Tenemos que hablar de Groenlandia: la cumbre entre EE.UU. y Dinamarca podría redefinir el futuro de la OTAN
La reunión entre Dinamarca y Estados Unidos llega marcada por la presión de la Administración Trump y por el temor europeo a que la disputa erosione la cohesión de la Alianza Atlántica.
La reunión prevista para este miércoles entre el Gobierno de Dinamarca —encabezado por la primera ministra Mette Frederiksen— y representantes de la Administración estadounidense, incluidos el secretario de Estado Marco Rubio, llega en un contexto de máxima tensión geopolítica. El objetivo formal del encuentro es rebajar la escalada retórica y abrir un canal de diálogo directo sobre el futuro de Groenlandia, un territorio autónomo del Reino de Dinamarca que se ha visto envuelto en una disputa anacrónica por su futuro control.
En los últimos días, el presidente Donald Trump ha espoleado públicamente la idea de que Estados Unidos debería «poseer» Groenlandia por razones de seguridad estratégica, insinuando que Washington contempla opciones que van más allá de la diplomacia tradicional. Aunque desde la Casa Blanca se insiste en que la vía preferente sigue siendo el diálogo, la ambigüedad de algunos mensajes ha generado inquietud entre los socios europeos.
Para Copenhague, la reunión con Rubio representa un paso necesario para reconducir la conversación a parámetros políticos y jurídicos claros. Dinamarca insiste en que Groenlandia no está en venta ni es objeto de negociación comercial, y subraya que cualquier debate debe respetar la soberanía danesa y el autogobierno groenlandés. En el encuentro participará también la responsable groenlandesa de Asuntos Exteriores, Vivian Motzfeldt, en un intento de reforzar la idea de que el diálogo debe contar con todas las partes implicadas.
La sensibilidad del asunto se explica por el marco institucional. Aunque Groenlandia goza de una amplia autonomía interna, la política exterior y la defensa siguen siendo competencias del Gobierno danés. Cualquier insinuación sobre un cambio de estatus territorial trasciende, por tanto, el ámbito bilateral y afecta directamente al equilibrio político del Reino de Dinamarca.
La doctrina «Donroe»: un contexto de presión unilateral
Lo que distingue esta crisis de otras tensiones diplomáticas es el estilo con el que se ha planteado desde Washington. Tras la reciente captura del presidente venezolano Nicolás Maduro en una operación ordenada por Trump, muchos analistas interpretan que la Administración ha reforzado una línea de política exterior más unilateral y asertiva. Aunque los portavoces estadounidenses matizan que la opción preferida sería una compra negociada de Groenlandia, la combinación de firmeza retórica y ambigüedad estratégica ha sembrado dudas entre los aliados.
Para Dinamarca y Groenlandia, la situación supone una disyuntiva compleja. Defender la soberanía y el estatus alcanzado por la isla es irrenunciable, pero al mismo tiempo el entorno geopolítico del Ártico —con una presencia cada vez más activa de Rusia y China— hace imprescindible preservar una relación sólida con Estados Unidos en materia de seguridad.
Mette Frederiksen ha descrito este momento como decisivo no solo para Dinamarca, sino para la propia OTAN. A su juicio, y al de muchos analistas, cualquier intento de alterar el statu quo territorial por vías de presión podría convertirse en un punto de inflexión para la cooperación dentro de la Alianza Atlántica.
El mensaje es claro: si un socio mayoritario plantea públicamente escenarios de imposición sobre el territorio de otro aliado, se resiente la confianza mutua que sostiene la defensa colectiva.
La reunión como prueba de estrés para la Alianza
La cita del miércoles en Washington se convierte así en una prueba de resistencia para la OTAN. No se trata únicamente de resolver una controversia bilateral, sino de evaluar hasta qué punto la Alianza puede absorber tensiones internas sin comprometer su credibilidad externa. Varios gobiernos europeos han expresado su respaldo a Dinamarca, subrayando que el estatus de Groenlandia debe respetarse plenamente y que cualquier iniciativa debe encuadrarse en el derecho internacional y en los compromisos aliados.
En este contexto, la reunión adquiere un valor simbólico añadido. Para Copenhague y Nuuk (capital de Groenlandia), es la oportunidad de fijar límites claros y reconducir la conversación hacia una cooperación reforzada en el Ártico. Para Washington, supone medir el coste político de mantener una presión que, aun sin materializarse en hechos, ya está teniendo un impacto tangible en la percepción europea de la fiabilidad estadounidense.
Aunque el desenlace inmediato pueda ser constructivo en términos diplomáticos, el episodio deja una huella duradera. La OTAN se apoya en la previsibilidad de sus miembros y en la certeza de que las divergencias se resuelven sin recurrir a la amenaza implícita. Cuando esa premisa se cuestiona, la erosión de confianza se convierte en un riesgo estratégico en sí mismo.
Por qué Estados Unidos quiere Groenlandia
El interés de la Administración estadounidense por Groenlandia responde, en primer lugar, a su valor geoestratégico en el Ártico. La isla ofrece posiciones privilegiadas para sistemas de vigilancia, alerta temprana y proyección militar en una región que está ganando peso en la competición entre grandes potencias. En un escenario de creciente rivalidad con Rusia y China, controlar ese espacio se percibe en Washington como una ventaja decisiva para la seguridad nacional.
A este factor se suma el potencial económico. Groenlandia alberga recursos naturales y minerales críticos para tecnologías avanzadas, desde tierras raras hasta materiales esenciales para la transición energética. Aunque su explotación plantea importantes desafíos ambientales y logísticos, asegurar un acceso preferente a esos recursos encaja con la estrategia estadounidense de reducir dependencias externas en sectores clave.
La tercera dimensión es política. La insistencia de Trump en cuestiones como Groenlandia y Venezuela refleja una voluntad de proyectar fuerza y determinación en política exterior, tanto hacia su electorado interno como hacia rivales y aliados. Más allá de los argumentos estratégicos y económicos, existe una lógica de demostración de poder que ayuda a explicar la rapidez con la que el tema ha escalado en la agenda internacional.
Una decisión que trasciende a Groenlandia
Sea cual sea el resultado inmediato de la reunión, el episodio marca un antes y un después en la relación transatlántica. La forma en que se gestione este pulso entre Washington y Copenhague será observada con atención por otros aliados, conscientes de que el debate sobre Groenlandia es, en realidad, un test sobre la solidez de las reglas no escritas que rigen la Alianza.
Una salida diplomática podría rebajar la tensión en el corto plazo, pero las preguntas de fondo —sobre soberanía, equilibrio de poder y fiabilidad de los compromisos— seguirán abiertas. En un momento en que la OTAN busca proyectar unidad frente a desafíos externos, la disputa por Groenlandia ha puesto de relieve que las fisuras internas pueden ser tan determinantes como las amenazas que vienen de fuera.
Borja RamírezGraduado en Periodismo por la Universidad de Valencia, está especializado en actualidad internacional y análisis geopolítico por la Universidad Complutense de Madrid. Ha desarrollado su carrera profesional en las ediciones web de cabeceras como Eldiario.es o El País. Desde junio de 2022 es redactor en la edición digital de Economía 3, donde compagina el análisis económico e internacional.







