Coproducción del IVAM con el MuCem de Marsella y el MEG de Ginebra

Jean Dubuffet contra todos

G. Cortés: “Marcó un antes y un después, al introducir conceptos que no se valoraban en Occidente, amplió nuestras mentes e hizo que nuestros sentidos despertaran”

Vista de una de las salas de la Galería 1 del IVAM con la obra de Jean Dubuffet. | E3

Siempre me ha gustado decir que la Historia del Arte es una historia de locos. Los artistas -hablo de los que son, no de los que se creen que lo son- son la excepción de la excepción a la regla. Es decir, son patafísicos. Jean Dubuffet (1901-1985) fue un patafísico pata negra y además, un acérrimo defensor del hombre común. “Lo excepcional me interesa poco. (…) Me alimento de lo ordinario. Cuanto más banal, más pleno me quedo. (…) Y además, ¿acaso existen almas excepcionales? Lo dudo mucho.” (Jean Dubuffet, extracto del texto Apercevoir, 1958). Ya, visto así, no hay por dónde cogerlo. La contradicción es vida, y la vida es arte. Como dijo ayer José Miguel G. Cortés, Dubuffet “fue un artista heterodoxo dentro de los heterodoxos”.

Hoy se inaugura en el IVAM la exposición Jean Dubuffet. Un bárbaro en Europa, y se puede adelantar que estamos ante una de las grandes exposiciones de la temporada 2019/2020. De nuevo en palabras del director, es “una exposición fundamental para la historia del museo”. Se trata de una coproducción del IVAM con el Museé des Civilisations de l’Europe et de la Méditerranée (MuCem) -donde ya se ha exhibido- y el Musée Ethnographique de Genève (MEG), adonde viajará a partir del 16 de febrero, su fecha de clausura.

Dubuffet

De izquierda a derecha,Jean-François Chougnet, presidente del MuCem; el comisario de la exposición, Baptiste Brun; y el director del IVAM, José Miguel G. Cortés. | E3

Pintor, escritor, inventor del Art Brut o “arte marginal”, fue uno de los grandes actores de la escena artística de la segunda mitad del Siglo XX. En su juventud, se acercó al dadaísmo, y más adelante se interesó por el surrealismo, pero no se llegó a identificar con ninguno de estos movimientos, por lo que siguió dedicándose al negocio familiar, vinculado al sector vinícola. Sin embargo, con el final del apocalipsis en 1945, sí que retomó la vieja filosofía de los dadaístas, aunque a posteriori de las grandes tragedias. Los primeros atacaron la cultura bélico-burguesa antes de que la locura de las armas impusiera su ley; tras la destrucción, Dubuffet, lúcido y piadoso, furioso y conmovido, puso en marcha una crítica radical del arte y de la cultura de su tiempo.

“Cuestionó la creación artística y la cultura; dio voz a pueblos cuya cultura había sido ignorada y a sectores márginales de la sociedad; subrayó la importancia del hombre común; y puso en solfa el concepto de modernidad, que buscaba un único punto de vista válido”, declaró G. Cortés. En definitiva, “se puede decir que Dubuffet marcó un antes y un después, al introducir conceptos que no se valoraban en Occidente, amplió nuestras mentes e hizo que nuestros sentidos despertaran”.

Dubuffet

“Le Triomphateur, 1973 | Foto: EFE / Manuel Bruque

150 obras y objetos procedentes de 17 museos y colecciones internacionales ocupan las salas de la Galería 1 del IVAM, y con una escenografía especialmente cuidada en esta ocasión. Como explicó el comisario de la exposición, el francés Baptiste Brun, “no es una retrospectiva en orden cronológico, sino basada en la confrontación entre distintas épocas del artista”.

Está organizada en tres espacios. El primero, titulado Celebración del hombre común, se trata de una reflexión de la actividad artística como inherente a la especie humana. Tras la sangrienta autodestrucción de Europa, Dubuffet proclamó los valores de la humildad y la modestia; rechazó la nociones de belleza o heroicidad. “La belleza a la que aspiro requiere muy poco para mostrarse”, son palabras suyas que se pueden leer en la sala. Personajes de apariencia infantilmente grotesca -de nuevo, la patafísica de lo vulgar-, referencias al carnaval como acto de liberación, marionetas inquietantes, máscaras y graffitis carcelarios hechos por el “hombre común”. En definitiva, un ataque integral, muy pensado, contra todos los valores elevados de occidente.

