Entrevista a Eduardo Guillot (I)

“El punk en València fue un movimiento más estético que ideológico”

El libro "Miles de muchachos: Una crónica oral del punk en València" ha sido editado recientemente por el Institut Valencià de Cultura

El grupo Sade a la puerta de la mítica sala Gasolinera. | Foto: Juan Ortín

Miles de muchachos, en palabras de Eduardo Guillot, ha venido a nuestras estanterías para “reivindicar el legado musical de los grupos punk valencianos. Me interesa que se cuente lo que sucedía, pero me interesa sobre todo que a partir del libro haya quien entre en Youtube a buscar grabaciones y escucharlas, aunque haya casos que sean complicados de encontrar”. Tras más de treinta años en primera fila del periodismo cultural, el actual director de programación de la Mostra de València ha encontrado tiempo para sacar adelante un proyecto muchas veces perseguido: recordar que por las calles de València un día paseaban unos cuantos punks, que algunos de ellos se subieron a un escenario y, una vez ahí, unos pocos incluso llegaron a hacer música.

Miles de muchachos es un trabajo arqueológico sobre un movimiento de finales de los 70 y principios de los 80 que apenas dejó huella en la ciudad fuera de la memoria de los pocos que lo vivieron de cerca; Guillot fue uno de ellos. A pesar del “largo proceso de realización” que se describe en el prólogo, el resultado final ofrece una lectura rápida, contundente y divertida como una buena canción punk. En esta primera parte de la entrevista, trataremos de retratar la escena de aquella subcultura juvenil.

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Portada de “Miles de muchachos”. | E3

-Entre las muchas cosas que llaman la atención de Miles de muchachos se encuentra, de entrada, que la Generalitat, a través del Institut Valencià de Cultura (IVC), se haya involucrado en el proyecto.

-Fui con el proyecto al entonces Instituto Valenciano de la Música, hoy IVC, y les planteé que las músicas populares urbanas también eran patrimonio musical histórico valenciano. Estuvieron completamente de acuerdo. Por otra parte, creo que un libro con un alcance como el que pueda tener Miles de muchachos, si no lo edita una institución local es muy difícil que vea la luz. En València está funcionando muy bien, pero en Galicia no se vendería ninguno y las editoriales quieren vender libros. Era bastante importante que alguna institución valenciana se involucrara, y si además es el IVC, mejor imposible.

-Con el punk como hilo conductor, el libro es de gran valor documental al retratar a una parte de la juventud valenciana y del ambiente que se vivía en la ciudad hace 40 años.

-Era importante contextualizar las cosas. Esa gente tocaba y se subía al escenario en una València muy determinada, la de los 80. Una València que, como toda España, sale de un periodo demasiado largo, demasiado oscuro y demasiado triste, y de repente tiene a su alcance tanto la influencia de corrientes estéticas internacionales, como una libertad, matizada porque todavía quedaban quedaban muchas rémoras del pasado, pero con la que no se habían encontrado antes. Se crea un caldo de cultivo muy interesante para que se produzcan manifestaciones culturales de choque como el punk.

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Fernando “El Loco”, cantante de Generación 77. | Foto: Archivo de Eduardo Guillot

-En el prólogo me parece detectar una queja velada de que el punk valenciano quedase fuera de foco a nivel nacional. ¿A qué achacas ese desconocimiento?

-No es que haya habido una voluntad histórica de ignorar el punk valenciano cuando se habla de punk español sino que, como se puede comprobar en el libro, tiene una historia muy corta, por ejemplo, a nivel a discográfico. No es lo mismo que alguien se ponga a hablar de punk español y se salte a Eskorbuto, que sacaron varios discos y tuvieron un impacto importante, que a Interterror, que se movió a nivel local y además, al salir su primer single, el grupo prácticamente ya no existía. Las características peculiares de esta música en València, que son una producción discográfica muy corta y unos grupos de vida muy breve, no han contribuido a que puedan ser reconocidos a nivel nacional. Precisamente por eso creo que había que tomar la iniciativa desde aquí, porque nadie lo iba a hacer desde fuera.

Miles de muchachos es el título, pero varios testimonios aseguran que no pasaban de cien.

