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José Ignacio Conde-Ruiz: «Anticipo una auténtica guerra por la atracción de talento joven»

José Ignacio Conde-Ruiz: «Anticipo una auténtica guerra por la atracción de talento joven»
Publicado a 18/05/2026 18:23 | Actualizado a 18/05/2026 18:52

José Ignacio Conde-Ruiz, doctor en Economía, catedrático en la Universidad Complutense y subdirector de Fedea, lleva años analizando el cruce entre demografía, mercado laboral y Estado del bienestar. Exdirector general de Política Económica y miembro de distintos órganos asesores, acaba de situar el foco en una cuestión incómoda: cómo el envejecimiento, la deuda y el diseño de las políticas públicas están estrechando el horizonte económico de los jóvenes.

Desde Economía 3 hablamos con él para abordar la situación y conocer los detalles. Sostienes que los jóvenes son «electoralmente irrelevantes». ¿Hasta qué punto ese menor peso político está condicionando el diseño de las políticas públicas en España?

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Hay una cuestión de la que se habla muy poco cuando se aborda el envejecimiento de la población y es su impacto sobre la demografía política.

Normalmente nos detenemos en cómo afecta al crecimiento del PIB, a la productividad o al mercado laboral, pero olvidamos que también altera la toma de decisiones públicas. A medida que envejece la población, el peso de los jóvenes en el electorado se reduce, mientras que el de los mayores gana cada vez más relevancia.

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En los años noventa, los jóvenes representaban en torno al 35 % del electorado. Hoy apenas llegan al 20 %. Eso cambia los incentivos de los partidos. En una contienda electoral, los políticos tienden a responder a las demandas de los grupos más numerosos, porque son los que les dan más opciones de ganar.

Pero no solo es una cuestión de tamaño. Los jóvenes participan menos en las elecciones que los mayores y, además, son un colectivo mucho más heterogéneo.
En cambio, los mayores no solo son más, sino que votan más y lo hacen con preferencias mucho más homogéneas. Es mucho más sencillo construir una oferta política para ellos: pensiones, fiscalidad patrimonial, sanidad.

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Si juntas todo eso, el resultado es claro: los jóvenes tienen mucho menos peso en el diseño de las políticas públicas. Y todavía hay un factor añadido: la escasez. El envejecimiento hace que haya menos personas contribuyendo al Estado del bienestar y más personas recibiendo prestaciones. Eso obliga a decidir en un entorno donde no se puede gastar en todo. Ahí es donde el conflicto intergeneracional se vuelve más evidente, y donde los jóvenes parten con desventaja.

Cuando votar vale menos

-España ha pasado de un dividendo demográfico positivo a un escenario de envejecimiento acelerado. ¿Cuál es el principal riesgo económico de este cambio estructural?

El principal riesgo es que se invierte el efecto que antes jugaba a favor del crecimiento. Cuando las cohortes más numerosas atraviesan su etapa laboral, aportan de forma decisiva al PIB y al crecimiento de la renta per cápita.

Eso es lo que llamamos dividendo demográfico: aumenta la población en edad de trabajar y crece la capacidad productiva de la economía. Ahora ocurre lo contrario. Esas cohortes numerosas se jubilan y dejan de contribuir al crecimiento. Ya no están trabajando, pero necesitan pensiones, sanidad y cuidados. Por eso hablamos de dividendo demográfico negativo.

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Lo que antes impulsaba el crecimiento, ahora lo frena. Y eso afecta al bienestar, porque crecer en renta per cápita deja de ser fácil. Ese cambio ayuda a explicar por qué el entorno económico de los jóvenes actuales es peor que el de generaciones anteriores. No solo eran más relevantes políticamente, sino que vivían en una economía en la que crecer era más sencillo.

El progreso se distribuía con menos tensión porque la demografía acompañaba. Hoy sucede lo contrario. En los últimos años, España ha recuperado algo parecido a un dividendo demográfico positivo gracias a la inmigración. Estamos incorporando a nuestra economía cohortes jóvenes procedentes de otros países y eso sostiene el crecimiento. Pero eso no elimina el problema de fondo: estructuralmente somos una sociedad cada vez más envejecida.

Del bonus demográfico al frenazo

El gasto asociado a la población mayor ya supone el 20 % del PIB y podría alcanzar el 27,5 % en 2050. ¿Es sostenible este modelo sin penalizar a las generaciones jóvenes?

Hay una parte de ese aumento del gasto que es lógica y está justificada. Si hay más personas mayores, es normal que aumente el gasto en pensiones, en sanidad o en dependencia. No se puede ignorar que hay una realidad demográfica detrás. El problema no es que crezca ese gasto, sino cómo se decide su composición y hasta qué punto se adapta el sistema a los cambios de longevidad.

En sanidad o dependencia no diría que España gaste por encima de lo razonable. Pero sí creo que en pensiones hay una discusión distinta. Una cosa es que el gasto suba porque hay más jubilados; otra, que además nos neguemos a reformar el sistema para adaptarlo a una vida más larga. Ahí es donde aparece el problema de equidad intergeneracional.

Yo me pregunto si la parte del aumento del gasto en pensiones que proviene de no querer adaptar el sistema debe ir por delante de otras partidas que beneficiarían a los jóvenes: educación, lucha contra la pobreza infantil, vivienda, emancipación, transición climática o inversión productiva. Ahí es donde se rompe el equilibrio. No se trata de enfrentar a unos con otros, sino de reconocer que cada euro tiene un coste de oportunidad.

Más mayores, menos margen

– Muchas empresas alertan de dificultades para captar y retener talento joven. ¿Estamos ante un problema de falta de oportunidades o de falta de incentivos adecuados?

