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Tharsys, el mito se hace cava y vino en Requena

El secreto ha estado en hacer cosas diferentes, en salirse de la manada tras experimentar, probar y lograr. Cosas como Tharsys Único, una auténtica rara avis, un espumoso a base de la variedad tinta bobal, pero que en realidad es un “blanc de noirs”, que dirían los franceses: espumoso blanco de uvas tintas. No podemos llamarle cava porque no está autorizada la variedad en esta DO.

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Vista de la bodega rodeada de viñedos.

Vista de la bodega rodeada de viñedos.

Ana Suria explica que el origen está en bobales que no envejecían bien y a los que les vendría bien una vendimia más temprana. De ahí surge el experimento que ha salido con gran estructura y una acidez de uva tinta, pero con la sutileza de un espumoso, algo “para personas que lo valoren”, que cada vez son más. También elaboran un cava, este sí, rosado a base de Garnacha, variedad mediterránea de gran calidad y que en buenas manos da unos espumosos fantásticos.

Junto a estos dos extraños conviven en ese paraíso de espumosos otros Tharsys, fruto de la finca que rodea la bodega; tanto bruts como bruts nature, siempre con un diseño atrevido y rompedor, que dice mucho de sus propietarios. Suria defiende los cavas de Requena por el clima. “Ese es el secreto, la falta de lluvias respecto a otras zonas productoras nos da grandes uvas, muy sanas, que apenas necesitan tratamientos”, dice.

Esto es lo que les ha hecho apostar decididamente por la agricultura ecológica, hasta lograr en cinco años que todos sus vinos lo sean. Ahora están en proceso y el resultado en ventas es bueno. “Es una necesidad más que una tendencia”, defiende Suria. “Vamos hacia una forma de vida que tiene que respetar al máximo la naturaleza”, afirma.

Vicente García, el sabio del cava

Vicente García.

Vicente García.

Vicente García es una autoridad en el vino de nuestro país. En 1968 llegó al París que todavía tenía los adoquines descolocados, para estar un año becado por el Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas francés, todo un lujo años antes de que se soñaran las becas Erasmus.

Se pasó un curso viajando por las grandes zonas galas: Champán, Burdeos, Borgoña, Rhin, Ródano, Loira… Hoy es reconocido como el padre del cava valenciano, un tipo al que Requena le debe una calle, porque fue protagonista de uno de esos “momentos estelares de la humanidad”, que diría Stefan Zweig.

Momentos en la vida de una persona que son irrepetibles, que se abren dos caminos y hay que decidir. Y no todos escogen con honestidad, visión de futuro y con los pies en la tierra que les vio nacer.

Algo así vivió Vicente cuando a principios de los ochenta le ofrecieron pactar su particular cruzada del cava valenciano con un acuerdo de mínimos: Cava sería su finca y nada más. “Sería como un hijo único”, dice ahora entre bromas. Pero lo tuvo claro y echó un órdago: o entra en el Cava todo el municipio de Requena o nada. Se guardó el bolígrafo en la chaqueta y no firmó. Si es por el director general del Ministerio, sale de allí entre los escudos de los geos.

Zweig dice en sus “miniaturas históricas” del libro arriba mencionado, que esos momentos estelares son los que “marcan un rumbo para décadas o siglos”. Y así ha sido, porque después de un largo pleito en el que Vicente  y sus socios de entonces lograron ganar, Requena consiguió ser municipio de Cava y hoy, las 22.000 hectáreas de viñedo que posee, son susceptibles de pertenecer a una de las denominaciones con más futuro de nuestro país. 

Una decisión por convicción

“Lo hice por convicción”, resume como quien piensa en voz alta. Y hoy el municipio presume de grandes etiquetas de cavas y produce varios millones de litros de vino base, que repercuten en la economía de la zona.

Previamente, García había estado trabajando en Cataluña. Allí era profesor de enología y microbiología, elaboraba y veía el potencial claro de los espumosos, de ahí que cuando decidió volver “a casa”, se lanzó al proyecto de elaborar espumosos.

Era 1980 y Requena adolecía de espíritu emprendedor. Con su memoria prodigiosa, Vicente nos recuerda que en la Caja Rural llamada “de la Valencia Castellana” no les dieron el crédito de diez millones de pesetas (60.000 euros hoy), porque “no quiero que arruinéis a vuestros padres”, en palabras del paternal director de la sucursal.

Con pocos emprendedores y crédito cerrado, todo invitaba a apagar la luz y olvidar la idea. Pero él se echó la manta a la cabeza y se jugó todos los ahorros por el sueño.

Y lo logró, lo consolidó y más adelante parió Pago de Tharsys, con las ideas absolutamente claras: cavas diferentes, de gama media-alta, para un público sin complejos, que busca calidad.

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