Dani Nebot, Premio Nacional de Diseño 1995 (y 2)

Dani Nebot: “La Nave era como eso que ahora llaman coworking, pero con alma”

De cómo revolucionar algo tan tradicional como la etiqueta del vino: desde Maduresa ya nada fue igual

Esta segunda entrega de la entrevista a Dani Nebot tiene un aroma nostálgico, pero divertido. Aquellos locos 70, quizás demasiado idealizados, en los que España empezaba a quitarse la caspa y las telarañas del oscuratismo. Los años en los que una generación única capaz de generar un universo creativo que ahora tratamos de coronar con el nombramiento de Valéncia como Capital Mundial del Diseño.

P.- ¿Cómo llegas al diseño?

R.- No lo sé. Entonces no era ni una profesión reglada ni asentada en la sociedad. De hecho, hasta los 70, por ejemplo, los diseñadores gráficos eran “grafistas“. De pronto se aplicaba la palabra diseño a todo: los decoradores pasaron a ser diseñadores de interior, las floristas hacían diseño floral … Era como darle un toque anglosajón en pleno franquismo.

¿Cómo llego? Siempre me ha gustado dibujar, pero también el pensar cómo se hacen las cosas. Me presenté al examen para Bellas Artes, pero me equivoqué de día. Un desastre, me puse a llorar. Menos mal que había allí un bedel que me aconsejo pasar por la Escuela de Artes y Oficios que acababa de modificar el plan estudios y habían incluido dibujo publicitario, figurines -lo que hoy es diseño moda- y decoración. Me decanté por diseño publicitario.

Una escuela con mucha voluntad, pero sin los docentes adecuados. De todas formas allí conocí a mucha gente que me ha acompañado a lo largo de la vida.


“Pepe Gimeno y yo iniciamos nuestra trayectoria pintando a gouache cientos de vallas publicitarias de aquí a Benidorm”


P.- Tampoco sería una profesión con mucha demanda

R.- No tenía ninguna. Los estudios eran cinco años, pero al tercero ya habíamos llegado a dónde teníamos que llegar y lo dejé. En casa me preparé un dossier rediseñando carteles de películas y ese tipo de cosas. Con eso me presenté en las agencias de publicidad que existían entonces en València.

Surtidor para Industrias Saludes

Acabé en Pivot, que acababa de abrir en València. Y ahí estábamos Pepe Gimeno, que también acababa de terminar los estudios, y yo, iniciando nuestra trayectoria como diseñadores, pintando a gouache cientos de vallas publicitarias de aquí a Benidorm. Estuve dos años, los dos únicos que he trabajado asalariado.

Después montamos un estudio, Nuc, en el que estábamos Vicent Martínez, Lola Castelló, Luis Adelantado y yo. Empezamos a trabajar con imprentas haciendo catálogos y pinitos como diseñadores de producto. Nuestro primer encargo lo trajo Luis Adelantado, una serie de muebles, Trilatera, para una empresa de Barcelona, que tuvo mucho éxito.

Lola y Luis hacían decoraciones para futbolistas y músicos. Era muy divertido. Luego Vicent y Lola montaron la fábrica que precedió a Punt Mobles.

P.- Y empiezas con Industrias Saludes

Eran tiempos complicados. A través de Pepe Gimeno contacté con Fernando Saludes, de Industrias Saludes, y le propuse montar un departamento de producto que dirigía yo externamente. A raiz de este trabajo, montamos Enebecé, con Paco Bascuñán y Quique Company.

Fue el momento, porque empezaba a hacerse señalización en España. Hicimos trabajos muy interesantes, como la Devesa-Albufera, el Museo Arqueológico de Madrid …


“La señalización de la Devesa-Albufera fue clave en la historia del diseño español”


P.- Fue una época de mucho interacción, de compañerismo

R.- Sí, teníamos una relación muy sana. Yo me he esforzado siempre en compartir conocimiento. Soy muy individualista trabajando, pero siempre mantengo el contacto. Es más, no me importa llamar y preguntar a un colega “a cómo va el pescao”.

Esto fluctúa, ahora llevamos muchos años a la baja, tan a la baja como que los precios están a una cuarta o quinta parte de lo que estaban hace 25 años.

Pero bueno, a lo que iba, aquél encargo, el de la señalización del parque Devesa-Albufera, fue clave en la historia del diseño español. Fue el primer encargo al margen de las agencias de publicidad. Fue un momento que cambió la relación profesional en el que los pocos diseñadores que había en València empezamos a confluir.

P.- Me estás hablando ya de los orígenes de La Nave.

R.- Ahí voy. Nacho Lavernia, su hermano y José Juan Belda habían montado Caps i Mans, que habían competido con Enebecé en el proyecto de la Devesa que ganamos nosotros. Un día coincidimos en la calle y Belda propuso que nos fuéramos a Milán, al congreso del ICSID, debía ser por 1983.

Nos fuimos esa misma noche los cuatro a Milán en un R14 que tenía yo en aquella época. Sin un duro, porque esta profesión es voto de pobreza de por vida.

Era la época del postmodernismo y allí estaban Mendini, Castiglione, Sottsass …, era la presentación de la Strada Novísima. Aquello fue la bomba y en el viaje de vuelta nos planteamos montar un estudio.


