Entrevista a la ganadora del Premio Tusquets 2020

Bárbara Blasco: “Incomodar al lector es uno de los objetivos de la literatura”

"Estaría fuera de lugar hablar de otro tipo de relación laboral que no sea la precaria, casi sólo conozco esa, que también es la que tiene casi toda la gente a mi alrededor"

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Bárbara Blasco. | Foto: Sara Llopis

Es posible que usted se haya quedado atrapado en un colapso de datos numéricos de todo tipo, que las estridencias de la mayoría de los políticos ya no le causen dentera, que el barullo de los opinadores acreditados o anónimos le parezca ya tan indetectable como el sonido de una hormiga al caminar. En ese caso, vive en una burbuja y no se habrá dado cuenta, porque las burbujas son transparentes. Para reventarlas existe la literatura y novelas como Dicen los síntomas, ganadora del Premio Tusquets 2020, obra de la valenciana Bárbara Blasco y que obviamente escribió hace más de un panaño.

Si la actualidad le deja más frío que la pantalla de un iPad y quiere volver a ser humano -aunque puede que no, hay expertos que lo desaconsejan-, Bárbara Blasco es capaz de desembozar eras traviesas neuronas empáticas que desarrollamos sin querer en nuestra infancia pero que nos convierten en seres de carne, hueso, y corazón más materia gris en muy distintas proporciones según a quién nos estemos refiriendo. Bastante a lo bruto, eso sí, con una ensalada de bofetadas hecha de letras que al final son muy de agradecer.

-Con Dicen los síntomas, y te habla un hipocondríaco, nos metes en el hospital con todo lujo de detalles en el primer párrafo. ¿Tuviste una revelación o algo antes de empezar a escribir la novela?

(Ríe). La verdad es que no tuve ninguna intuición ni revelación, lo escribí antes de la pandemia y no estaban de moda los hospitales como ahora, desgraciadamente. Quería hablar de ese momento de tensión que supone la muerte del padre, sobre todo cuando no ha habido una buena relación. Quería investigar sobre las emociones que aparecen con la muerte cercana. En España, en general, nos morimos en un hospital o es un paso previo casi siempre.

-Además Virginia, la protagonista, ronda los 40 y tiene un trabajo precario en un bar…Con esto y lo de los hospitales en el mismo cóctel, tengo la sensación de que has captado el Zeitgeist, el espíritu de la época que vivimos.

-Sí, estaría fuera de lugar hablar de otro tipo de relación laboral, casi sólo conozco esa, que también es la que tiene la gente de mi alrededor. Mucha movilidad, mucho cambio de trabajo, mucho reinventarse, uno ha estudiado una cosa pero acaba haciendo otra. No es que esté descubriendo nada, es casi lo que vivimos todos. En ese sentido, Virginia es un personaje absolutamente verosímil y creíble. Creo que el hecho de que trabaje en un bar es algo que quiere cargar sobre su padre, no lo dice de forma explícita, pero también está ahí. Muchas veces, todas las sustracciones que tenemos en la vida, sobre todo hasta que maduramos del todo, se las achacamos a las relaciones familiares, más aún si no van bien.

Bárbara Blasco

-Si Dicen los síntomas tiene algún defecto en lo que llevo leído hasta ahora, es que te ha salido demasiado real. Las páginas funcionan como un espejo que es conflictivo.

-¿Es incómodo?

-Sí, por el verismo, dicho pedantemente, unido al aquí y al ahora. Vamos, la pregunta es si querías hacer daño…

(Ríe). Sé que a veces es un poco bestia la manera que tengo de llevar al extremo mi escritura, que me han dicho que es visceral. Me gusta incomodar un poco al lector. Creo que ese es uno de los objetivos de la literatura. Y es verdad que me sale así, tal vez porque en la vida trago mucho y soy una persona muy pacífica, siempre argumento y no insulto nunca, pero parece que, por algún sitio, esa vena un poco más destroyer tiene que salir y en mi caso sale en la literatura. Creo que hacia afuera todos nos comportamos de una forma bastante civilizada, si no el mundo sería un caos, pero lo que pensamos cuando entramos en el ámbito privado es más visceral y más bestia. Justamente, la literatura es una de las artes que tiene la capacidad de meterse en la cabeza de los personajes.

-Y otro de sus objetivos es dar testimonio de un tiempo y un lugar.

-Sí, yo también creo que es una de sus, no sé si obligaciones, pero sí es un deber de todo escritor reflejar el tiempo en el que vive, porque es lo que le da la especificidad a una historia. Los temas literarios van a ser siempre los mismos: el amor, la muerte, el paso del tiempo, no vamos a inventar ahora eso. Pero esas particularidades de época, combinadas con los grandes temas universales, son los que hacen que queramos seguir contando y que nos cuenten historias, porque siempre nos va a salir algo diferente.

-Claro, y aunque habláramos de Philip K. Dick o George Orwell, están hablando desde su tiempo, proyectándolo aunque utilicen otros caminos.

