Empresa e identidad: las marcas que anclan el territorio en la España vaciada
Cuando una empresa se convierte en el principal motor económico de un municipio rural, su impacto trasciende el empleo y moldea identidad, cohesión y futuro colectivo.
En la España vaciada no todas las variables pesan igual. Las infraestructuras, la conectividad o los servicios públicos son determinantes, pero existe un elemento que suele marcar la diferencia entre la resistencia y el declive demográfico. Se trata de la presencia de una empresa capaz de actuar como marca ancla. No hablamos únicamente de actividad industrial, sino de una relación estructural entre la compañía y el territorio.
En muchos municipios del interior, la marca no es solo un empleador. Es el principal generador de renta, el sostén del comercio local y, en ocasiones, el elemento que proyecta el nombre del pueblo hacia el exterior. Esa asociación entre producto y lugar crea una simbiosis económica y simbólica que vertebra la comunidad. La población no percibe la fábrica como un ente externo, sino como parte de su propia identidad.
En foros empresariales como la VI Jornada «Impulso de las Marcas por la España Vaciada», organizada por Promarca, se ha pone en valor cómo determinadas compañías alimentarias mantienen actividad industrial en zonas rurales donde otras actividades han desaparecido. El caso de Lanjarón (ubicada en el municipio de nombre homónimo) ilustra esa lógica. La envasadora de agua mineral no solo genera empleo directo en la localidad granadina, sino que sostiene un ecosistema auxiliar que multiplica su efecto en la economía comarcal. El vínculo entre marca y territorio es tan estrecho que la identidad local queda asociada al producto.

Lanjarón, ubicación de la firma homónima.
Lo mismo ocurre con empresas como Deoleo (Alcolea, Córdoba), que ha reforzado la trazabilidad y el origen en sus botellas de aceite, vinculando la calidad del producto a explotaciones agrícolas situadas en zonas rurales con escaso soporte estructural. En estos casos, la continuidad de la marca implica estabilidad para agricultores y cooperativas que dependen de esa cadena de valor.
La marca, por tanto, no solo crea empleo. Crea estructura económica. Y en territorios con baja densidad poblacional, esa estructura es frágil y altamente dependiente.
El vacío que deja una marca cuando desaparece
La otra cara de esta dinámica se manifiesta cuando la empresa ancla entra en crisis o abandona el territorio. El cierre de Marie Claire en Vilafranca del Cid representa uno de los ejemplos más contundentes en la Comunitat Valenciana reciente. Durante décadas, la firma textil fue el eje industrial de la comarca. No era únicamente un empleador relevante, sino un referente histórico y social.
Cuando la actividad cesó, el impacto no se limitó al despido de su plantilla. Se redujo la renta disponible en el municipio, se debilitó el comercio y se intensificó la incertidumbre. En entornos rurales, cada puesto de trabajo industrial tiene un peso relativo mayor que en áreas metropolitanas diversificadas. La pérdida de una fábrica puede alterar el equilibrio demográfico y acelerar la salida de población joven.
El efecto no es solo económico. La desaparición de una marca histórica genera una ruptura simbólica. La comunidad pierde un referente y se erosiona la percepción de futuro. Casos similares se han producido en otras zonas rurales españolas donde industrias agroalimentarias o manufactureras han cerrado plantas con fuerte arraigo local. La consecuencia es un debilitamiento estructural difícil de revertir si no existe una estrategia de reindustrialización inmediata.
Este fenómeno revela una tensión de fondo. La presencia de una gran empresa aporta estabilidad y cohesión, pero también puede generar dependencia. Cuando la economía local gira en torno a una única actividad, la resiliencia se reduce.
Entre el arraigo y la diversificación
Existen, sin embargo, modelos donde la relación entre marca y territorio ha evolucionado hacia mayor equilibrio. Algunas compañías han logrado convertirse en motor económico sin generar una dependencia absoluta, impulsando proveedores, servicios auxiliares y formación especializada. En estos casos, el territorio no solo aloja una fábrica, sino un pequeño ecosistema productivo.
Iniciativas como la reapertura de bares en municipios rurales impulsada por Mahou San Miguel muestran cómo la actividad empresarial puede contribuir a mantener tejido social además de económico. Del mismo modo, proyectos empresariales con componente social, como el de La Fageda en la Garrotxa, demuestran que el arraigo territorial puede combinar rentabilidad y cohesión comunitaria.

Empresa La Fageda, ubicada en Olot.
La lección económica es clara. La España vaciada necesita empresas capaces de actuar como motores, pero también políticas públicas y estrategias empresariales que fomenten diversificación, innovación y formación. La marca ancla puede ser la palanca inicial, pero la sostenibilidad a largo plazo exige una red productiva más amplia.
Cuando esa combinación funciona, el territorio gana estabilidad. Cuando falla, el cierre de una empresa no es un simple ajuste empresarial, sino un shock estructural. Comprender esta dualidad resulta esencial para diseñar una política industrial que no solo atraiga inversión, sino que construya resiliencia territorial en las zonas menos pobladas del país.
Borja RamírezGraduado en Periodismo por la Universidad de Valencia, está especializado en actualidad internacional y análisis geopolítico por la Universidad Complutense de Madrid. Ha desarrollado su carrera profesional en las ediciones web de cabeceras como Eldiario.es o El País. Desde junio de 2022 es redactor en la edición digital de Economía 3, donde compagina el análisis económico e internacional.












