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Prolongación de la revista publicada en la revista Economía 3

Jesús Iglesias Noriega: “Lo fascinante de la música en vivo es la posibilidad del error”

"La autocrítica es importante como profesional, y hace que muchas veces no disfrutes, cuando lo que quieres es que la música sea emoción"

| Foto: Vicente A. Jiménez

La edición de julio-agosto de Economía 3 incluye una entrevista al nuevo director artístico del Palau de Les Arts, Jesús Iglesias Noriega, a poco más de un mes del inicio de la temporada 2019-2020, la primera con él al frente del coliseo musical valenciano. La conversación que mantuvimos se extendió mucho más allá de lo que da de sí el formato papel, por lo que les ofrecemos nuevos pasajes que nos permiten conocer mejor a la persona que tiene la responsabilidad de cambiar el rumbo de Les Arts y tratar de equipararlo a los otros dos grandes centros musicales de España, el Teatro Real de Madrid y el Liceu de Barcelona. En este fragmento conocemos su forma de entender, vivir y sentir la música.

Como ya figura en la parte publicada de la entrevista, Iglesias Noriega declaró que “cada vez somos más cómodos, y digo somos porque me incluyo, y nos cuesta más ir a ver cosas. Hoy en un teléfono o una Tablet tienes acceso absolutamente a todo”.

-Una de las cosas que más me gustaban era ir a comprar música. Pero llegó un momento en que me sentí idiota.

-Yo todavía sigo comprando el soporte, y cuando uso el iPad llevo copias de mis propios cd’s. Cuando he hecho la mudanza y he trasladado todos mis cd’s, gente joven que trabaja conmigo me miraba como diciendo “¿tú no sabes que existe una cosa que se llama Spotify que te ahorra hacer la mudanza de todo esto?”

-Pero aún se defiende la “magia” de ir al cine…También debería conservarse la magia de venir a Les Arts.

-Eso no es tan nuevo. Ya se perdió con el boom de las grabaciones de las óperas y sus proyecciones en los cines. Diría que no hemos sabido explicar a la gente el significado de la música en vivo, ni la diferencia entre la música en directo y la música grabada. Obviamente, todos hemos disfrutado de grabaciones, y nos gusta estar en casa y escuchar música, pero la experiencia de la música en vivo no se puede comparar con nada. Además, siempre digo que lo fascinante de la música en vivo es la posibilidad del error. Eso es lo que hace que cada noche sea diferente. Está el artista por un lado, en la escena, con su vivencia del día, si tiene dolor de cabeza, o si tiene un problema en casa; todo eso lo lleva al escenario. Pero del propio espectador también depende la percepción.

Yo he estado en funciones a las que mucha gente cuyo criterio respeto les han parecido un éxito arrollador, y a lo mejor a mí no me han dicho nada. Y a veces pienso, “bueno, a lo mejor es que ese día estaba cansado”. Por ejemplo, disfruto más las funciones que veo en fin de semana, siempre me parecen mucho mejores. Los demás días estás trabajando, llegas apurado de tiempo, tienes cosas en la cabeza…A lo mejor no entras mentalmente hasta la segunda parte del concierto. El fin de semana vas a ver la función relajado y psicológicamente preparado.

música

| Foto: Vicente A. Jiménez

Muchas veces, el público olvida esos aspectos. La percepción depende de uno mismo, de en qué estado estás. Pero creo que debemos hacer hincapié en la importancia de la música en vivo. La proyecciones de óperas en cines han afectado al Metropolitan de Nueva York, y muchos grandes teatros, cuando se ha vendido la idea de que ir al cine de la esquina de tu casa es igual que ir al teatro a ver una ópera, y encima se puede comer palomitas. Esto no es cierto, la experiencia de la música en vivo es única, como ir a un museo. Por muy fascinante que pueda ser ver una foto de la Capilla Sixtina, cuando pones el pie allí te quedas boquiabierto. O como con el David de Miguel Ángel o el Guernica de Picasso.

-Aunque parezca una perogrullada, el Guernica no lo has visto nunca hasta que lo ves de verdad colgado en la pared.

-Claro. Porque ahí tiene vida. Un cuadro tiene vida, una escultura tiene vida. Se unen la vida propia de la obra y la de su entorno, el museo o el espacio en el que está exhibida. Y eso creo que es fundamental. Tenemos que hacer un esfuerzo para recuperar la experiencia del arte en vivo.

-Has mencionado muchos factores que entran en juego y que, efectivamente, se han olvidado un poco. La posibilidad del error, el estado anímico del público, la fecha, incluso quién sabe si el clima…

-(Ríe). Si como hoy hace un calor de morir, el aire acondicionado también ayuda…

-Entonces, teniendo en cuenta todos estos factores y más, en una representación operística, ¿dónde situarías tu nivel de satisfacción al final de una función? Porque tu mirada va a ser diferente a la del público, que a su vez será un público muy entendido…¿En qué te basarás para que, al acabar una obra, pienses “esto ha salido como me estaba imaginando”?

