De Internet a la IA: dos revoluciones que cambiaron la economía global
En el año 1995, Economía 3 contaba a sus lectores que hacía "tan solo un año" acceder a la red fuera del ámbito académico parecía "un lujo exclusivo de unos pocos". Esa frase, leída hoy, tiene algo de frontera histórica: el instante exacto en el que una tecnología deja de ser una promesa y empieza a cambiar el mundo.
Hubo un tiempo en el que «entrar» en Internet sonaba a privilegio, a territorio reservado para universidades, centros de investigación y un puñado de pioneros que se movían con naturalidad entre módems, nodos y tarifas por minuto.
En el año 1995, Economía 3 contaba a sus lectores que hacía «tan solo un año» acceder a la red fuera del ámbito académico parecía «un lujo exclusivo de unos pocos», aunque ya empezaba a convertirse en «una realidad al alcance de cualquier usuario». Esa frase, leída hoy, tiene algo de frontera histórica: el instante exacto en el que una tecnología deja de ser una promesa y empieza a cambiar el mundo.

Internet Explorer en 1995
La red de redes
Entonces se hablaba de Internet como una red mundial de información, un entramado de ordenadores conectados que ponía en comunicación a millones de empresas y particulares «sin importar fronteras o distancias». La revista insistía en el carácter universal de aquella arquitectura y en su potencia para transformar la actividad económica: la información de una empresa y sus productos podía estar disponible «en cualquier parte del mundo las 24 horas», algo llamado a «revolucionar los actuales esquemas de venta».
El vocabulario era directo, casi didáctico, pero la intuición era plenamente estratégica: la competitividad iba a depender, cada vez más, de la capacidad de estar presente en un espacio nuevo que no entendía de horarios ni geografía.
La escala que se manejaba también retrata un momento único. 30 millones de usuarios en más de 100 países y 9.000 bases de datos disponibles, con cifras en crecimiento continuo. En la actualidad, más de 6.000 millones de personas usan Internet -cerca del 75% de la población mundial-, con cifras que siguen creciendo, aunque persisten brechas entre zonas urbanas y rurales. En España, casi el 96% de la población tiene acceso, mayoritariamente, además, vía móvil.
WWW
Para guiar al lector, Economía 3 bajaba la idea al terreno. Dentro de Internet había servicios con nombres casi iniciáticos. El World Wide Web se presentaba como una herramienta «reciente y espectacular», con documentos en hipertexto y un interfaz gráfico que soportaba imágenes, vídeo digital y música; el correo electrónico como puerta de entrada a una comunicación instantánea que empezaba a expandirse hacia voz e imágenes; las noticias electrónicas, con miles de grupos de discusión; y utilidades como Telnet o FTP, que abrían la posibilidad de acceder a otros sistemas y transferir ficheros como si las oficinas hubieran aprendido a atravesar fronteras sin moverse del sitio.
De lo global a lo local
Lo más interesante, visto desde este especial del 35º aniversario, es cómo aquellos textos combinaban la épica global con la proximidad.
La revolución tenía un centro de gravedad local. La Universitat Politècnica de València, con unos 3.000 ordenadores conectados, se describía como un referente en su entorno, capaz de acercar a ciudadanos y profesores experiencias que sonaban casi mágicas: escuchar música recién publicada, recorrer museos desde la pantalla o visitar espacios institucionales a miles de kilómetros.
En paralelo, la conectividad se vertebraba a través de la Red IRIS, asociada a universidades y organismos públicos, mientras empezaba a despuntar un mercado de acceso privado que convertía la conexión en producto: proveedores, nodos, cuotas mensuales, bonos de horas y precios por minuto.
El salto a la economía digital no comenzó con aplicaciones sofisticadas, sino con una decisión simple y decisiva: pagar por conectarse.

