Plaza Registan Samarcanda Ruta de la Seda

El corazón de la Ruta de la Seda: un viaje por el interior de Asia central

El corazón de Asia central es un lugar poco conocido para los viajeros españoles que apenas lo han frecuentado y que nos cuesta enormemente ubicar: Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán, Tukmenistán, Azerbaiyán, Afganistán, Pakistán… Bueno tal vez algún país sí que es más fácil de localizar, pero no precisamente por las buenas noticias. Sin embargo, algunos de estos territorios ya impresionaron a Marco Polo o al propio Alejandro Magno. Alejémonos de algunas malas noticias que lo distorsionan todo y adentrémonos en un territorio sorprendente sacado de las Mil y Una Noches, con bazares infinitos donde perderse, seductores y amables, con una historia inmensamente rica. Por aquí ya transitaban los antiguos comerciantes de la Ruta de la Seda y encontraban hospitalidad, descanso y refugio.

Uzbekistán es fascinante, me sorprende la belleza de su arquitectura. El país ha actuado como centro de culturas en toda la zona, con una tradición que supera los dos mil años y donde empieza a escribirse la historia de la Ruta de la Seda. Bujará ha sido, sin lugar a dudas, el mayor asentamiento en medio del desierto. A esta ciudad llegaban las caravanas de comerciantes. En esta población transpira esa historia, el poso de más de 2.500 años, mezcla de civilizaciones, apacible, serena e ideal para recorrerla e impregnarse.

Ya en el siglo IX era uno de los principales centros islámicos y culturales más importantes de Asia central y eso le ha dado un carácter a sus construcciones y a su idiosincrasia cultural que, todavía hoy, podemos disfrutar. Basta con visitar El Arca, una fortaleza del siglo V, que albergaba lo que era esencialmente una ciudad, que ha perdurado durante toda la historia hasta nuestros días, (destruida y reconstruida después de múltiples ataques) y hoy es un lugar de visita obligatoria. En el interior de sus muros que varían en altura entre los 16 y 20 metros, encontramos callejuelas, museos, mezquitas… una maravilla.

La otra ciudad que me enamora es Samarcanda, justamente su desarrollo y apogeo corresponde al hecho de encontrarse en la Ruta de la Seda. Se trata de una de las ciudades habitadas más antiguas. Aquí se creó la primera fábrica de papel del mundo islámico en el año 751, que luego se extendió a Europa. El centro de la ciudad, que a su vez lo fue de la Ruta de la Seda, es la Plaza del Registán. Un lugar mágico es el mausoleo dedicado y construido para el conquistador de Asia Central, Gur-e-Amir. De gran belleza estética y perfectamente armonizado con el entorno. La necrópolis de Shah-i-Zinda, es otro conjunto arquitectónico que cuenta con 18 mausoleos, ¡Enorme! Hay que recorrerlo con serenidad y disfrutarlo, introduciéndose en la exquisita arquitectura persa.

Y para detener el tiempo: Jiva. Esta es la ciudad medieval que mejor se conserva de Asia central, en medio del desierto de Corasmia. Tenemos que entrar en la ciudadela de Ichan Kala, toda amurallada. Esta era la última parada antes de adentrarse en Irán. Al entrar entenderemos porqué es Patrimonio de la Humanidad. Sus hermosos palacios, la posibilidad de entrar a un harén (hay que visitar el del Palacio de Tosh-Kovli), la belleza de su decoración, los minaretes o mezquitas como la de Juma, que cuenta con mas de 200 columnas de madera que lo sostienen todo, labradas y talladas en diferentes épocas.

Y para sentir la importancia de la Ruta de la Seda tenemos que visitar Caravanseral, el edificio donde se alojaban los comerciantes, guardaban sus monturas y se preparaban para emprender el apasionante viaje a través del desierto. Es fácil, al encontrarse en él, revivir lo que debía de ser la vida en este espacio hace siglos, donde mercaderes textiles estuvieron uniendo Asia y Europa durante siglos.

Y seguro que a la entrada o a la salida pasaréis por Tashkent. Aquí se encuentra el bazar de “Ezqui Juva”, más conocido como “Chor-su” (cuatro caminos), uno de los bazares más antiguos de toda Asia central, tiene dos rasgos, desde mi punto de vista, que son claves: la belleza arquitectónica y el colorido de su mercancía. Y entre la amalgama de productos, especies, tejidos… hay una zona de comida preparada en la que es inevitable no parar y probar.

Es el momento de hacer un alto (desde brochetas especiadas hasta pilaf uzbeko). Y luego, dedícale tiempo a las compras y a regatear. ¡Aquí es un verdadero arte!

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