Un hombre ligeramente encorvado

Periodista
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Sin pasar del súper de la siguiente manzana ni del kiosko del chaflán, con las manos hidroalcohólicas dentro de guantes de látex, cuando los buenos días se desean de lejos y se sube enseguida a casa, aun así resulta que me entero de historias incompletas, que no me importan nada pero me patean la mente justo a punto de dormirme.

Hablo de un hombre de unos cincuenta años, alto, con una ligera curvatura cervical. Llegó a uno de los grandes hospitales de la Comunitat. El personal de urgencias, estresado al máximo, le dijo que se pusiera a la cola, alguien le gritó que respetase la distancia de seguridad; pasaron algunos minutos, largos, hasta que dijo, en voz baja y tímida tipo qué hago yo aquí, “me han llamado hace una hora para incorporarme como personal de refuerzo”.

Resulta que había estudiado las opos para celador pero se quedó muy lejos de la nota de corte. Desde el hospital llamaron a muchos que estaban antes que él en la lista y algunos declinaron la invitación al baile, cosa que comprendo. Ya se sabe que el miedo es libre, igual el Estado debería tomar nota.


No tengo más datos de él. Ni si es honrado o mala persona. Odio el optimismo, reventaría al optimismo.

Luego, sin querer, también me enteré de que este cincuentón encorvado tenía altos estudios y un trabajo muy cualificado, calculo que hasta 2012 o 2013. Por entonces se quedó fuera. Tenía trabajadores bajo su mando; igual lamentaron su salida y le dijeron que valía mucho, que no se preocupase, y que como había estado toda su vida trabajando con buenos sueldos, dos años de paro guay le iban a caer. “A reciclarse, hombre, que vales mucho”, puede ser que le dijeran.

No tengo más datos de él. Ni si es honrado o mala persona. Odio el optimismo, reventaría al optimismo.

Desde 2013 -siendo optimistas- hasta 2015 le duraría ese sabroso paro. Posiblemente tuviera una pareja solvente que le ayudara a olvidar los días de pagas extras y mando de equipos. O no. Puede -o no- que también hubiera engendrado hijos para que disfrutasen de un nuevo amanecer. Que tuviera muchos amigos sin que ninguno pudiera hacer nada por él en tiempos muy jodidos, ya sabes, la cosa va fatal y yo estoy con pie y medio fuera.

Debió de mandar por ahí su tarjeta profesional caducada, sus credenciales, su CV -mayor de 45 años- a todos los sitios que pudo, seguramente sin más resultado que unas cínicas palmaditas en la espalda. El reloj avanzaba, la pasta disminuía.

Sigo especulando. El hombre ligeramente encorvado, incluso antes autoritario a lo peor, mientras se tomaba una birra viendo un partido de fútbol, se dio cuenta de que ya no tenía nada que hacer en su sector. La crisis no tenía fin. Se informó, se animó y se puso a estudiar, a su edad. La Constitución, el Estatut, y primeros auxilios para ser celador, no parecía difícil y sus 1.100 pavos le caerían al mes. Algo es algo.

El día que llegó al hospital, sus nuevos compañeros le enseñaron a vestirse, con una bolsa de basura y una mascarilla ful. Nada de eso venía en el temario. Le explicaron las palabras clave, la jerga hospitalaria, para que reaccionase rápido. Le animaron dando gritos al estilo de la peli 300.

Le tocaba turno de noche.. Se aprende aprendiendo, lo anterior no cuenta. Soy un egoísta blandengue e hipocondríaco. Pero cuando esto pase –¿cuando esto pase?– en el fondo envidiaré a quienes estuvieron ahí, peleando, en primera línea, y con la moral alta. Suerte al hombre encorvado y a sus pacientes. Ah, detalles como la jubilación, que una vez pasado todo lo vuelvan a mandar a casa y cosas así, nos importan poco o nada.

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