-El título es un homenaje a una canción de La Resistencia que se titulaba así y que nunca se llegó a grabar. Me parecía una buena manera de referirme a ellos porque a nivel mundial mucha gente se acogió a la estética o al sonido del punk. Pero es cierto que en València se conocían todos, y había muy poca gente que formase parte de esa comunidad. Y si hablamos de músicos, pues menos todavía.

-¿Crees que en València fue más marginal de lo que fue en cualquier ciudad de tamaño medio-grande?

-No, creo que era igual de marginal en todas partes. Era una estética de confrontación, casi diría que de combate: pantalones militares, chupas de cuero, y en algunos casos, cresta. Evidentemente, era marginal por definición. De hecho, todas las tribus urbanas, en su inicios, fueron marginales: los rockabillys, los mods…Todos eran gente joven buscando alternativas estéticas y culturales que sólo se la podían dar las subculturas que surgían en el mundo anglosajón, y que aquí se copiaban de manera más o menos mimética adaptadas al contexto local.

-Has recogido testimonios de una treintena de los protagonistas del movimiento. ¿Se te ha escapado alguno?

-Sí, se me han escapado. Por ejemplo, las declaraciones que hay de Las Terribles son de archivo. Yo consideraba que debían de estar en el libro, pero no quisieron participar. Eludieron mis requerimientos hasta que me dijeron que no tenían tiempo. Entiendo que alguna razón habría para que no participaran, y también pienso que si ven el libro quizá se arrepientan, porque habría valido mucho la pena que hubieran estado. Pero por el hecho de que no quisieran participar yo no iba a omitir que existió el grupo, y he incluido fotos y declaraciones.

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Las Terribles. | Foto: Pepe Ortiz

-Además, tienen un papel importante al ser prácticamente las únicas chicas que aparecen. Entrando un poco más en el libro, un movimiento tan autodestructivo por sí mismo da la impresión que no dejó una cuenta muy alta de cadáveres, como sí ocurre en otras tribus o movimientos musicales aparentemente más pacíficos. 

-Bueno, de entrada piensa que era poca gente. Tampoco había muchos para morirse. De todas formas, en lo que tiene que ver con el tema de las adicciones y la vida de la rock ’n roll star, en València coqueteaba con drogas mucho más peligrosas la esfera techno. Ellos fueron quienes tuvieron éxito y, por lo tanto, dinero para comprarse drogas caras. Por ese lado, el punk valenciano se movía en unas coordenadas que no llegaban a tener peligro de muerte. Sí que hay algún fallecido, pero no quería focalizar el libro en esos casos porque no fueron músicos, sino gente del entorno de los grupos, y eran cosas que podían desviar el foco de atención. Se reseña que David Dúplex, cantante de La Morgue, murió en el 91. Y sólo se menciona en el libro en una nota al pie, porque lo que hacía iba mucho más allá del punk, a Bernardo Cordellat. No fue un movimiento particularmente fúnebre.

-Visto con la distancia, parece extraña la relación tan cercana que tenían los punks con los skinheads. ¿Qué les llevaba a estar tan unidos?

-Todo el mundo se conocía y hubo gente que evolucionó en diferentes direcciones. Hubo quien empezó moviéndose en entornos punks y acabó siendo skin. También los sitios de reunión eran muy pocos. No sólo coincidían punks y skins, sino también mods, algunos rockabillys. En València las tribus se limitaban a grupos de gente muy pequeños, y a la hora de salir de cervezas y acabar liándose a bofetadas, más o menos todo el mundo sabía dónde encontrarse.

-Entonces, ¿no había un peso ideológico muy definido, al menos como para liarse a mamporros por eso?

-Tortas por motivos ideológicos, pocas. No digo que no hubiera gente que no estuviera más formada políticamente; es la época del esplendor de una emisora como Radio Klara, que se definió como “libre y libertaria” y comulgaba con preceptos anarquistas, y hubo punks, no músicos pero sí activistas, que se movieron en una horquilla ideológica muy clara. Pero también es cierto que en el libro se dice que los que iban de anarcos probablemente no habían leído a Bakunin ni los que iban de nazis seguramente tampoco habían leído Mi lucha. Se adoptó más una estética que una ética o una ideología. No llegaba la sangre al río prácticamente nunca, más que peleas había escaramuzas. Y por cuestiones también estéticas, de “yo pertenezco a una banda y tú a otra”. No se puede hablar de una escena violenta.

Mañana, la segunda parte de la entrevista, centrada grupos y personajes.

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