hombres para estar también en el espacio privado. Hemos conseguido estar, en parte, en ese espacio que siempre os ha pertenecido, pero seguimos siendo las grandes responsables de la gestión del espacio privado. Tenemos el doble de trabajo.

– Puede ser un sustrato machista propio de una educación tradicional, pero siempre he pensado que somos realmente hijos de nuestras madres. ¿Lo crees así?

– Todos y todas, nuestras madres y nuestros padres, somos hijos del patriarcado.

 

 

“Es un honor haber compartido el Nou d’Octubre con Carmen Alborch”

– Anteriormente, me resumiste tu relación con València como de amor-odio. El Premi Nou d’Octubre, ¿ha decantado un poco la relación más hacia el amor, aunque sea de forma pasajera?

(Ríe). Me atrevería a afirmar que la gran mayoría de valencianos y valencianas sienten ese amor-odio. En mi caso, al odio base se sumaba el hecho de que se haya intentado desprestigiar mi trabajo tantas veces desde mi lugar de origen. El premio supone mucho para mí, siempre digo que sigo intentando digerirlo. Por otro lado es un honor haberlo compartido con mujeres mayúsculas como mi admirada Carmen Alborch.

– ¿Cómo se ve el ambiente artístico de València desde fuera?

– No te sabría decir. Cuando me fui no existía La Rambleta, no existía Pepita Lumier, no existía Las Naves… Mi formación empezó aquí, pero para mí fue bastante complicado moverme en València. Mi experiencia con las galerías, en el papel de alguien que acaba de terminar Bellas Artes y empieza a publicar, no fue demasiado optimista. No creé ningún vínculo artístico con la ciudad; lo he creado ahora porque veo que están haciendo las cosas bien.

– Todavía se te conoce como ilustradora y tú no te consideras así, al menos no únicamente.

– De hecho, solo he trabajado como ilustradora en Por el olvido, con Aitor Saraiba. También con Rosa Montero, ahora con la estadounidense Joan Didion y con Christina Rosenvinge. He trabajado con ellas porque hablamos el mismo lenguaje, pero a veces me incomoda este adjetivo porque no sé adaptar mi trabajo a lo que me pida una obra que no tenga que ver con lo que yo consumo. No sé adaptarme a la literatura infantil, por ejemplo.

-->
Suscríbete a nuestra newsletter