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¿El año que todo cambió? Esto es lo que marcará la economía en 2026

Todo lo que necesitas saber para entender el rumbo económico de 2026 y explicar por qué será un año clave.

¿El año que todo cambió? Esto es lo que marcará la economía en 2026
Publicado a 07/01/2026 18:22 | Actualizado a 08/01/2026 17:59

Si 2025 fue un año de la normalización tras una década de excepcionalidad monetaria regida por la idea de que el dinero barato era casi permanente, 2026 se perfila como un año de inflexión. Probablemente no porque —como algunos vaticinan— una gran crisis se perfile en el horizonte, sino porque confluyen fuerzas que obligarán a gobiernos, empresas e inversores a tomar decisiones estratégicas de largo alcance.

La economía global entra este año en una fase en la que ya no bastará con gestionar el ciclo; habrá que gestionar tensiones estructurales provocadas por factores que van desde la revolución de la aceleración tecnológica, los maremotos geopolíticos, el cuestionamiento de las instituciones o la resiliencia del sistema financiero.

Dos de las voces más influyentes del pensamiento económico contemporáneo, Ray Dalio —fundador de Bridgewater, el mayor hedge fund del mundo durante décadas— y Martin Wolf —principal comentarista económico del Financial Times y una de las referencias intelectuales del debate global—, coinciden —desde ángulos muy distintos— en la idea de que estamos entrando en una etapa en la que los excesos acumulados empiezan a pasar factura y donde las decisiones políticas importarán tanto como los datos macroeconómicos.

La agenda de 2026 se construirá sobre esa tensión.

La IA: del relato al examen de realidad

La Inteligencia Artificial (IA) ha sido el gran relato económico de los últimos dos años. El algoritmo ha estado hasta en la sopa. Pero en 2026  los analistas prevén que esta tecnología deje de ser un relato para convertirse en algo más incómodo: un examen de resultados en el que empresas, inversores y gobiernos tendrán que responder a si la IA está aumentando de verdad la productividad o solo la inversión.

Hasta ahora, la IA ha funcionado sobre todo como narrativa. Ha sido el gran argumento para justificar valoraciones bursátiles elevadas, planes masivos de inversión, discursos políticos sobre competitividad y expectativas muy ambiciosas sobre el futuro del trabajo y la productividad. En ese estadio, lo importante no era tanto lo que ya estaba ocurriendo, sino lo que prometía ocurrir.

En 2026, ese margen de indulgencia se reduce. La tecnología dejará de evaluarse por su potencial y empieza a juzgarse por sus efectos reales y medibles. Es el paso de la promesa al balance.

Ray Dalio lo formula con crudeza al advertir que estamos ante una tecnología transformadora, pero también ante una fase temprana de burbuja. La historia de los mercados demuestra que cada gran revolución tecnológica genera una primera ola de sobreinversión, valoraciones excesivas y expectativas que se adelantan a los retornos reales.

Por su parte, Martin Wolf coincide en el potencial disruptivo de la IA, aunque introduce un matiz decisivo. El problema no es la tecnología en sí misma, sino el entorno financiero en el que se despliega. Un sistema con altos niveles de deuda, mercados concentrados y una banca en la sombra en expansión es especialmente vulnerable a las dinámicas de euforia y corrección.

En 2026 la pregunta dejará de ser cuántos centros de datos se construyen o cuántos modelos se entrenan. Lo relevante será qué impacto tangible tiene la IA sobre la productividad, los márgenes empresariales, la estructura del empleo y las presiones inflacionistas. La inversión masiva en infraestructuras digitales puede convertirse, paradójicamente, en un nuevo factor de inflación justo cuando los bancos centrales buscan consolidar la desinflación.

2026 será el año en que la IA pase del mito fundacional al juicio económico.