-Totalmente, yo siempre pienso que el autor refleja su vida. Kafka se convirtió de alguna manera en cucaracha, La metamorfosis es perfectamente verosímil. Algunas cosas de Hollywood no son tan verosímiles aunque aparentemente sean realistas.

-Vamos al aspecto de retrato generacional. Hay cosas en que me gustaría profundizar. Cuando leo algo que habla de mi generación, ahora los cuarentones en el caso de Dicen los síntomas, y antes los veinteañeros de Historias del Kronen, me noto tan cerca que encuentro algo que no me mola, como que me da repelús. No sé si me he explicado bien…

-Hay gente que me dice lo contrario. Cada lector también construye su texto, y me parece bien que lo sientas casi como una intromisión del autor, un “¿por qué me sacas, si yo estoy tranquilo leyendo en mi casa y me estás poniendo en primer plano?”. Bueno, está bien (ríe). De todas formas, la idea es que cualquiera se pueda identificar, trascender las circunstancias y que la historia sea lo más universal posible. Para mí, solamente la edad no nos hermana a toda una generación, creo que hay diferencias. Hay tantos mundos dentro de una generación…

-La relación con su padre también impacta, en mi opinión, en la característica generacional. Quienes nacimos en el umbral de la democracia, hemos cargado mucho con el saco de que se nos ha dado todo hecho, que íbamos a poder estudiar y dedicarnos a lo que quisiéramos, no como en los tiempos en que tenían que correr delante de los grises, etc., y luego mira con lo que nos hemos encontrado, ya entrados en años, paro y precariedad galopantes. La mayoría no viviremos mejor que nuestros padres… Es como una ironía de la Historia.

-Sí, pero sigo pensando que, a pesar de todo, hemos vivido mejor que nuestros padres. También es verdad que, cuando no tienes un objetivo fuera, una lucha más clara, que no digo que ahora no exista sino que está más diluida porque no hay un enemigo claro, eso hace que se miren más los problemas hacia adentro, y que lo que no son problemas lo parezcan, porque son problemas del Primer Mundo. Nuestros padres todavía vivieron los efectos de la guerra, y yo no, mis problemas han sido otros: una crisis económica, pérdida de poder adquisitivo, de derechos laborales…Eso son realidades que estamos viviendo, pero no creo que mis derechos básicos se hayan visto tan en entredicho como en generaciones anteriores. Bueno, los derechos laborales también son básicos, ahora que pienso (ríe). Pero no soy economista ni socióloga, soy novelista y hablo desde las sensaciones, no puedo decir las causas claras de la situación de hoy ni si es más o menos duro. Quizás la vida era más dura antes hacia afuera, y ahora más compleja hacia adentro.

Bárbara Blasco

| Foto: Sara Llopis

-Virginia quiere ser madre, siente la necesidad de la maternidad. Ya sabes por dónde se mueven los índices de natalidad en los últimos años. En su situación, ser madre es casi una cuestión heroica.

-La verdad es que sí. Sin pareja, en un trabajo en el que no está a gusto y es precario, se complica mucho. No sé si le entra un instinto maternal muy fuerte de pronto o en realidad forma parte de su necesidad de autoafirmarse frente a su familia. Como se siente una oveja negra que no ha sido nunca realmente valorada dentro de su familia, quedarse embarazada para ella es una victoria, sobre todo cuando su padre se está muriendo. Es una forma de decir “tú te mueres y yo, sin embargo, no sólo vivo sino que además voy a reproducirme si puedo, voy a estar doblemente en este mundo”. También es verdad que sufre una soledad grande y piense que con esa carne de su carne vaya a sentirse menos sola.

-Entonces hay más condicionantes sociales que vocacionales.

-Sí, creo que tienen más que ver con la construcción de su propia identidad en este momento que con el deseo de tener un bebé, cuidarlo y darle cariño, aunque sí que haya un poco de eso. Pero en su caso prima más esa forma de victoria, casi como de venganza. Le han machacado y quiere decir que está aquí y además es capaz de dar vida, de perpetuar una forma de estar en su propia familia. Es la idea que sobrevuela en la novela, la cuestión de los genes, y de los vínculos con la familia que están y no están, como los vínculos que se establecen con quien no se tiene ninguna relación genética.

-Lo dejamos aquí no sea que destripemos demasiado. Estás de actualidad porque has ganado el Premio Tusquets, uno de los más prestigiosos del mercado, al que se presentaron más de 280 obras, pero aún así has declarado en otros sitios que no contemplas vivir de la literatura.

-Bueno, contemplarlo sí, pero es una muy pequeña parte de mí la que piensa que sí, que puede ir muy bien. Estoy en una editorial en la que tengo unos ejemplos enormes, como Patria, que ha vendido una barbaridad, o Almudena Grandes, que vende con todos sus libros y vive de esto… Es verdad que en realidad son cuatro los que lo consiguen, siendo realistas es casi una lotería. Pero ahí está y hay que jugar. Escribir lleva mucho tiempo, claro, pero con lo bueno y con lo malo, aceptas que eres escritora, que quieres escribir y ya no puedes dejar de hacerlo. Eso es lo más importante.

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