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De la incertidumbre o la hecatombe… para llegar a la consolidación

Efectivamente, este es el camino que debe seguir el sector turístico español: 2020 fue el año de la incertidumbre o de la hecatombe…, por llamarlo de alguna manera; 2021 ha sido el año en el que ha comenzado la recuperación, a pesar de que Ómicron ha hecho mucho daño en sus últimas semanas, sobre todo de cara a Navidad; y 2022 debería ser el de la recuperación o por lo menos alcanzar las cifras de 2019, tal y como afirmó ayer mismo, la ministra del ramo, Reyes Maroto.

Desde ayer miércoles y hasta el próximo domingo, Ifema, en Madrid, acoge a 107 países, 600 expositores y 6.933 empresas en ocho pabellones, cifras que mejoran sustancialmente las de 2021, en las que apenas se llenaron tres pabellones. En 2020, días antes de declararse la pandemia, la feria de Madrid  acogió a más de 900 expositores, 11.000 empresas, 165 países y 250.000 visitantes.

Otro indicador que apunta a su recuperación, a pesar de su fuerte temporalidad, es el empleo. La ministra de Turismo señaló ayer en Radio Nacional que 2021 se ha cerrado con más de 2,3 millones de afiliados en el sector turístico, más de 233.000 ocupados más que en 2020, lo que demuestra, en su opinión,  la «gran fortaleza» del sector.

La importancia de diversificar

Pero no debemos volver a tropezar con la misma piedra. Es verdad, no lo podemos negar, que el sector turístico siempre ha sido uno de los motores de la economía española y esperemos que, gracias al Plan de Modernización y Competitividad Turística impulsado por el Gobierno, dotado con 3.400 millones de euros, consigamos que despegue y que contribuya, después de un reparto equitativo de los fondos, a la modernización y digitalización de las empresas, destinos y productos y, a su vez, sea más sostenible y genere empleo de calidad y baje su tasa de temporalidad.

¿Cuál es el objetivo? Conseguir un turismo de calidad y acabar con las masificaciones y la saturación del destino, los botellones, el balconing y otras prácticas… que van en contra de la imagen de la ciudad afectada en cuestión y que perjudica a nuestra marca país.

En esta misma línea y al igual que las empresas deben diversificar sus productos, servicios, clientes y proveedores para no perder su competitividad, nuestra economía debe hacer lo mismo: diversificar para ganar competitividad, para no perder el tren de la innovación, para no depender de mercados lejanos, para ser respetuosos con el medioambiente, para ser digitales, para cumplir con los objetivos ODS…

En definitiva, debemos retomar la industria, convertirnos en referentes en este ámbito y coger la mano de sectores tan importantes en nuestro país como el cerámico, que factura cerca de 4.000 millones de euros; el químico, que se acerca a los 65.000 millones; la automoción, que se aproxima a los 90.000 millones; y podemos continuar con el de la construcción, la alimentación…

Y las cifras de ocupación son las que mejor reflejan que somos un país de servicios. Según los datos facilitados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) hay 15 millones de empleados en el sector servicios y cerca de 3 millones en el de Industria. Ya no hay más que decir. Tenemos que revertir estas cifras.

Una de las misiones de los fondos europeos es esa precisamente. Pero, ojo, tal y como me apuntaba un empresario valenciano: «estos fondos no deben impulsar solo a las empresas tractoras, sino que también deben dar protagonismo a las pymes  para enraizarlas». Estos fondos -confesaba- «son una ventana para transformar las empresas». Pero advertía que «se requiere una correcta gobernanza de los mismos y transparencia en la selección de proyectos».

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