Entrevista

El sello de Arden Producciones nació hace 25 años sin fecha de caducidad

Chema Cardeña, Juan Carlos Garcés y David Campillos fundaron la compañía teatral en 1995. Nos sentamos a hacer balance de su prolifica producción

David Campillos, Chema Cardeña y Juan Carlos Garcés en la Sala Russafa. | Foto: Vicente A. Jiménez

Arden Producciones es una de las compañías teatrales más reconocidas y reconocibles de la Comunitat y mucho más allá, también al otro lado del charco. Cito de su web la definición de su sello, concisa y, efectivamente, real: “Arden se crea en 1995 con la intención de recuperar el gusto por el teatro clásico a través de textos contemporáneos”.

En su veinticinco aniversario, han cosechado grandes éxitos casi como sin querer, porque desde luego, no nacieron obsesionados con grandes llenazos, pero ahí están La estancia, La puta enamorada, El idiota en Versalles, Shakespeare en Berlín y, saltando a 2019, Susan y el Diablo La invasión de los bárbarosEl sello Arden ha atravesado cada una de estas obras durante un cuarto de siglo mediante una fórmula que se replica en diferentes formas con similares fondos. Uno sabe a lo que va cuando toma asiento en la butaca aunque lo que venga esté calificado como una comedia o un drama.

A partir del talento narrativo de Chema Cardeña, la producción corre a cargo de Juan Carlos Garcés y David Campillos. Los tres están de doble aniversario, porque sus 25 años coinciden con la primera década de existencia de la emblemática Sala Russafa, su sede, de la que hablaremos ampliamente en la próxima edición de la revista Economía 3. Pero ahora queremos aprender cómo se organizan giras, cómo se producen las obras teatrales y, por supuesto, sobre creación, alfa y omega de todas las artes.

-¿Qué os llevó a montar una compañía de teatro? ¿Fue por no depender de otros? Visto desde fuera, da la sensación de que hay que estar muy seguro de uno mismo…

Chema Cardeña (ChC): Bueno…Sí y no… Hay que ser joven (risas).

-Juan Carlos Garcés (JCG): El grado de seguridad es relativo. Creo que cada momento responde a su coyuntura sociopolítica.

-Sí, porque en los 90 parece que hubo una explosión general, varias compañías valencianas celebran ahora sus más de veinte años de existencia.

-JCG: Claro. En los 90 hubo una coyuntura particular que propició la creación de equipos estables.

-ChC: Por entonces había un centro dramático en València que fue una esperanza, pero enseguida nos dimos cuenta de que ya nació torcido, porque realmente no cumplía las expectativas que exige una profesión. Vimos que si no nos generábamos el trabajo nosotros, desaparecíamos. Nuestra generación fue la que se tomó el teatro como una profesión. Había actores y actrices que habían trabajado mucho tiempo en el Talía en los años 50 y 60, pero dejaron de ser profesionales para poder vivir. La razón por la que tantas las compañías salimos en ese momento fue porque lo que se nos ofrecía no iba a asentar las bases de una profesión, y creo que es una deuda que el teatro público tiene con el teatro privado. Si en València hay una profesión teatral, es porque el teatro privado se ha empecinado en que la haya.

-JCG: Sin duda alguna. Y es algo que nunca se va a reconocer. Aquí, si alguien tiene que ser el salvador de algo, siempre tiene que ser una institución pública, es muy propio de la Comunitat Valenciana y del país. Ahora la realidad es completamente diferente y los creadores y las compañías que surgen no tienen, por ejemplo, tendencia a crear una empresa; son parámetros diferentes.

-Arden, conocida especialmente por firmar sus propias obras, parte de un papel en blanco sobre el que hay que plasmar una historia y hoy ya está consagrada. Pero cuando uno empieza a escribir sus primeras obras, ¿en qué momento sabe que lo que está haciendo tiene interés y no es simple onanismo mental?

JCG: Cuando empiezas es difícil. Te tienes que dejar llevar por tu intuición.

-ChC: Antes de Arden había escrito otras cosas, pero pequeñas, yo no era consciente ni siquiera de ser autor. En ese momento estaba sobreviviendo en otra compañía y quería seguir adelante. En Arden, quizá suene presuntuoso, el día en que me puse a escribir La estancia, nuestra primera obra, yo sabía que aquello no iba a pasar desapercibido. Por el momento en que la estaba escribiendo y, sobre todo, por la fe que tenía en ese texto y en esa historia. De hecho, ahora se ha hecho una película a partir de ella, El cercle en l’aigua, que se estrena en La Mostra.