Etnografía en acción es una vuelta de tuerca a una de las tendencias que imperaron en el arte de entreguerras, y que tuvo a Picasso como su mayor representante. El artista más famoso del siglo presumía de haber rescatado la estética primitiva a partir de su colección de máscaras africanas, como las que les colocó a Las señoritas de Avignon. Hacia 1945 ya se había convertido en un canon, y por tanto, debía ser pasto de la lúcida trituradora de Dubuffet. No acepta el término de “arte primitivo” al uso.  Para él, llamar arte primitivo “a todo lo que no es helenístico es arbitrario”.

En esta segunda parte de la exposición figura una de sus piezas más famosas: Henri Micheux, actor japonés (1946). Es un óleo en el que retrata -es un decir- a uno de los artistas que, según el comisario Brun, Dubuffet más admiraba. Micheux, al regresar de un largo viaje por Japón, China Malasia y la India, entre otros países “exóticos”, dejó escrito que él, europeo, se había sentido un bárbaro en aquellas tierras lejanas. En cuanto tuvo oportunidad, Dubuffet retrató a su amigo como tal; bárbaro, a lo bruto, tratando de imaginar cómo sería visto por aquellas lejanas civilizaciones. Esta famosa pieza es la que inspiró el nombre de la exposición.

La última estación del viaje lleva el título definitivo de Crítica de la cultura“Sé que estamos fuertemente condicionados por la cultura” – le escribió Dubuffet al crítico de arte Gaëtan Picon en 1969- “y que no nos podemos alejar jamás ni totalmente de sus condicionamientos. Pero que no podamos hacerlo totalmente no significa que no lo podamos hacer un poco (…) y que al menos tengamos el deseo de hacerlo. Eso existe, es una postura del espíritu que existe”. 

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Al fondo, la obra “Henri Micheux, actor japonés” (1946). | Foto: EFE / Manuel Bruque

En las esculturas, especialmente en las de resina de poliéster, y en sus cuadros de gran formato, pone al descubierto el relativismo del punto de vista que aplicamos a la realidad que nos rodea, que es a fin de cuentas otra construcción cultural. Lo que debería estar arriba está abajo; el cielo -o lo que sea- es ocre. Y a sus obras les acompañan otras visiones del mundo de personas que tratan de describir su entorno a pesar de su discapacidad, que a menudo les llevó a pasarse la existencia encerrados en psiquiátricos. Es el cénit del Art Brut: obras de personajes libres de cultura artística y aptos para compartir una nueva habilidad de creación.

Con estos elementos, Dubuffet, que vigila a los espectadores con limpias miradas en distintas fotos situadas en las salas, culmina su tabla rasa respecto a toda la Historia del Arte anterior, desde el Renacimiento hasta la primeras vanguardias de su siglo. Una crítica absoluta pero a la vez constructiva, basada en la pseudociencia patafísica que ya cuestionaba las leyes científicas al uso y sólo se dedicaba a estudiar las excepciones a la regla; y, sobre todo, en la celebración de lo banal, para hacer volar por los aires los altos pedestales de la cultura.

Jean-François Chougnet, presidente del MuCem, afirmó que “para nosotros, el IVAM ha sido un espacio muy importante en el que descubrir el arte contemporáneo”. Me vienen a la cabeza unas palabras que escuché decir a Manuel Vicent el año pasado: Al IVAM lo intentaron destruir, pero no pudieron con él. Están desfilando por los juzgados los que casi lo hicieron desparecer en su propio provecho crematísitico. Ahora, en su sala principal, acoge una retrospectiva de una figura gigantesca que quiso acabar con la cultura antigua creando una nueva. ¿Lo consiguió? Desde luego, no tengo ninguna respuesta a esa pregunta. Pero sí muchas ganas de regresar a la Galería 1.

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