-Es complicado. Tienes dos visiones. La tuya propia como profesional, como programador, como gestor, en la que se tiene que ser autocrítico…Muy autocrítico, diría. Yo lo soy, y eso hace que a veces disfrute las cosas menos de lo que debiera. He vivido noches de éxito arrollador en los teatros donde he trabajado, y he pensado, “bueno, mejor que sea un éxito, pero…”. Y al contrario, hay cosas que me parecen de una gran calidad y que por el motivo que sea al público no le han llegado o convencido. Eso pasa. Y ahí hay que diferenciar. Uno tiene que tener la frialdad o la profesionalidad para hacer esa diferenciación. Siempre se lo digo a los cantantes o a los intérpretes: tiene que haber una persona a la que puedas preguntar, aunque el teatro se haya venido abajo: “Bueno, ¿qué? Ahora dime la verdad. ¿Cómo ha sido? ¿Qué he hecho bien y qué he hecho mal?”.

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| Foto: Vicente A. Jiménez

La autocrítica es importante como profesional, pero hace que muchas veces no puedas disfrutar. Eres demasiado analítico, cuando en realidad, lo que quieres es que la música sea emoción. Y si te pones esa barrera de estar analizándolo todo, nunca llegas a la emoción. A veces es curioso. Una vez, estábamos haciendo una ópera con un despliegue tecnológico muy caro. En la primera función me quedé un poco “bueno, bien, vale…” Y la segunda función me fascinó. ¿Qué me había pasado? Pues que en la primera me había dedicado a intentar descubrir cómo funcionaba toda aquella tecnología. Me fijaba en los trucos, en la parte técnica. Una vez ya lo analicé todo, en la segunda función, relajado, disfruté y me llegaron las emociones. Lo que no quita que cuando trabajas no te puedas emocionar.

-Te quería hacer una pregunta respecto a eso, un poco “filosófica”. Uno de los grandes objetivos de las personas es poder dedicarnos a lo que nos gusta, eso de hacer de nuestra pasión nuestra profesión. Quien lo consigue parece que ha logrado lo máximo en la vida. Pero, como en tu caso, una vez conseguido, ¿no puede ser que eches de menos a aquel amante de la música que se sentaba entre el público para disfrutar sin tener ningún tipo de responsabilidad?

-Muy posiblemente. Puedo contar una anécdota. Cuando trabajaba en Buenos Aires, necesitábamos incorporar a alguien al equipo. Entonces vino un chico joven, del que me habían dicho que era muy aficionado. Lo cogimos y lo dejó enseguida. Dijo “pierdo la magia de lo que voy a ver y prefiero quedarme al otro lado, con el público. Si descubro todo lo que hay detrás, la pierdo”. Como he dicho, es verdad que algo se pierde, pero no siempre. Recuerdo una vez, y me ha pasado muchas otras, trabajando en una obra en el Teatro Real de Madrid que fue un proceso muy muy difícil. Estaba sentado en el patio de butacas casi solo, me imagino, y en un determinado momento me puse a llorar como un niño.

También te puedes sentir orgulloso. Justo antes de venir a Les Arts, hicimos en Amsterdam una producción de la ópera Jenufa, de Leos Janáček, y fue una de esas en que sale todo perfecto. Siempre se intenta, pero no siempre se consigue. Sólo de tanto en tanto se puede decir, “¡Toma! ¡Ha salido todo!”, desde la protagonista al papel más pequeño, todo integrado musical y dramáticamente…Esas noches te sientes muy satisfecho. También me pasó con Il Viaggio a Reims, de Rossini, que veremos aquí, una producción que organicé y se creó en Holanda, y además fue ya al final del primer ensayo.

Yo no sé si uno tiene la fortuna de trabajar en su hobby. Al final esto es para mí, sobre todo, un trabajo. Uno tiene que ser un profesional. El mayor problema que ocurre en mi profesión es el del aficionado que cree que es profesional. Y tengo colegas que se comportan como aficionados. Que de repente quieren una foto con alguien. Chico, cuando trabajas en esto, no te vas haciendo fotos. Y luego, tampoco deja de ser un trabajo más, que tiene sus dificultades. Pero uno se queda con la parte bonita. Y respecto a su parte de pérdida, por ejemplo, yo ahora escucho mucha menos música en casa que antes. Llegas a cierto nivel de saturación. Y si escuchas demasiado también puedes llegar a perder el interés. Hay que tener cuidado con eso.

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