Yo creo sinceramente que cuando uno escribe desde las entrañas, es muy difícil que no se dé cuenta de que va a trascender, porque uno sabe muy bien lo que es una paja mental y cuándo está escribiendo algo por algún motivo.  Siempre pienso en por qué escribo, en qué me lleva a escribir una obra. Cuando me doy cuenta de que lo que me lleva a escribir es una estupidez mía, un problema mío o una paranoia mía, puede ser que la escriba, pero la dejo en un cajón. Cuando escribo algo que me motiva y sé que además va a motivar a más gente, tiro millas. Y con La estancia fue algo casi mágico, intuía que había algo, creía que iba a salir bien. Igual me hubiese equivocado, porque uno mismo es difícil que sea objetivo. Pero con la edad llega un momento en el que sabes cuándo has hecho una patochada y cuándo una obra de calidad.

Arden

| Foto: Vicente A. Jiménez

-Lo que escribes se lo enseñas a Juan Carlos, a David y a más gente. Pasas unos filtros, y te lo pueden tumbar en la tercera página para que no sigas.

-JCG: Nunca ha ocurrido eso, pero sí le sometemos a un “tercer grado”. Esto por qué, aquí por qué va esto…

-ChC: Pero es más fácil escribir libremente, expresando y contando lo que quieras sin tener que pensar que detrás de eso hay mucha gente.

-JCG: A veces hay limitaciones como que no puede haber más de tres personajes, la escenografía tiene que caber en una furgona para ir de gira…Realmente las limitaciones son tremendas.

-David Campillos (DC): Para valorar los textos, siempre nos hemos basado más en necesidades de producción que en otra cosa. Siempre cuento que en la primera obra que se hizo para la Sala Russafa, 8 Reinas, Chema me dijo que iba a escribir ocho monólogos de reinas interpretados por ocho hombres vestidos de traje, con música en directo…Y yo le dije, “Chema, qué quieres, ¿qué chapemos la sala antes de abrir?” (risas). Y al final la obra fue un pelotazo. Pero con esa función, que es fantástica, no se puede girar. Es muy difícil hacerlo con un elenco de ocho actores, dos músicos y dos técnicos. Por eso, muchas veces nos reunimos y nos preguntamos, ¿qué tenemos que hacer ahora? Y Chema tiene ahí sus cortapisas. Siempre va en función de la producción.

-Vamos, que si se quiere llegar a buen puerto hay que abaratar la creatividad.

-ChC: Lo que pasa es que tengo ese chip puesto desde el principio de los tiempos, desde que empecé sabía que no podía hacer obras grandísimas a no ser que me hiciera un encargo una institución.

-¿Cómo empezasteis a actuar fuera de España? ¿Habíais iniciado una senda de éxito y os imaginabais que podía pasar, o fue un sorpresón?

-JCG: Fue un sorpresón y no lo buscamos, en realidad. Uno de los personajes más controvertidos de fuera de la escena es Consuelo Císcar, por razones de sobra sabidas. Pero fue esa señora en ese momento, como podría haber sido otro político en cualquier otro momento, quien nos invitó a llevar nuestros espectáculos a México y más adelante a Buenos Aires. Vimos que les entraban maravillosamente bien al público latinoamericano, y si no te ayuda una institución no puedes ir a jugarte los cuartos allí. Pero, a partir de entonces, empezamos a colaborar con Aecid, una institución dependiente del Ministerio de Cultura que establece relaciones culturales extraterritoriales, y descubrimos que había un público latinoamericano que era muy interesante explorar.

-ChC: También nos han pedido los textos para hacerlos compañías latinoamericanas. E incluso ha pasado que una obra nuestra se ha representado en dos lugares al mismo tiempo. La compañía de Isabel Collado hizo La puta enamorada en Madrid y al mismo tiempo la estaba produciendo en Argentina.

 -¿Qué otros éxtios, aparte de los que ya habéis mencionado, os gustaría destacar?

-ChC: Shakespeare en Berlín, El idiota de Versalles, Las rameras de Shakespeare…Y en 2019, La invasión de los bárbaros.

-A Shakespeare le has dado por todos lados. ¿Qué te pasa con él?

-ChC: Sí, siempre. Creo que se me encendió la lucecita del teatro con Shakespeare. Yo tuve la suerte de representarlo de joven en Londres, cuando me acuerdo ahora me parece mentira. Estuve un año y medio de gira haciendo un personaje suyo que sólo tenía 9 líneas. Pero creo que es el sueño que todo el mundo tiene. Shakespeare me parece el mejor maestro. De hecho, todos los años en la Sala Russafa hago un taller para posgraduados y profesionales en el que hacemos un montaje sobre él porque creo que es la mejor manera de aprender teatro.

Arden

| Foto: Vicente A. Jiménez.

-Shakespeare siempre me ha parecido muy difícil, nunca he conseguido entrar en él, menos en algunas versiones de sus obras en el cine.

