Así era Lladró en 1991: la porcelana valenciana que conquistó los 5 continentes
Economía 3 visitaba en 1991 el imperio de los Lladró, una marca global nacida en la Comunitat Valenciana que convirtió la artesanía en una industria internacional.
En diciembre de 1991, en el segundo número de la revista Economía 3, salía publicada una pieza titulada «Un imperio de porcelana». Aquel reportaje —uno de las primeras entrevistas a empresas que llevaba a cabo el medio— retrataba a Lladró en el momento en que su historia industrial, nacida en la Comunitat Valenciana, ya se había convertido en una de las marcas españolas más reconocibles fuera de nuestras fronteras.
Releer hoy esa entrevista, en el marco del 35 aniversario de Economía 3, nos permite contrastar el Lladró de entonces con la evolución de una empresa que fue sinónimo de lujo artesanal y que, como tantas compañías emblemáticas, ha tenido que reinterpretarse con el paso del tiempo.
En 1991, la firma valenciana tenía presencia en más de un centenar de países y una capacidad productiva que asombraba por lo que implicaba en términos de oficio, organización y escala. Con decenas de miles de puntos de venta, Lladró producía por aquel entonces alrededor de un millón y medio de piezas al año, la mayor parte destinada al exterior.
Aquella fotografía empresarial tenía un valor especial porque situaba el centro de gravedad de un negocio global en Tavernes Blanques (Valencia), en la llamada «ciudad de la porcelana», donde trabajaban miles de personas en un proceso intensivo en mano de obra y conocimiento.

Primera página de la entrevista a Lladró en 1991.
Uno de los elementos más reveladores del texto original era la insistencia en el componente técnico, casi secreto, que explicaba el éxito de la firma. Los hermanos Juan, José y Vicente Lladró detestaban el término «imperio», pero al mismo tiempo defendían la singularidad de lo que habían construido. La entrevista recordaba los inicios del proyecto en los años cincuenta, cuando vendieron una parcela familiar para financiar el horno, y cómo la empresa se sostuvo sobre una combinación poco frecuente de paciencia industrial, diseño y control del proceso.
Lladró: el oficio como barrera de entrada
Vicente Lladró explicaba el salto a la gran empresa como un cambio radical, comparable a pasar «de la hélice al reactor», y atribuía parte del punto de inflexión al hallazgo de un lenguaje estético propio, con figuras estilizadas, y a una innovación técnica que permitía cocer en una sola vez lo que antes se hacía en varias fases. Aquella afirmación, aparentemente técnica, escondía una clave empresarial de enorme relevancia: la ventaja competitiva de Lladró no se apoyaba solo en la marca, sino en una forma de producir difícilmente replicable.
El reportaje de Economía 3 subrayaba que, en aquel momento, nadie había conseguido arrebatar a Lladró el «secreto» de su porcelana. Más allá del mito, lo que se describía era una barrera de entrada construida con conocimiento acumulado, con control integral que suponía que una sola figura podía requerir «miles de horas de trabajo y meses de diseño». Si bien este modelo la hizo destacar, también la condenaría a enfrentar desafíos evidentes en un mundo cada vez más acelerado y orientado al consumo rápido.

Segunda página de la entrevista a Lladró en 1991.
Ese énfasis en el tiempo, en la lentitud productiva y en la minuciosidad del acabado define bien el Lladró de principios de los noventa: una empresa que crecía sin renunciar a la lógica artesanal, algo poco habitual en un momento en el que muchas firmas optaban por escalar sacrificando complejidad.
Vista desde la actualidad, aquella estrategia parece anticipar debates contemporáneos sobre sostenibilidad, valor añadido y resistencia frente a la estandarización.
Una marca global con acento valenciano
La entrevista también permitía ver con claridad el mapa internacional del negocio. En 1991, Estados Unidos era el gran motor comercial, con un peso notable sobre la producción y con una base de coleccionistas especialmente fiel. Japón, por su parte, aparecía como un mercado complejo y al mismo tiempo estratégico, por la particularidad de su gusto y por la competencia cultural de sus propios ornamentos y tradiciones decorativas.
La decisión de implantarse con sociedades propias en el exterior, algo que hoy se interpreta como una forma de controlar el canal y el relato, ya era entonces un elemento clave del éxito de la compañía.

