José Campo, el financiero valenciano que llevó la presencia de España al Canal de Panamá

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Grabado del marqués de Campo, de “La Ilustración Española y Americana”

Si pasea por la placeta de Santa Úrsula, detrás de las torres de Quart, una humilde fuente le indicará el lugar donde brotó agua potable por primera vez de un grifo en Valencia. Si pasa por la avenida del ingeniero Manuel Soto, en el puerto, encontrará la primera estación del ferrocarril de Valencia al Grao, en estos momentos la más antigua de las que siguen en pie en España. Si finalmente visita la plaza del Arzobispo, encontrará un gran palacio, convertido en Museo de la Ciudad. Son pistas, tres entre cien, que nos llevan hasta un valenciano singular, prototipo de los financieros del siglo XIX: José Campo Pérez, el marqués de Campo (1814-1889).

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Da la impresión de que lo hizo todo y de que tuvo poder sobrado para cualquier empresa. José Campo Pérez, el hijo de un comerciante de especias y salsas de la plaza del Mercado de Valencia, llegó a la cima: el título de marqués y el cargo de senador vitalicio hablan de un hombre muy influyente en la política, que apoyó la restauración de los Borbones con su fortuna y recibió a cambio todos los guiños financieros imaginables en la época, que fueron muchos.

En Valencia se le recuerda porque trajo el agua potable y el alumbrado de gas; mejoró el puerto y tuvo una gran naviera; tendió el primer ferrocarril; y estuvo en la fundación de la que habría de ser Caja de Ahorros de Valencia. También, para no hacer eterna esta relación, porque fundó un asilo para huérfanos en la calle de la Corona, sede hoy de la Universidad Católica.

Con todo, Campo, cuyo segundo centenario Valencia dejó casi en el olvido en  2014, es mucho más que todo lo que llevamos apuntado hasta aquí, lo que nos fuerza a elegir apenas un episodio de su vida en esta evocación. Para ello, nos quedamos sin duda con la aventura del Canal de Panamá, porque demostró tanto la visión a largo plazo del financiero, como sus rasgos de desprendimiento altruista; en este caso, cimentados en el patriotismo.

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Grabado del “Magallanes”, cuando llevaba bandera americana y se llamaba “China”, antes de su compra por el marqués de Campo. De 2.550 toneladas de registro y 326 pies de eslora, era un buque para transportar más de 1.000 pasajeros que sacaba 17 nudos con un consumo de solo 82 toneladas de carbón al día.

En enero de 1886, Fernando de Lesseps, el autor del proyecto del Canal de Suez, anunció al mundo financiero que estaba preparando una visita de grandes inversores a las obras del Canal de Panamá, que también estaba promoviendo al frente de una compañía internacional.

Financieros alemanes, americanos, franceses, holandeses e ingleses fueron llamados a hacer un viaje en el que les sería posible ratificar la buena marcha de los trabajos y, con las debidas ampliaciones de capital, rematarlos muy pronto, en 1888.

La prensa de Madrid, sobre todo el influyente La Época, comenzó a subrayar la ofensa nacional que suponía que ninguna autoridad ni financiero español hubiera sido invitado, y el marqués de Campo fue el primero en reaccionar: ni se podía tolerar que España quedara ausente del viaje, ni él podía consentir tener información de segunda mano de cuanto estaba ocurriendo en un lugar relevante del mundo para cambiar las grandes rutas de transporte.

Ni corto ni perezoso, le escribió al presidente Sagasta: “España, en opinión del que suscribe, no puede quedar huérfana de representación en la grandiosa fiesta del trabajo próxima a realizarse”. Campo se había interesado por el Canal de Panamá antes que Lesseps. Desde que se habló de Suez, estuvo promoviendo trabajos sobre la forma más económica de “perforar” el istmo y comunicar el Atlántico y el Pacífico.

Proyecto estratégico

Para la mente de un naviero, poder ir de las Antillas a California con más rapidez, ser dueño de las rutas de las dos costas mejicanas, navegar a Filipinas sin tener que rodear Argentina y Chile, eran sueños que, en lo financiero, se traducían de inmediato en beneficios.

La respuesta de Sagasta fue elusiva: Lesseps no hacía una expedición oficial, sino privada. Pero eso, para Campo, fue un acicate: dio orden a su administrador, el valenciano Juan Navarro Reverter para que preparara una expedición.

Navarro, años atrás, en 1873, ya había sido enviado por José Campo a Viena, que celebraba su Exposición Universal, para que diera cuenta de todas las novedades de la técnica y el ingenio humano, no a él, sino a todos los valencianos. En 1875, el libro “Del Turia al Danubio”, vino a reunir todas las crónicas enviadas desde la Exposición al diario Las Provincias.

No reparen en gastos

En este caso, una vez convocados los ingenieros y geógrafos, militares y civiles, que debían conocer Panamá, se llamó al más aventurero de los periodistas valencianos, Paco Peris Mencheta, un explorador que también había sido corresponsal de guerra en Marruecos, enviado por Teodoro Llorente. Y se puso a su lado al mejor ilustrador de revistas conocido, Tomás Campuzano, junto con un experto de la técnica más novedosa: la fotografía.

El 10 de marzo, en el puerto de Vigo, embarcaron todos en el Magallanes, el mejor vapor de la flota del marqués de Campo. El último mensaje de Campo antes de la partida fue elemental: “¡Hay que dejar bien sentado el pabellón español! Mi caja está abierta para que así suceda. No reparen en gastos”. El 19 de marzo, en medio del Atlántico, un gran banquete recordó la figura paternal del armador en el día de su santo: hasta el último fogonero brindó por el marqués.

El resultado lo podemos encontrar en las bibliotecas. Se titula “De Madrid a Panamá” y describe, como un diario pero apasionadamente novelado, la aventura americana de aquella expedición, que llevó el nombre de España por las colonias antillanas y trajo, además, la noticia que Campo deseaba sobre los proyectos de Lesseps.

Si en la fábrica de cigarros habanos que Campo tenía en La Habana les recibieron con una procesión de antorchas, en Colón y en Panamá los episodios que vivieron fueron dignos de llevarlos al cine. Eran lugares aún salvajes, de una violencia excepcional y de enfermedades que diezmaban a los obreros, poco menos que esclavos.

Todo fue anotado. Los ingenieros navales hicieron su trabajo y los periodistas el suyo. Como los ingenieros de presas y canales o los técnicos militares en explosivos. El 25 de mayo, en su palacio de Recoletos, el marqués de Campo dio un excepcional banquete a los expedicionarios, que le relataron las proezas vividas y le regalaron un álbum de fotografías como recuerdo.

– ¿Qué me cuentan del famoso proyecto de Lesseps, caballeros? ¿Cuándo lo va a inaugurar según sus indagaciones?

Creemos, don José, que necesita tanto dinero, que no podrá terminar la obra, con suerte, hasta dentro de seis años. Calcule usted 1892 o 1893.

El Canal de Panamá, como es bien sabido, no se pudo abrir hasta 1914.  

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