-ChC: Creo que es más sencillo de lo que todo el mundo cree, lo que pasa es que se nos ha presentado siempre de una manera inasequible. Siempre digo que hay dos maneras de hacer teatro clásico: arqueología o teatro. Arqueología es coger una obra, mantenerla tal cual, con la misma duración, y es imposible que un espectador soporte cuatro horas hoy en día. El propio Shakespeare, si viviera, no escribiría obras de cuatro horas. En su tiempo la gente comía en el teatro, merendaba… Pero no creo que sea difícil. Mis alumnos no sólo no lo ven difícil sino que se enganchan. Y cuando representamos sus obras, el teatro se llena.

-JGC: Se cree que es un personaje lleno de telarañas y sabor a rancio. Pero al redescubrirlo piensas, ¡pero qué historias cuenta este tío! Hemos ambientado Hamlet en la India, con el trasfondo político de ese país, del momento en concreto.

-DC: Imagínate un taller en el que representa Julio César con once actrices, sólo mujeres. Esa es la forma de redescubrir.

-ChC: Peinas el texto y conservas la esencia, reduces la función como mucho a una hora y media. Cuando lo conoces un poco, y sobre todo si te lo han enseñado los maestros ingleses, le pierdes el respeto y te das cuenta que ese señor era un actor que escribía y se cargaba lo que no funcionaba, es decir, que hacía lo mismo que nosotros. Y sobre todo, que los personajes no eran de cartón-piedra, sino verdaderas historias de vida.

-En el por todos añorado 2019 tuvisteis dos éxitos bastante sonados. Uno fue Susan y el diablo, sobre la asesina de Sharon Tate, que coincidió con la película de Tarantino Érase una vez en Hollywood. ¿Os molestó esa coincidencia?

-ChC: Estaba ensayando en Toledo justo cuando se estrenó la película, de la que no tenía ni idea. De hecho los actores fueron a verla y yo no, porque yo estaba en lo que estaba. No nos molestó porque sabíamos que Tarantino iba a hacer lo que le diese la gana, y que tras haber visto Malditos bastardos me podría esperar cualquier cosa. Susan y el diablo es una historia muy pequeñita, muy concreta, que habla de una realidad y con un planteamiento que no tiene nada que ver. Vemos cómo afronta la sociedad la diferencia entre justicia, venganza, castigo, y rehabilitación, dónde está esa línea. Aún no he visto la película, lo haré cuando tome un poco de distancia.

-Acabas de definir tu “estilema”, por decirlo pedantemente. A partir de un hecho histórico como los asesinatos de La Familia Manson, desarrollas un detalle relacionado con él. De La invasión de los bárbaros se puede decir una cosa parecida, vinculada con la hoy conocida como memoria democrática. Te fijas en el pasado para traer algún aspecto al presente.

-ChC: Siempre he dicho que hablo del hoy pero desde el pasado. No sé qué es más vanguardista, si hablar del hoy desde el hoy o hacerlo desde el pasado. La estancia no era más que una reflexión sobre la autoría, La puta enamorada sobre cómo los artistas se pueden vender al poder, lo mismo que El idiota en Versalles. Clandestinos fue una revisión del fanatismo religioso… Shakespeare en Berlín, que va por la quinta temporada, no sabes cómo ha sido ver que los asuntos que planteamos hace años hoy en día son ley….

-DC: Shakespeare en Berlín fue un bombazo en 2016, y después vino la subida de la ultraderecha en todo el mundo.  Al ver la obra parece que esté escrita adrede para describir eso.

-Para terminar, no te quiero preguntar qué estás haciendo ahora, porque eso como es sabido atrae el gafe, pero ¿te ves dentro de cinco o diez años escribiendo sobre el covid? Lo digo porque hoy por hoy me parece un tema poco inspirador, para abordarlo de forma efectiva la perspectiva es clave siempre, ¿no?

-ChC: Igual lo hago antes de lo que crees. Pero yo nunca escribiré sobre el covid, sino sobre esta sociedad que tenemos de cara a acontecimientos de este tipo, con la ascensión de la estupidez, del analfabetismo y de la bestialidad… Escribiré sobre el efecto que el covid ha tenido en la sociedad y, sobre todo, lo que nos ha hecho descubrir: que creo que seguimos siendo una sociedad adocenada, aborregada, con muy poca cultura, muy poca información aunque pensemos lo contrario. Todo el mundo cree que una opinión en Facebook o Twitter es una verdad. ¿Cuántas versiones diferentes de médicos hemos tenido? Así llega un momento en el que estamos más desinformados que nuca. Eso es lo que me interesa. El hecho de la pandemia en sí ya lo contarán otros.

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