Convivir con déficits: la nueva realidad de una economía en desequilibrio
Las economías de Estados Unidos, Japón o España tienen algo en común: muestran que el déficit ya no es una excepción coyuntural, sino una condición estructural que redefine el margen fiscal, la deuda y el reparto de riesgos entre generaciones.
Hablando en términos de idoneidad, el déficit público ha sido tratado siempre como una anomalía. Algo aceptable en crisis, pero indeseable en tiempos de crecimiento. Hoy, esa distinción se ha difuminado. Muchas economías avanzadas conviven con déficits estructurales incluso cuando el ciclo es favorable, el empleo crece y los mercados permanecen relativamente tranquilos. El desequilibrio ya no es una excepción: es el paisaje.
La paradoja es evidente. Estados con déficits persistentes sostienen niveles elevados de gasto, mantienen servicios públicos, financian inversiones y, en algunos casos, crecen a buen ritmo. ¿Cómo es posible? ¿Qué implica, en términos económicos, vivir permanentemente por encima de los ingresos? Y, sobre todo, ¿qué costes y riesgos se acumulan cuando el déficit deja de ser coyuntural y se vuelve estructural?
La respuesta no es simple ni uniforme. Depende de credibilidad, de moneda, de mercados financieros y del papel de los bancos centrales. Pero una idea atraviesa todos los casos: el déficit estructural no desaparece; se gestiona, se desplaza en el tiempo y, en el peor y menos deseable de los casos, se redistribuye entre agentes y generaciones.
Cuando el déficit deja de ser transitorio
Un déficit estructural es aquel que persiste incluso en condiciones económicas normales. No responde a una recesión puntual ni a un shock extraordinario, sino a una brecha permanente entre ingresos y gastos. En la práctica, significa que el equilibrio presupuestario nunca se alcanza: como dos líneas que se acercan, pero no llegan a cruzarse.
José Carlos Díez, economista y profesor universitario, lo resume con claridad: «El déficit estructural no es un fallo puntual de política económica; es la consecuencia de haber asumido compromisos permanentes —pensiones, servicios, gasto social— sin ingresos permanentes equivalentes. Eso no estalla de inmediato, pero condiciona todas las decisiones futuras».

El economista y profesor universitario, José Carlos Díez.
Desde el punto de vista económico, el déficit estructural no es solo una cifra fiscal. Es una hipoteca sobre el margen de maniobra. Limita la capacidad de reaccionar ante crisis, reduce el espacio para políticas contracíclicas y obliga a refinanciar deuda de forma recurrente.
Estados Unidos: déficit crónico con crecimiento
Estados Unidos es el ejemplo más citado de convivencia prolongada con déficit estructural. Desde hace décadas, el presupuesto federal presenta desequilibrios persistentes, incluso en etapas de expansión económica. Sin embargo, el país ha mantenido crecimiento, capacidad de financiación y estabilidad relativa en los mercados.
La clave está en tres factores: moneda propia, mercados de deuda profundos y credibilidad institucional. El dólar actúa como divisa de reserva global y los bonos del Tesoro son considerados activos refugio. Eso permite financiar déficits elevados sin tensiones inmediatas.
Ángel Ubide, economista español con amplia experiencia internacional, explica esta lógica: «Las economías con mercados financieros profundos y bancos centrales creíbles pueden convivir con déficits durante mucho tiempo. El problema no es el déficit en sí, sino perder la confianza de los inversores. Mientras esa confianza se mantenga, el ajuste puede posponerse».
Estados Unidos ilustra que el déficit estructural no impide crecer, pero también muestra su reverso: una acumulación constante de deuda que reduce grados de libertad futuros y convierte la política fiscal en un ejercicio cada vez más condicionado por los mercados.
Japón: el límite no es la deuda, es la inflación
Si Estados Unidos normalizó el déficit, Japón lo llevó al extremo. Desde los años noventa, el país convive con déficits recurrentes y una deuda pública que supera ampliamente el 250 % del PIB. Lejos de provocar una crisis inmediata, esta situación ha sido sostenible durante décadas.
El papel del Banco de Japón (BoJ) ha sido decisivo. La compra masiva de deuda ha mantenido los tipos bajos y ha estabilizado el sistema. En la práctica, una parte significativa de la deuda está en manos del propio banco central, creando un circuito casi cerrado entre Estado y autoridad monetaria.
La experiencia japonesa demuestra que el límite del déficit no es contable, sino macroeconómico: inflación, pérdida de confianza o depreciación desordenada de la moneda. Mientras esos factores no se materializan, el sistema aguanta. Pero el coste es una economía con menor dinamismo y con márgenes fiscales muy estrechos.
Qué cambia en la economía real
Vivir con déficit estructural tiene efectos silenciosos, pero peligrosamente persistentes. No siempre se traducen en ajustes bruscos, a menudo condicionan la economía cotidiana. Tipos de interés estructuralmente más altos, presión fiscal futura, menor inversión pública productiva y una mayor tentación de utilizar la inflación como válvula de escape.
Santiago Carbó, catedrático de Economía y director de estudios financieros, apunta a un efecto clave: «El déficit estructural no se percibe todos los días, pero actúa como un impuesto invisible sobre el futuro. Reduce el margen para invertir, condiciona el ahorro y traslada costes entre generaciones».