“La Nave tuvo un efecto estrella de mar: brazo que se cortaba, estrella que salía”


Nacho encontró el local, una nave industrial en la calle San Vicente 200. Era muy chula y allí nos metimos los navieros.

Acordamos cosas que fueron importantes, como compartir un espacio, lo que ahora se llama “coworking“, sólo que allí había alma: había un proyecto cultural e intelectual.

Los 10 navieros entramos con la misma responsabilidad y el mismo nivel, incluyendo a los más nuevos que salían del estatus de becario, como Sandra Figuerola, Luisito González o Marisa Gallén.

P.- ¿Cambió la forma de trabajar?

R.- Completamente, todos trabajábamos “en abierto”. Al principio a algunos les costó bastante. Trabajábamos en unas mesas tamaño habitación, de 3,66 por 2,44 y nos sentábamos dos personas. 500 metros cuadrados abierto las 24 horas del día.

Oceanid para Tombow Pencil. Japón 1989

La Nave fue posible porque 10 personas coincidimos en un momento en un proyecto que, 10 años después, necesitaba un cambio. Éramos uno de los estudios más importantes de Europa y llegó un momento en el que había que dar el paso de hacerse mayor, de convertirse en empresarios. Había gente que lo veía y otra que quería seguir siendo un guerrillero francotirador..

Nunca reñimos, fuimos evolucionando, teníamos otros objetivos y nos fuimos yendo.

Ocurrió que tuvimos el efecto estrella de mar: brazo que se quita, estrella que sale. Seguimos teniendo una relación bárbara. De hecho, acabo de hacer dos proyectos con Nacho Lavernia, uno de ellos la nueva identidad corporativa de la Generalitat, que ya hicimos hace 30 años. Se ve que lo hicimos bien, porque nos lo han vuelto a encargar.

Envases Hanbul Cosmetic. Corea 1997

P.- ¿Y tras La Nave?

R.- Monté mi estudio en la calle Lepanto, un local precioso, con un patio que tenía un naranjo. Medía lo mismo que el comedor principal del Palacio de Buckingham: 6o metros.

Trabajé mucho para Japón y Corea. A veces pienso que si no fuera por mi absoluta ignorancia del inglés, igual me hubiera quedado en Japón, es un país que adoro. De hecho, hablo más japonés que inglés, lo justo para vivir.

P.- ¿Y cómo te metes en el mundo del vino?

R.- Pablo Calatayud, que acababa de estudiar para ingeniero agrónomo, estaba montando una bodega, el Celler del Roure. Había hecho primero Alcusses y  el segundo vino era Maduresa. Lo llevó a probar al restaurante Seu-Xerea, con el nombre escrito en la botella con típex. Y les gustó muchísimo.

Pablo no quería una etiqueta con castillos ni un nombre heráldico. Una etiqueta que fuera memorable, aunque no te acordaras del nombre del vino. Así que el sommelier le preguntó quien le gustaría que le diseñara la etiqueta, se sacó un recorte del bolsillo con una entrevista que me habían hecho. El sommelier, que me conocía porque yo iba con cierta frecuencia al restaurante, le puso en contacto conmigo.


“La etiqueta de Maduresa cambio la forma de comunicar el vino”


Fue la primera etiqueta de vino en la que hubo una inflexión. Y se la regalé. Porque no podía pagar lo que valía, pero si le rebajaba la tarifa, más tarde no me querría pagar más en posteriores trabajos. Así que preferí no cobrarle y que se quedara satisfecho con el trabajo. Luego me la pagó a los años y con creces. Ha sido una de las etiquetas mejor pagadas. Y seguimos trabajando.

Etiqueta de Maduresa. 2002

La etiqueta fue fruto de una reflexión, que pudieras reconocer el vino en el estante de la tienda o cuando lo pedías en el restaurante y no te acordabas del nombre, pidieras el de la etiqueta de los agujeritos. Cambió la forma de comunicar el vino.

Ahí se abrió el mundo de las etiquetas en el que he sido pionero. La suerte que he tenido es que nunca he hecho una etiqueta para un mal vino.

P.- ¿Es complicado trabajar para las instituciones publicas?

R.- Si es difícil, no puedes trabajar. Depende más de quién está a cargo de qué. Es difícil cuando te enfrentas a ese tipo de funcionariado incapaz de que las cosas fluyan, que funcionan como un engrudo donde las cosas se atascan.

Tampoco es que yo sea fácil. Si me encargan algo voy a hacer lo que tenga que hacer, no lo que quieran. El proyecto está por encima de mí como autor y por encima de quien lo encarga, especialmente si se paga con dinero público. Hay una gran responsabilidad de hacer las cosas bien.

Me ocurrió una cosa. Gané el concurso para la identidad corporativa del Teatro Real y el Teatro de la Zarzuela. Iban en el mismo paquete. Y en eso, cambia el gobierno y entra José Mª Aznar.

Me llama a consulta a Madrid el entonces secretario de Estado de Cultura para que “pensara otra cosa“. Le dije que yo había hecho ese proyecto con un briefing concreto, que sino le gustaba, que redactara un nuevo briefing y que trabajaría con él.

Al final, porque era un proyecto superbonito, le pregunté que cuál era el problema y me contestó que si lo sacaba, al día siguiente, Ansón, a la sazón director de La Razón, “nos crucifica”. Al final no se hizo, pero me lo pagaron muy bien.

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