Trump y la política de la fuerza: de Venezuela a Groenlandia, Europa en la diana
La presión estadounidense sobre el Ártico no es un episodio aislado, sino parte de una doctrina de hechos consumados que reconfigura esferas de influencia y deja a la Unión Europea ante sus límites estratégicos
Lejos de tratar desinflamar la situación, tras el golpe de mano en Venezuela, la administración de Donald Trump ha pasado a la ofensiva y pone en su punto de mira un nuevo objetivo: Groenlandia. El reciente recrudecimiento dialéctico y diplomática en torno a Groenlandia no es un episodio aislado ni una excentricidad geoestratégica. Es una pieza más —y especialmente sensible para Europa— de una estrategia que ha ganado coherencia en las últimas semanas tras los acontecimientos en Venezuela, y que apunta a un patrón claro: la sustitución del multilateralismo por una política explícita de imposición de intereses estadounidenses allí donde Washington considera que están en juego activos estratégicos.
Lo ocurrido en Caracas ha marcado un punto de inflexión. La actuación directa de Estados Unidos en Venezuela, justificándose en términos de estabilidad regional y seguridad nacional, ha demostrado que la administración Trump está dispuesta a cruzar líneas que durante décadas habían sido contenidas por el derecho internacional, la diplomacia o el coste reputacional.
Groenlandia aparece ahora como la extensión lógica de esa misma lógica, trasladada a territorio danés y, por tanto, al corazón de los intereses europeos.
Groenlandia como activo estratégico, no como territorio aliado
Durante décadas, Groenlandia fue percibida en Europa como un territorio remoto, de valor simbólico y con una importancia económica limitada. Ese enfoque ha quedado obsoleto. El deshielo del Ártico, la apertura progresiva de nuevas rutas marítimas y el potencial de la isla en minerales críticos, tierras raras y recursos energéticos han transformado su estatus geopolítico.
Desde el punto de vista estadounidense, Groenlandia no es solo un territorio autónomo bajo soberanía danesa, sino un activo geoestratégico crítico. Y es que el control del Ártico garantizaría la proyección militar estadounidense, acceso a minerales estratégicos y ventaja frente a China y Rusia en un entorno cada vez más competitivo. La base militar que los norteamericanos tienen en la isla ya garantizaba presencia; lo que cambia ahora es el tono de urgencia y apropiación.
El mensaje implícito de Trump es inequívoco: cuando los intereses estratégicos de Estados Unidos están en juego, la soberanía de terceros —incluso aliados— se convierte en un factor secundario. Esta es la misma lógica aplicada en Venezuela, donde Washington ha dejado claro que no reconoce límites tradicionales si considera que la situación amenaza su esfera de influencia.
Para Washington, Groenlandia debe quedar integrada, de facto, en el perímetro de seguridad estadounidense, incluso si ello tensiona la soberanía danesa o incomoda a la Unión Europea.
Europa frente a su dependencia estructural
Groenlandia se ha convertido en un espejo incómodo para la Unión Europea, ya que expone una contradicción latente para la que Bruselas no acaba de tener respuesta. Durante los últimos años, la UE ha avanzado en discursos sobre autonomía estratégica, soberanía industrial y seguridad común, pero sigue dependiendo en gran medida del paraguas militar estadounidense.
Esta dependencia limita de forma severa su capacidad de respuesta y revela hasta qué punto la aspiración de “autonomía estratégica” sigue siendo más discursiva que real. El respaldo político a Dinamarca es claro, pero carece de traducción práctica. La UE no dispone de instrumentos creíbles para disuadir a Estados Unidos si decide intensificar la presión.
El riesgo es evidente, ya que la situación obligaría a los socios a aceptar de facto que los intereses europeos quedan subordinados cuando entran en conflicto con los de Washington, mientras este último acelera una política de fuerza coherente y sin complejos.
Lo ocurrido en Venezuela, lo que está pasando en Groenlandia y lo que podría suceder en Irán forman parte de una misma narrativa: el regreso de un mundo de esferas de influencia, donde el poder se ejerce antes de negociarse. La pregunta para Europa ya no es si está de acuerdo con ese mundo, sino si está preparada para sobrevivir en él como algo más que un espectador.
Una doctrina de fuerza sin complejos
Trump ha ido más allá al sugerir que los marcos doctrinales clásicos de la política exterior estadounidense son insuficientes para el mundo actual. Aunque públicamente minimiza el valor de viejas formulaciones, en la práctica está acelerando una lógica de esferas de influencia, en la que Estados Unidos se reserva el derecho de intervenir directamente cuando considera amenazados sus intereses estratégicos.
Este enfoque no se limita a Groenlandia. Forma parte de una visión más amplia que incluye América Latina, el control de infraestructuras críticas, el acceso a recursos naturales y la contención de China. La diferencia es que, en el caso europeo, el mensaje resulta especialmente incómodo: ni la alianza atlántica ni la afinidad política garantizan inmunidad frente a una política de hechos consumados.
Una doctrina de hechos consumados… con Irán en el horizonte
Aunque Trump ha restado valor retórico a doctrinas clásicas de la política exterior estadounidense, en la práctica está construyendo una nueva doctrina de hechos consumados, basada en la idea de que el poder debe ejercerse antes de que surjan resistencias efectivas. Venezuela puede haber sido un primer paso; Groenlandia, una señal enviada a Europa.
En este contexto, Irán aparece como el posible siguiente escenario de tensión. Si Washington y Tel Aviv consideran que Teherán desafía sus intereses estratégicos —en energía, seguridad regional o control de rutas críticas—, la experiencia reciente sugiere que la administración Trump no se sentirá constreñida por alianzas, organismos internacionales o equilibrios diplomáticos tradicionales.
El hilo conductor es claro: quien controle recursos, territorios clave y nodos estratégicos tendrá la ventaja en el nuevo orden global, y Estados Unidos está dispuesto a asegurarlos activamente.
Europa ante su propio espejo
Más allá del impacto político, la presión sobre Groenlandia tiene consecuencias económicas de largo alcance. El acceso a minerales críticos y recursos naturales será determinante para la transición energética, la industria tecnológica y la autonomía estratégica europea. Si Estados Unidos consolida su influencia directa sobre el territorio, Europa corre el riesgo de profundizar su dependencia estructural en un momento en el que precisamente intenta reducirla.
El paralelismo con Venezuela es revelador también en este plano: control de recursos, seguridad energética y capacidad de decisión. La diferencia es que, en Groenlandia, Europa no puede alegar distancia geográfica ni falta de implicación directa.
Lo ocurrido en Venezuela, lo que está pasando en Groenlandia y lo que podría suceder en Irán forman parte de una misma narrativa que indica el regreso de un mundo de esferas de influencia, donde el poder se ejerce antes de negociarse. La pregunta para Europa ya no es si está de acuerdo con ese mundo, sino si está preparada para sobrevivir en él como algo más que un espectador.
Borja RamírezGraduado en Periodismo por la Universidad de Valencia, está especializado en actualidad internacional y análisis geopolítico por la Universidad Complutense de Madrid. Ha desarrollado su carrera profesional en las ediciones web de cabeceras como Eldiario.es o El País. Desde junio de 2022 es redactor en la edición digital de Economía 3, donde compagina el análisis económico e internacional.