Santiago Carbó, catedrático de Economía y director de estudios financieros.
En este contexto, el déficit no desaparece: se traslada en el tiempo. Lo que hoy permite sostener gasto o evitar ajustes, mañana limita opciones y obliga a priorizar.
España: déficit estructural sin colchón
El caso español presenta una particularidad relevante. A diferencia de Estados Unidos o Japón, España convive con déficit estructural sin moneda propia y con reglas fiscales compartidas. Incluso en años de crecimiento, el equilibrio presupuestario no se alcanza, lo que reduce el margen ante cualquier shock.
Luis Garicano, economista y ex eurodiputado, ha insistido en esta vulnerabilidad: «El problema de España no es solo el nivel de déficit, sino llegar a él sin colchón. En una unión monetaria, la credibilidad fiscal es el principal seguro frente a las crisis».

Luis Garicano, profesor en The London School of Economics and Political Science.
La consecuencia es una economía más dependiente de los mercados y de las decisiones europeas, con menor capacidad para amortiguar perturbaciones. El déficit estructural se convierte así en una limitación estratégica, no solo presupuestaria.
Ganadores y perdedores del desequilibrio permanente
Convivir con déficit estructural redistribuye costes y beneficios. Ganan los Estados con alta credibilidad, los deudores y, en ocasiones, los activos reales. Pierden los ahorradores conservadores, los jóvenes —que heredan la deuda— y los países con menor margen institucional.
El déficit estructural actúa como una redistribución intergeneracional silenciosa: consumo presente a costa de impuestos futuros o menor gasto mañana. No es necesariamente injusta, pero sí exige transparencia y estrategia.
¿Y si EE.UU. no pudiera devolver su deuda?
Aunque un impago soberano en Estados Unidos sigue siendo improbable, los economistas advierten que sus efectos serían sísmicos para la economía global. Un default significaría que el Tesoro no puede pagar intereses o principal de sus títulos, algo que normalmente hace emitiendo nueva deuda cuando vence la anterior.
Si los mercados llegaran a dudar de esa capacidad, los inversores exigirían mayores rendimientos, elevando los tipos a largo plazo y encareciendo el crédito en todo el mundo.
Además, la confianza en el dólar —aún con niveles más débiles a 27 de enero de 2026— podría erosionarse si aumentan las dudas sobre la sostenibilidad fiscal estadounidense, lo que a su vez podría reforzar activos refugio como el oro o presionar al alza la inflación importada en otros países. En cualquier caso, esta es todavía una probabilidad muy remota.
Un equilibrio incómodo
El déficit estructural ya no es un error que vaya a corregirse fácilmente. Es una condición con la que se gobierna, se invierte y se compite. La cuestión ya no es volver al equilibrio fiscal clásico, sino cuánto tiempo puede sostenerse el desequilibrio sin romper la confianza.
Como recuerda José Carlos Díez: «La política económica del siglo XXI no gira en torno a eliminar el déficit, sino a gestionar sus efectos sin comprometer crecimiento, estabilidad y cohesión social». La nueva normalidad pasa por una deuda elevada y expectativas permanentes de gasto. El reto no es negarlo, sino entender sus implicaciones y decidir —con realismo— quién asume los costes y cuándo.
En última instancia, el déficit estructural no es una anomalía pasajera ni un error técnico que vaya a corregirse con un cambio de ciclo. Es una forma de organización económica que refleja prioridades políticas, expectativas sociales y límites institucionales. Mientras exista credibilidad, acceso a financiación y un banco central capaz de sostener el sistema, el desequilibrio puede convivir con crecimiento y estabilidad aparente.
Pero esa estabilidad es frágil y acumulativa: reduce el margen de respuesta ante crisis, desplaza costes en el tiempo y convierte cada decisión fiscal en un ejercicio de anticipación del próximo shock. En un mundo donde el déficit ha dejado de ser la excepción para convertirse en el paisaje, la verdadera cuestión no es si puede sostenerse indefinidamente, sino cuándo y cómo se reparten los costes del ajuste cuando la confianza —único ancla real— empieza a erosionarse.
Porque cuando el margen fiscal desaparece, lo que entra en juego ya no es solo la economía, sino la capacidad de los Estados para decidir su propio futuro.
Borja RamírezGraduado en Periodismo por la Universidad de Valencia, está especializado en actualidad internacional y análisis geopolítico por la Universidad Complutense de Madrid. Ha desarrollado su carrera profesional en las ediciones web de cabeceras como Eldiario.es o El País. Desde junio de 2022 es redactor en la edición digital de Economía 3, donde compagina el análisis económico e internacional.












