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Investigador, bibliófilo y autor de cerca de 40 obras

Rafael Solaz: “Tiene que volver una época humanista”

Su mágica librería cumple 20 años y sus rutas gratuitas por el Cementerio General de València -El Museo del Silencio- atraen a cada vez más visitantes

Rafael Solaz, en su mágica librería anticuaria de la calle San Fernando | Foto: Vicente A. Jiménez

No existe una palabra para clasificar a Rafael Solaz (València, 1950). En internet aparece como investigador, bibliófilo, documentalista y -pequeño detalle- autor de aproximadamente 40 obras. De actividad incensante, su mágica librería anticuaria de la calle San Fernando cumple 20 años y sus rutas gratuitas por el Cementerio General de València -El Museo del Silencio- atraen a cada vez más visitantes. Su última obra, “El nicho 1.501”, reúne algunas de sus principales inquietudes: la València anónima, romántica y misteriosa que tanto le inspira. A continuación, hablamos de todo… De todo lo que cabe en una entrevista.

– Entre otras cosas, eres bibliófilo y autodidacta. ¿Cómo se combina eso?

– Procedo de una familia muy humilde y no tuve la oportunidad de recibir una formación académica. Y no porque no quisiera, sino porque a los 14 años empecé a trabajar en un molino de arroz y mis estudios fueron elementales. Pero los libros me apasionaban y en mi casa no había. A los 11 años compré mi primer ejemplar, Las aventuras de Tom Sawyer. Después empecé a formarme por mi cuenta en bibliotecas.

– Al escucharte, me viene a la cabeza que tu caso desmiente la idea de que quien no ve leer en su casa nunca lee.

– Fue algo innato. Como muchos niños, también empecé a través de los cómics.

– Será difícil, pero ¿puedes describir por qué surgió esa atracción por los libros sin provenir de un ambiente lector?

– Por la sabiduría. Los libros eran el vehículo para llegar a ella. Si no tenía profesores, ni tampoco libros, no podría saber más.

– ¿Seguiste alguna ruta determinada de conocimiento o te dejabas guiar por el instinto?

– Desde siempre me ha interesado mucho la sociedad. Me importa la gente, las personas, más que los reyes, más que cualquier acontecimiento grande, sobre lo que hay mucho escrito. Muchos de mis libros son un reflejo de las pequeñas historias que todos tenemos detrás. Y eso se tiene que escribir porque, si no, no se comprende la Gran Historia.

Rafael Solaz

Libreria Anticuaria Rafael Solaz. | Foto: Vicente A. Jiménez

– Reconstruir esas pequeñas historias debe ser un proceso muy complejo. Supongo que se puede dar con un dato concreto, pero hilarlo con otro y de ahí tener toda una historia… Muy complicado. “El nicho 1.501” es un buen ejemplo.

– Es una buena pregunta. Una noticia antigua, o cualquier cosa, puede ser que me lleve a una buena historia, o al menos que a mí me lo parezca. A veces es una sorpresa. En El nicho 1.501, comencé a leer las memorias de un actor y me encontré con un capítulo titulado igual. Me apasionó y fui al cementerio a ver si el nicho existía y después descubrí que la historia, del siglo XIX, era real. Un detalle te puede llevar a descubrir una buena historia, y si no te fijas, y en este caso, si no lo llego a haber hecho yo, puede que no lo hubiera hecho nadie y las vidas de los personajes que ahí salen se hubieran desvanecido por completo.

– ¿Cómo has conseguido un fondo tan inmenso de libros antiguos?

– Viví en Madrid dos años e iba al Rastro. También en València. El Rastro fue mi proveedor general de libros. Después ya empecé a identificar cuáles me parecían interesantes y, a lo mejor, los encontraba por muy poco dinero. Esa época fue el germen de mi colección de 12.000 libros.

Luego empecé a especializarme, sobre todo en la sociedad valenciana, y empecé a conocer esas pequeñas historias anónimas o descubría autores y los investigaba. Normalmente, me interesaba por la vida de un autor que contaba otras vidas.

De joven tuve algunos trabajos y el poco dinero que ganaba me lo gastaba casi todo en libros, estaba ávido de saber. Ya por entonces hacía algo que sigo haciendo hoy: al leer un libro, lo analizaba y rellenaba una hoja con anotaciones en las que destacaba lo más interesante o apuntes bibliográficos, es decir, “este libro es rarísimo por esto”. Como estaba trabajando, no podía dedicarme a escribir. Pero hace aproximadamente 20 años llegué a un acuerdo con el banco en el que trabajaba y conseguí una prejubilación, por lo que pude finalmente dedicarme a mi verdadera vocación. Y al final, han pasado cosas para mí muy importantes, como dar una conferencia en la Facultad de Geografía e Historia, a la que acudieron profesores y alumnos. Fue como si hubiera recobrado lo que tenía destinado ser.

– València es tu tema principal, está incluso presente en los títulos de muchas de tus obras. “La València del Más Allá” es uno de los más populares.

