Elisa Valero, Socia-directora de Economía 3
Una startup puede captar varias rondas de inversión, aumentar su facturación, contratar decenas de profesionales y acceder a nuevos mercados sin haber resuelto una cuestión decisiva: cómo dejar de ser una empresa emergente y aspirar a convertirse en una compañía sostenible y solvente.
Durante los primeros años, el capital riesgo suele ser el instrumento más adecuado. La empresa todavía opera con un elevado nivel de incertidumbre, puede no haber alcanzado la rentabilidad y necesita recursos para desarrollar tecnología, validar el producto o acelerar su expansión. En este contexto, financiarse mediante deuda resulta difícil y, por regla general, es poco recomendable.
Los inversores asumen un riesgo que una entidad financiera tradicional no suele asumir. A cambio, reciben una participación en el capital y aceptan que una parte importante de las compañías que han financiado no alcanzarán los objetivos previstos. Y éste es un modelo que no debería prolongarse indefinidamente.
A medida que la startup consolida su producto, genera ingresos recurrentes y mejora su capacidad para prever la evolución del negocio, sus necesidades financieras cambian. Ahora ya no sólo hay que obtener recursos para crecer, sino encontrar la combinación de instrumentos que permita conseguirlo sin depender de sucesivas ampliaciones de capital.
Cada ronda implica la entrada de nuevos accionistas y la dilución de los anteriores, incluido el equipo fundador. Esa dilución puede estar plenamente justificada cuando el capital acelera de manera significativa el desarrollo de la empresa. Pero utilizar fondos propios para financiar necesidades ordinarias de circulante, adelantar cobros o adquirir equipamiento puede resultar ineficiente cuando el negocio ya cuenta con cierta estabilidad. Y es en ese punto donde la banca debería empezar a desempeñar un papel más relevante.
¿Cuál es el problema? Pues que las startups y las entidades financieras no suelen hablar el mismo idioma. La banca está acostumbrada a analizar balances, garantías, flujos de caja históricos y activos que puedan respaldar una operación. Muchas empresas tecnológicas, en cambio, concentran buena parte de su valor en elementos menos tangibles: software, propiedad intelectual, datos, talento especializado o contratos de ingresos recurrentes.
Una compañía puede disponer de una tecnología diferencial y una cartera creciente de clientes, pero tener pocos activos materiales. También puede mostrar pérdidas contables porque continúa invirtiendo en expansión, aunque la economía de cada cliente sea positiva y sus ingresos sean cada vez más previsibles.
Evaluar estas empresas exclusivamente con los criterios aplicados a una pyme tradicional puede dejar fuera de la financiación bancaria a negocios viables. Sin embargo,
tampoco sería razonable trasladar a la banca el nivel de riesgo que suponen estas inversiones. Así que sólo nos queda construir un espacio intermedio.
Para lograrlo, las startups deben avanzar en su propia profesionalización financiera, y eso va más allá del crecimiento de la facturación. Acceder a deuda exige demostrar capacidad de devolución, control de la tesorería, calidad de los ingresos y una planificación realista de las necesidades de capital.
Porque el crecimiento económico no equivale a solvencia. Una empresa puede duplicar sus ventas y, al mismo tiempo, tensionar su caja si tarda demasiado en cobrar, incrementa su estructura antes de tiempo o mantiene márgenes insuficientes.
La transición hacia la gran empresa requiere incorporar indicadores que durante los primeros años reciben menos atención: generación de caja, concentración de clientes, recurrencia de los ingresos, margen bruto y exposición a posibles cambios del mercado.
Las entidades financieras, por su parte, tienen la oportunidad de desarrollar capacidades más especializadas para analizar modelos tecnológicos. Entender la importancia de los ingresos recurrentes, la retención de clientes o la escalabilidad de una plataforma permite valorar mejor el riesgo sin renunciar a los criterios de prudencia propios del negocio bancario.
Entre el capital y el crédito tradicional existe, además, una gama cada vez más amplia de soluciones. Los préstamos participativos, la financiación pública, el venture debt, las líneas vinculadas al circulante, el anticipo de facturas o los instrumentos respaldados por sistemas de garantías pueden responder a necesidades diferentes.
Y no todos estos recursos son adecuados para todas las empresas. El venture debt, por ejemplo, puede complementar una ronda y prolongar la autonomía financiera, pero no debería utilizarse para sostener un modelo que todavía no ha demostrado su viabilidad. Del mismo modo, un préstamo participativo puede reforzar los fondos propios, aunque introduce obligaciones futuras que deben encajar en la planificación de tesorería.
La clave no está en sustituir una fuente de financiación por otra, sino en combinarlas según la fase de desarrollo y el uso previsto para los recursos. El capital debe financiar riesgo, innovación y expansión. La deuda puede atender necesidades más previsibles y respaldadas por flujos de ingresos. La financiación pública puede acompañar proyectos tecnológicos o de internacionalización que generen efectos positivos más amplios.
Por tanto, construir grandes empresas tecnológicas exige algo más que aumentar la inversión en startups. Requiere crear una verdadera continuidad financiera entre el nacimiento de la empresa y su consolidación.
Elisa Valero, Socia-directora de Economía 3
Pablo Meijide, Socio-director de Infraestructuras, Construcción y Real Estate en Stratesys
Elisa Valero, Socia-directora de Economía 3