La firma abría, cuatro años después, una nueva tienda en EE.UU.
En ese contexto, la presencia en Nueva York adquiría un valor simbólico. Lladró había comprado un edificio en una de las zonas más emblemáticas de Manhattan, no solo como punto de venta, sino como espacio expositivo y cultural que reforzaba el aura de marca. No se trataba únicamente de vender porcelana, sino de construir un universo estético alrededor del producto, algo que hoy se considera esencial en el lujo, pero que entonces no era tan habitual en empresas industriales españolas.
Resulta igualmente significativo que Europa se describiera en el reportaje como el mercado más difícil, pese a su cercanía. Juan Lladró señalaba que en el continente europeo se valoraba más el cristal y que el coleccionismo de porcelana figurativa no tenía la misma fuerza, lo que obligaba a la empresa a remar en un terreno menos receptivo.
Una empresa familiar ante el tiempo
El reportaje también capturaba un momento relevante desde el punto de vista del gobierno corporativo. Lladró era una empresa familiar con una estructura muy marcada por la personalidad y el reparto de roles de sus fundadores, pero ya se intuía una transición en marcha. La incorporación de la segunda generación al consejo de administración reflejaba una conciencia temprana sobre la continuidad y sobre la importancia de ordenar la sucesión antes de que se convirtiera en un problema.
La propia descripción que hacía Juan Vicente Lladró de sus tíos, contraponiendo el perfil más artístico y bohemio de Juan con el enfoque más empresarial de José, funcionaba como una instantánea de cómo convivían creatividad e industria dentro de una misma compañía. Ese equilibrio entre visión artística y disciplina empresarial fue, sin duda, uno de los factores que explicaron la solidez del proyecto durante décadas.
Hoy, cuando tantas empresas familiares afrontan dificultades precisamente en los relevos generacionales, resulta especialmente revelador comprobar cómo Lladró ya abordaba esta cuestión hace más de treinta años con una naturalidad que no siempre era habitual en el tejido empresarial español.
Del imperio artesanal al reto de reinventarse
Treinta y cinco años después de que Economía 3 retratara a Lladró como un «imperio de porcelana», la trayectoria de la firma valenciana refleja hasta qué punto el éxito industrial no es nunca un estado permanente, sino un equilibrio que hay que recomponer con cada cambio de ciclo. Aquella Lladró que dominaba el mercado mundial de la porcelana figurativa en los años noventa tuvo que enfrentarse, con el paso del tiempo, a una transformación profunda de los hábitos de consumo y del propio concepto de lujo.
El coleccionismo clásico perdió centralidad, las nuevas generaciones dejaron de identificar el objeto decorativo con estatus y la porcelana figurativa pasó a ocupar un lugar más marginal en la cultura visual contemporánea.
A ello se sumaron las tensiones propias de una estructura intensiva en trabajo artesanal, difícil de sostener en un entorno marcado por la rapidez, la moda y la rotación constante de tendencias.
Lladró ante un fin de ciclo
Ese cambio de ciclo tuvo una expresión clara en 2016, cuando la familia fundadora vendió la compañía al fondo PHI Industrial. Más allá del relevo accionarial, la operación simbolizó el cierre de una etapa: Lladró dejaba de ser una empresa gestionada directamente por sus creadores para entrar en una fase de redefinición estratégica. Desde entonces, la firma ha acometido un proceso de reorganización y modernización orientado a preservar su legado sin quedar atrapada en él.
La nueva dirección ha tratado de reubicar a Lladró como una marca de diseño y lujo contemporáneo, manteniendo la porcelana como núcleo identitario, pero reformulando su lenguaje estético y su proyección internacional. El desafío no es menor: reinventarse sin perder autenticidad es una de las pruebas más exigentes para cualquier marca histórica.
Quizá por eso, mirar hoy aquella entrevista de 1991 no sirve solo para celebrar un pasado brillante, sino también para comprender mejor la complejidad del presente. Lladró ya no es el «imperio» incontestable de entonces, pero sigue siendo una de las historias industriales más singulares surgidas en la Comunitat Valenciana.
Y ese recorrido, con sus luces y sus sombras, explica mejor que ningún eslogan lo que significa construir una empresa capaz de dialogar con el tiempo.
Borja RamírezGraduado en Periodismo por la Universidad de Valencia, está especializado en actualidad internacional y análisis geopolítico por la Universidad Complutense de Madrid. Ha desarrollado su carrera profesional en las ediciones web de cabeceras como Eldiario.es o El País. Desde junio de 2022 es redactor en la edición digital de Economía 3, donde compagina el análisis económico e internacional.