Puede haber un desajuste entre la formación que ofrece el sistema educativo y las habilidades que necesitan las empresas. Probablemente España necesita mejorar mucho en FP, en conexión entre educación y empresa y en detección de necesidades productivas.

Ahora bien, si la queja empresarial va por la idea de que los jóvenes no tienen compromiso o no quieren esforzarse, me parece una lectura equivocada. Las personas trabajan y se implican más si perciben que ese esfuerzo les permite alcanzar metas vitales. Si el salario que se les ofrece no les acerca a nada de eso, priorizarán el tiempo libre.

Eso no es desidia. Se trata de una respuesta racional a un entorno que ha encarecido el coste de construir una vida adulta.

– ¿Hasta qué punto el acceso a la vivienda y la precariedad laboral están detrás de esa dificultad para retener talento en España?

Están en el centro del problema. Cuando uno dice que los jóvenes de hoy lo tienen más difícil que generaciones anteriores, siempre aparece alguien recordando que ahora se viaja más barato, hay más avances médicos o más comodidades tecnológicas. Y es cierto. Pero esos avances benefician a todas las generaciones.

Lo que sí la explica es la combinación entre salarios de entrada más débiles, más precariedad y un precio de la vivienda que sube por encima de las rentas. Ahí es donde se ve con claridad que hoy la emancipación es más difícil. Y ese es un dato que incluso quienes son más escépticos acaban reconociendo cuando comparan su propia juventud con la actual.

Además, el entorno económico se ha vuelto más exigente. Los jóvenes ya no compiten solo con quienes están en su propio país. La digitalización y la globalización de servicios han ampliado el mercado laboral, pero también la competencia. Y a eso se añade otro fenómeno: el crecimiento se concentra cada vez más en las grandes ciudades.

Las empresas se agrupan porque juntas son más productivas, y eso arrastra empleo, pero también dispara la presión sobre la vivienda. No basta con decirle a un joven que se vaya a un sitio más barato: si allí no está el trabajo, no es una solución.

Talento sí, pero sin casa

– En términos de empresa, ¿está España preparada para afrontar el relevo generacional en el mercado laboral o existe riesgo de escasez de capital humano en sectores clave?

Si siguiéramos por esta trayectoria durante mucho tiempo, el riesgo sería claro. Habría sectores con problemas crecientes para encontrar y retener capital humano. Ahora bien, antes de llegar a una situación límite pasarán cosas, porque el sistema reaccionará de una forma u otra. Lo que sí anticipo es una auténtica guerra por la atracción de talento joven.

Hoy España no lo percibe con toda intensidad porque sigue recibiendo una transfusión demográfica del exterior. Pero eso no elimina la necesidad de pensar en términos estratégicos. Si otros países empiezan a competir más agresivamente por ese talento, el problema se puede volver muy visible. Y ahí las empresas españolas tendrán que revisar condiciones laborales, salarios, posibilidades de carrera y conciliación si quieren seguir siendo atractivas.

El joven que se marcha también vota

– Propones introducir reglas fiscales de equidad intergeneracional. ¿Cómo se traduciría eso en políticas concretas que beneficien tanto a jóvenes como a empresas?

Primero, no deberíamos tener déficit estructural. No tiene sentido financiar con deuda gasto corriente permanente que luego recaerá sobre quienes hoy son jóvenes o ni siquiera han nacido.

En segundo lugar, por cada euro adicional que un Gobierno quiera destinar a políticas vinculadas al envejecimiento, debería comprometer otro euro adicional a políticas que aumenten la productividad y beneficien al futuro. Sin financiarlo con deuda. Se trata de una propuesta difícil electoralmente, pero sirve para introducir un criterio de equilibrio.

¿Y qué serían políticas para jóvenes?

No me refiero a cheques puntuales. Hablo de todo gasto que aumente la productividad de la economía: educación de calidad, lucha contra la pobreza infantil, infraestructuras estratégicas, innovación, formación, medidas que faciliten la emancipación, políticas que mejoren el capital humano. Eso beneficia a los jóvenes, pero también a las empresas, porque mejora el entorno en el que van a operar.

Un euro para hoy, otro para el futuro

– Si no se corrige este desequilibrio demográfico, político y económico, ¿qué consecuencias puede tener para el crecimiento, la productividad y la cohesión social en las próximas décadas?

España va a afrontar un envejecimiento intensísimo. No solo por la baja fecundidad, sino también porque la longevidad ha aumentado mucho. Incluso asumiendo una fuerte entrada de inmigración hasta 2050, seguiremos siendo uno de los países más envejecidos del mundo. Eso significa que por la vía demográfica ya no hay una solución rápida.

Por eso la gran palabra es ‘productividad’. Si va a haber menos personas trabajando y más personas fuera del mercado laboral, la única forma de sostener el bienestar es que quienes trabajen sean mucho más productivos. Eso exige reorientar el gasto público, mejorar el marco institucional y aprovechar la ola tecnológica que tenemos delante.

Y ahí vuelven a aparecer los jóvenes. Si queremos sacar partido a la IA, a la digitalización y a la innovación, necesitamos talento joven bien formado, con capacidad de emprender, experimentar e innovar. Las grandes innovaciones suelen surgir en edades tempranas. Si no cuidamos ese capital humano, perderemos la principal palanca que puede ayudarnos a compensar el envejecimiento.

Firma
Fotografía de Gemma JimenoGemma JimenoLicenciada en CC de la Información por la Universidad del País Vasco, Gemma Jimeno se incorporó a ECO3 Multimedia, S.A., en 1998 como Redactora y ha participado activamente en el desarrollo de diferentes líneas de negocio. Desde hace años desempeña las funciones de Editora de los contenidos informativos, de los diferentes productos editoriales de E3 Media.
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