El retorno de la geoeconomía como norma

Durante décadas se asumió que la globalización liberal era un proceso irreversible. Los acontecimientos de las primeras semanas de 2026 han demostrado lo contrario. Los pasos dados por la Administración Trump en Venezuela, con una intervención directa en el país y la captura de su presidente, ha dejado claro que la política exterior vuelve a utilizarse sin ambages como instrumento de poder económico. La economía internacional entra así en una fase en la que la fuerza, la seguridad y el acceso a materias primas estratégicas pesan tanto como los tratados y los mercados.

La misma lógica se proyecta sobre otros territorios sensibles, como Groenlandia. El renovado interés de Washington por la isla, rica en minerales críticos y pieza central del tablero ártico, confirma que la competencia entre potencias ya no se libra solo en el comercio o la tecnología, sino también en el control de espacios estratégicos. La geopolítica ha dejado de ser telón de fondo para convertirse en parte central del cálculo económico.

En este contexto, las decisiones sobre aranceles, subsidios estratégicos o controles a la inversión ya no responden únicamente a coyunturas electorales. Responden a una lógica más profunda de competencia entre bloques, que redefine cómo se produce, se comercia y se invierte. Lo que hasta hace poco se interpretaba como ruido político se consolida ahora como marco estable de funcionamiento del sistema económico global.

Volviendo a los analistas, Ray Dalio interpreta este proceso dentro de sus grandes ciclos históricos, en los que el orden dominante se erosiona y la política comercial se convierte en instrumento de poder. Martin Wolf lo formula desde una óptica institucional: este giro debilita uno de los grandes estabilizadores del crecimiento global, la interdependencia económica.

En 2026, la geoeconomía deja definitivamente de ser una variable secundaria y pasa a condicionar de forma directa la inflación, el crecimiento y los márgenes empresariales.

Bancos centrales: de la tecnocracia a la prueba de credibilidad

Durante buena parte de la última década, los bancos centrales se movieron en un terreno relativamente estable, marcado por la independencia institucional y una inflación contenida que les permitía actuar como árbitros técnicos del ciclo. Ese entorno ha desaparecido. Tras los episodios de inflación postpandemia y el brusco giro restrictivo de 2022–2024, 2026 se presenta como un año decisivo para medir hasta qué punto las autoridades monetarias pueden resistir una presión política cada vez más explícita.

No es casual que en Estados Unidos vuelva a debatirse abiertamente sobre el margen de maniobra de la Reserva Federal (Fed), ni que en Europa crezcan las voces que reclaman al Banco Central Europeo (BCE) un papel más activo en la financiación de las transiciones energética y digital.

El dilema ya no se limita a si la Fed o el BCE deben subir o bajar tipos. Lo que está en juego es la autonomía real de las instituciones monetarias en un contexto de elevada deuda pública, envejecimiento demográfico y expectativas sociales crecientes. En países con déficits estructurales, la tentación de suavizar la disciplina monetaria para aliviar el coste de la deuda es cada vez mayor. La experiencia reciente en economías como Turquía o, en otro plano, las tensiones entre el Gobierno italiano y el BCE en los años de crisis de deuda, sirven como recordatorio de hasta qué punto la política monetaria puede convertirse en un campo de batalla político.

Ray Dalio encuadra este fenómeno en su visión de los grandes ciclos históricos, donde la frontera entre política y economía se difumina cuando los sistemas entran en fase de estrés. Para Martin Wolf, el riesgo —más concreto— estriba en si los bancos centrales pierden su condición de anclas de credibilidad, la inflación deja de ser solo un problema técnico y pasa a convertirse en un síntoma de deterioro institucional. En ese escenario, cada decisión de tipos deja de leerse únicamente en clave macroeconómica y se interpreta también como una señal de fortaleza —o debilidad— del marco de gobernanza.

2026 será el año de la credibilidad. La confianza en que las reglas del juego siguen vigentes se convertirá en un activo tan valioso como el crecimiento o la estabilidad financiera. Y esa confianza, una vez erosionada, es mucho más difícil de recuperar que unas décimas de inflación o unas décimas de PIB.