Primera web de la Universitat Politècnica de València (UPV)
30 años después
Treinta años después, Internet ya no es un «lugar» al que se «entra», sino el medio en el que transcurre casi todo. Lo que en 1995 se describía como una autopista de información se convirtió en la infraestructura básica del comercio, la logística, la banca, el marketing, la administración pública, el ocio y el trabajo.
Y, con esa centralidad, llegaron también las tensiones que entonces eran difíciles de imaginar: la concentración de poder en grandes plataformas, la economía del dato como activo estratégico, la ciberseguridad como requisito de supervivencia y la soberanía tecnológica como asunto de Estado.
La promesa de estar en todas partes se cumplió; también lo hizo la evidencia de que la dependencia digital crea nuevos riesgos.
Una nueva revolución
Cuando parecía que la digitalización ya era el paisaje definitivo, hoy en día se superpone una segunda ola que vuelve a cambiar las reglas: la inteligencia artificial. Si Internet fue la revolución de la conexión, la IA es la revolución de la interpretación y la producción. No solo permite acceder a contenidos, sino convertirlos en respuestas, borradores, análisis, decisiones y propuestas.
Este medio de comunicación lo ha contado en clave muy concreta a través de diversos artículos publicados tanto en la edición impresa como digital. La IA ya no es una promesa abstracta, sino un «compañero de trabajo» que gana espacio en las oficinas y en los equipos, alterando rutinas y redistribuyendo tareas.
El paralelismo con 1995 es inevitable, pero no es un calco. Internet multiplicó el alcance e hizo posible que una empresa, una marca o un producto fueran visibles sin límites físicos.
La IA multiplica esta capacidad, ya que permite producir más, decidir mejor y ejecutar en horas lo que antes requería días. En 1995, la gran promesa era la disponibilidad permanente de la información. Hoy, la promesa es que esa información no solo esté disponible, sino que «trabaje», es decir, que se transforme en acción, en eficiencia y en ventaja competitiva.
Si entonces el debate empresarial giraba en torno a conectarse, hoy gira en torno a integrar modelos, gobernar datos, asegurar procesos y mantener el control de la calidad y la responsabilidad.
La factura de la revolución
Hay, además, una coincidencia menos cómoda que Economía 3 ha puesto encima de la mesa: toda gran revolución tecnológica trae consigo una factura estructural.
Internet tardó años en mostrar plenamente sus costes energéticos y de infraestructura; la IA los revela desde el principio. El «voraz apetito» de la inteligencia artificial y el papel de los centros de datos han situado la energía en el centro del debate económico y geopolítico. Ya no hablamos solo de software, sino de capacidad de cómputo, redes eléctricas, inversión, localización industrial y planificación. La productividad digital vuelve a depender de un recurso crítico y finito, que no es otro que la energía disponible para sostener la infraestructura invisible.
Volver a aprender
Como ocurre siempre, el impacto no es únicamente tecnológico. Hace 30 años, las organizaciones tuvieron que aprender un nuevo lenguaje: web, e-mail, presencia global, comunicación instantánea. Ahora el aprendizaje es más profundo porque afecta al trabajo cognitivo.
La IA obliga a redefinir perfiles, competencias y cultura organizativa. También obliga a repensar la formación. En una entrevista reciente a la economista Àngels Fitó, este medio sintetizaba esa tensión con una idea que va al núcleo del cambio: «La IA nos obliga a repensar para qué educamos». No se trata solo de incorporar herramientas; se trata de rediseñar el vínculo entre conocimiento, empleo y valor.
«Rey de redes»
A mediados de los años noventa, mientras Internet empezaba a abrirse paso fuera del ámbito académico, también se gestaban avances clave en el corazón tecnológico que haría posible su desarrollo futuro. Uno de esos focos estaba en la investigación sobre supercomputación y redes de interconexión.
«Pocos son los investigadores fuera de los Estados Unidos que conocen en profundidad el complejo mundo de los supercomputadores. Uno de ellos es el profesor José Duato, de la UPV», señalaba Economía 3 en sus páginas. Entonces, Duato colaboraba estrechamente con algunos de los equipos norteamericanos más avanzados en redes de interconexión y sus teorías comenzaban a aplicarse en proyectos experimentales del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).
La aportación clave se basaba en el uso de rutas alternativas simultáneas para el envío de mensajes entre procesadores, una innovación que permitía evitar bloqueos en las comunicaciones y mejorar de forma significativa el rendimiento de los sistemas. El resultado era doble: reducción en los tiempos de transmisión y un mejor aprovechamiento del ancho de banda, dos conceptos que hoy resultan familiares, pero que entonces marcaban la frontera de la investigación.
De los grandes sistemas de computación a la IA
Tres décadas después, José Duato es una figura de referencia internacional en arquitectura de computadores y redes de interconexión. Catedrático emérito de la Universitat Politècnica de València, exdirector del Departamento de Ingeniería de Sistemas, Computadores y Automática y miembro de academias científicas de prestigio, su trabajo ha sido ampliamente citado y reconocido en la literatura científica internacional.

José Duato, catedrático emérito de la Universitat Politècnica de València (1995)
Sus aportaciones forman parte hoy del conocimiento fundamental sobre el que se construyen los grandes sistemas de computación de altas prestaciones y los centros de datos que sustentan la economía digital y, más recientemente, el desarrollo de la inteligencia artificial.
Aquel trabajo, desarrollado en colaboración con centros como el Instituto Tecnológico de Georgia y el MIT, anticipaba una idea que sigue vigente tres décadas después: que el verdadero salto tecnológico no está solo en conectar más ordenadores, sino en cómo se comunican entre sí. Una intuición que enlaza directamente con los retos actuales de la inteligencia artificial, donde la eficiencia de las infraestructuras y de las redes vuelve a ser un factor decisivo.
De Internet a la IA
Mirar al año 1995 desde el 35º aniversario de Economía 3 permite reconocer el patrón de que las grandes transformaciones empiezan como tecnología y acaban como estructura. Internet fue «la red» antes de ser economía digital. La IA es «el modelo» antes de ser sistema productivo.
En ambos casos, al principio todo se explica con sencillez porque todavía no se han asentado las consecuencias. Después llegan la concentración, las nuevas dependencias, la regulación, el cambio cultural, los ganadores y los rezagados.
Quizá la lección más útil de aquel 1995 sea que la verdadera revolución no está en el primer impacto visible, sino en la suma de cambios pequeños, constantes e irreversibles. Entonces lo extraordinario era conectarse. Hoy lo extraordinario es trabajar con máquinas que ya no solo transmiten información, sino que la transforman.
La pregunta de fondo, sin embargo, sigue siendo la misma: qué hacemos con la tecnología cuando deja de ser novedad y pasa a ser condición. Los próximos años serán cruciales para entender esta nueva revolución.
Sara MartíCoordinadora editorial. Graduada en Periodismo por la Universidad Jaume I, estoy especializada en contenido web y ediciones digitales por el Máster en Letras Digitales de la Universidad Complutense de Madrid. Mi experiencia en el mundo de la comunicación abarca desde el institucional hasta agencias y medios de comunicación. Al día de la actualidad empresarial y financiera en Economía 3 desde marzo de 2021.