– Siempre me interesó esa València oculta, que estaba un poco entre lo humano y lo divino. Hay dos libros que son complementarios: La València del Más Allá y Pero… ¿existe el diablo?, sobre exorcismos. Empecé a investigar y -se me ponen los pelos de punta al recordarlo- me reuní con el exorcista principal de la Catedral. Descubrí que si uno cree firmemente que existe el diablo, existe. Mientras hablaba con el exorcista, un señor muy mayor, en uno de los espacios secretos de la Catedral, él me cogía a menudo del hombro. Era algo extraño, y me dijo “usted se preguntará por qué le tengo cogido así; es para saber si es una buena persona o viene enviado por El Maligno”.

Rafael Solaz

Exterior de la Librería Anticuaria Rafael Solaz. | Foto: Vicente A. Jiménez

– ¿No se puede contestar “a lo mejor me envía El Maligno, pero no me he dado cuenta”?

– Yo estaba muy nervioso. En cuanto a La València del Más Allá, son casos que debían ser contados, basados siempre en una información rigurosa.

El Museo del Silencio

– Sobre el cementerio: Hay algo que me indigna un poco. Sin ser un fan total, me parece extraño que Nino Bravo esté en un nicho normal y corriente. Pienso, por ejemplo, en la tumba de Camarón de la Isla con su gran estatua.

– Se puso una lápida con su nombre artístico, pero los fans iban allí y arrancaban las letras. La familia tuvo que colocar otra lápida, la que hay ahora, en la que figura su nombre real. ¿Por qué no tiene un monumento? Creo que nadie se lo ha preguntado, además de que en la calle Sagunto hay un busto de él, pero eso ocurre con mucha gente en el cementerio. Sorolla tiene un simple féretro.

Blasco Ibáñez está en un nicho aún provisional porque, al traerlo de Menton (Francia), lo colocaron en un alamacén y su familia pensó que al acabar la Guerra correría el riesgo de desaparecer y le pusieron donde está ahora. Benlliure le había tallado un sarcófago que se encuentra en el Museo de Bellas Artes.

– Entonces, el cementerio no se caracteriza por tener monumentos dedicados a grandes figuras históricas…

– Desde luego, no se caracteriza por eso. Siempre digo que representa 200 años de la Historia de València. Yo cuento la parte artística, la parte biográfica y la histórica. Cada vez viene más gente, las visitas son gratuitas y las hacemos un sábado al mes.

– ¿Qué piensa un bibliófilo nato del futuro de la lectura en la época digital?

– Estamos en un mundo de información que se acumula sin tiempo a asimilarla. Sería muy interesante que los niños estuvieran en contacto con la cultura, que adquieran conocimiento y después pudieran desarrollar sus ideas. Ya no que estudien solo para un desarrollo profesional, sino también para desarrollarse como seres humanos. Creo que tiene que volver una época humanista. Tiene que pasar algo.

– ¿Qué es una época humanista?

– Una época en que se piense más como personas en lugar de en perseguir objetivos, ya que estamos en una especie de selva en el trabajo, en la competencia… Esto destruye totalmente el pensamiento.

Creo que va a ocurrir algo. No sé si un gran apagón. No sé qué tiene que ocurrir pero, si no, estaremos en un proceso que nos lleve de forma inevitable de vuelta a los árboles.

Berlanga y La Dona Valenciana

– ¿Cómo fue tu relación con Berlanga?

– Venía a casa de mis padres cuando yo era pequeño. Tenía relación con ellos, no una amistad profunda, pero como teníamos una casa de compra y venta de cachivaches y todo eso, le gustaba el ambiente. La casa estaba muy cerca de la Real Academia de Bellas Artes. Se organizaban tertulias y Berlanga venía cuando no estaba fuera. Era un ambiente humanista y recuerdo que una vez comentó que estaba haciendo una película que protagonizaba una muñeca, Tamaño natural. Desgraciadamente, no conservo ninguna foto con él, me hubiera gustado. Sí que nos hicieron alguna en la Feria del Libro y no sé si habrán salido a la luz.

Puedo contar una anécdota sobre La València prohibida. Berlanga me sugirió que si escribía sobre esa València oculta y subterránea, le gustaría hacer una película a partir de la obra. Incluso me dijo que haría el prólogo del libro. Pero todo aquello coincidió con la muerte de su hijo Carlos y ya no pudo ser.

– Has hecho una exposición, La Dona Valenciana, que se centra en la evolución de la mujer a través de la imagen.

Las fotografías nos cuentan muchísimo más de lo que parece: la forma de vestir, el ambiente, pueden decir mucho. Hay una foto en la que se ve un grupo de mujeres de los 50-60 alrededor de una paella; ahí se ve que ya podían organizarse a solas, aunque simplemente fuera para disfrutar una paella. Era algo novedoso, la mujer siempre estuvo detrás de un hombre, siempre “mujer de”.

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