Deuda, fiscalidad y el límite europeo

Si hay una región donde estas tensiones se sienten con especial intensidad, es Europa. Tras años de estímulos, la deuda pública se ha convertido en un condicionante estructural del margen político. El continente entra en 2026 con una combinación especialmente exigente de restricciones fiscales y necesidades de inversión en defensa, transición energética y tecnología.

El resultado es una ecuación incómoda. Europa necesita gastar más para sostener su competitividad, pero dispone de menos espacio para hacerlo sin tensionar sus finanzas públicas. En contraste, Estados Unidos afronta el año con mayor dinamismo económico, aunque también con un riesgo creciente de desequilibrios derivados de déficits persistentes y de un ciclo político cada vez más polarizado.

Muchos analistas leen este momento como una fase clásica de cambio de ciclo histórico, en la que las potencias establecidas ven reducirse su margen de maniobra bajo el peso de la deuda. Otros lo formulan en términos más sencillos: Europa corre el riesgo de entrar en una década de crecimiento escaso, atrapada entre la disciplina fiscal y la necesidad de inversión estratégica. Este año marcará probablemente el inicio de una etapa en la que la política económica europea dejará de girar en torno a cuánto crecer para centrarse en cómo gestionar la escasez relativa.

Riesgos financieros ocultos: el verdadero talón de Aquiles

Si hay un punto donde convergen con especial fuerza las advertencias de Dalio y Wolf es en el terreno de los riesgos financieros sistémicos. No hablamos de una recesión convencional, sino de algo más difícil de anticipar: un accidente financiero.

Wolf ha señalado de forma reiterada que el sistema actual acumula vulnerabilidades silenciosas en ámbitos poco visibles, desde la expansión de la banca en la sombra hasta la proliferación de activos opacos y la relajación de ciertos marcos regulatorios. En un entorno de tipos más altos que en la década pasada, estas fragilidades pesan más de lo que aparentan.

Dalio añade la dimensión histórica. Los grandes colapsos no llegan cuando todos los indicadores macroeconómicos son malos, sino cuando el sistema parece estable y los excesos se acumulan sin ruido.

El peligro de 2026 no es una crisis anunciada, sino una crisis inesperada. Con mercados en niveles exigentes y una política cada vez más intervencionista, el margen para errores se estrecha. La verdadera pregunta que atravesará la agenda económica del año será si estamos construyendo resiliencia o simplemente postergando los ajustes inevitables.

2026: el año de las decisiones difíciles

Mirado en conjunto, el año que comienza no será un año de consensos cómodos ni de un crecimiento fácil. Será un año en el que confluyen una revolución tecnológica sometida a su primera prueba real, una economía global cada vez más fragmentada, bancos centrales bajo presión política, Estados con menos margen fiscal y un sistema financiero cargado de vulnerabilidades silenciosas.

La llegada de una nueva fase avanzada del ciclo histórico o una advertencia sobre los riesgos de gobernar economías complejas con herramientas diseñadas para tiempos más simples. Las economías no se desestabilizan solo por shocks externos, sino por errores de gobernanza en momentos clave.

Eso es, en esencia, lo que marcará la agenda económica de 2026. No tanto las cifras trimestrales de crecimiento o las décimas de inflación, sino la capacidad de las instituciones para tomar decisiones impopulares, de las empresas para invertir con criterio y de los inversores para distinguir entre tendencia estructural y exceso coyuntural.

El que comienza no será el año del crecimiento fácil, sino el de las decisiones difíciles. Y de ellas dependerá no solo 2026, sino buena parte de la década que empieza a tomar forma.

Firma
Fotografía de Borja RamírezBorja RamírezGraduado en Periodismo por la Universidad de Valencia, está especializado en actualidad internacional y análisis geopolítico por la Universidad Complutense de Madrid. Ha desarrollado su carrera profesional en las ediciones web de cabeceras como Eldiario.es o El País. Desde junio de 2022 es redactor en la edición digital de Economía 3, donde compagina el análisis económico e internacional.
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