Tan volátil como la crisis

Directora
Economía 3
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De las muchas noticias y comunicados que llegan estos días a las redacciones, ayer me conmovió especialmente el escrito de los asesores fiscales, contables y laborales. En primer lugar, porque expresa pura desesperación y en segundo, porque advierte de un colapso administrativo incalculable.

Esta pandemia nos está poniendo a prueba cada minuto. No hay lamento más hondo que el de perder a un ser querido desde la lejanía, ni impotencia más irracional que la del confinamiento sin respuesta. Es el virus el que nos mata, pero es el aislamiento el que imprime rabia y dolor en cada contagio.

Entre ese mundo de tristeza y los mensajes de superación, hay un gran mar de grises. Es el océano de la COVID que se mueve entre ese gris oscuro y el azul de las calas mediterráneas, donde vivimos la mayoría de los trabajadores y empresarios, donde vivimos millones de ciudadanos.


La ministra de Trabajo hizo algo que hasta entonces ningún miembro del Gobierno se había atrevido a hacer: generalizar sobre un colectivo.

El sábado por la noche el presidente del Gobierno quebró ese mar. Nadie, o por lo menos quien les escribe, puede criticar a Pedro Sánchez por su trabajo y dedicación. Soy incapaz de ponerme en su lugar, en su puesto; pero trato de empatizar hacia una persona que tiene la ingente responsabilidad de llevarnos a buen puerto, al puerto de las aguas cristalinas.

Sin embargo, el viernes el Ejecutivo pareció virar hacia aguas más profundas. La ministra de Trabajo hizo algo que hasta entonces ningún miembro del Gobierno se había atrevido a hacer: generalizar sobre un colectivo. Ni siquiera lo habían hecho hacia las autonomías que andan buscando como locas material sanitario por su cuenta en el mercado chino. Todo iba en una línea de contención, de unidad y mesura acorde con los tiempos convulsos.

Díaz anunció la prohibición de despedir y las revisiones de oficio de los ERTE sin mediar pacto entre los agentes sociales. Generalizó sin pudor sobre la ética de los empresarios y estoy convencida de que Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, habría hecho declaraciones muy distintas a mis preguntas esa misma tarde.

Quizás Economía 3 no tendría que haber publicado la entrevista con el presidente de la patronal, porque el contexto era el de las 11.30 horas de la mañana del viernes y los algodones hacia el Gobierno llegaban hasta el punto de pedir paciencia por la tardanza en las ayudas del ICO dirigidas a la liquidez. Puedo hacerme una idea de la cara que se le quedó a Garamendi, desde su teletrabajo. También de cómo miraría Salvador Navarro su teléfono al comprobar como su defensa de la ética empresarial se iba por el retrete en cinco segundos.


La prohibición de despedir fue un acto de valentía que pareció tirar más de corazón que de cabeza, porque mucha gente se pregunta si tendrá trabajo al que volver.

Los sindicatos y los empresarios conocían algunos casos de abuso en los ERTE y estaban decididos a denunciar esas circunstancias abusivas y rastreras. El problema es que el Gobierno fue más allá sin contar con los agentes, al menos con una parte de ellos. No soy empresaria, pero entiendo que se sintieran ofendidos. Entiendo que cuando nadas para sobrevivir no piensas en llegar a la playa hecho un pincel y con el mismo traje, piensas en llegar entero.

La prohibición de despedir fue un acto de valentía que pareció tirar más de corazón que de cabeza, porque mucha gente se pregunta si tendrá trabajo al que volver. Desde luego, muchos trabajos desaparecerán y otros tantos mutarán porque se ha demostrado que el teletrabajo es viable en sectores que no lo practicaban.

¿Qué habría pasado si la ministra hubiera ofrecido un acuerdo para fijar medidas sancionadoras ejemplares a los tramposos y a los buitres?

Echar incertidumbre al mar

Se empezaba a gestar una tsunami que, sinceramente, no vi venir. Lo digo porque el aviso de comparecencia de Pedro Sánchez el sábado por la tarde noche había vuelto a encender la creatividad de los españoles vía meme. Entrábamos en la hora de prime time y todos apostábamos por un nuevo discurso de moral y victoria. Pero he ahí que salió a relucir la peor de las incertidumbres: la indefinición.

Pedro Sánchez en sí era un VUCA -siglas inglesas de volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad. Una medida de ese calado y de profunda restricción de libertades se despachó por videoconferencia y sin poder aducir sorpresa. ¿Cuántas veces oímos que venía una semana dura, los días peores?

Llevábamos viajando hacia el infierno del coronavirus cinco días y de repente, había que parar máquinas. Los sindicatos y sobre todo, determinados sectores había pedido parar por cuestiones de seguridad. Todos nos afanábamos en ganar tiempo a un virus que nos ha cambiado para siempre, pero no era necesario según el Gobierno y los expertos. ¿Tampoco era necesario planearlo?


Pedro Sánchez en sí era un VUCA. Una medida de ese calado y de profunda restricción de libertades se despachó por videoconferencia

La voracidad del día a día no dejaba mirar hacia China o Italia, quiero pensar; porque solo el confinamiento, la bien llamado ahora distancia social, sirve para prevenir y parar la pandemia.

Y es aquí cuando me acuerdo de los asesores y de su carta, porque citan directamente a los autónomos, a los comerciantes y las micropymes y a los miles de trabajadores que directamente aún no saben si el ERTE se ha aprobado, cuánto van a cobrar, cómo van a presentar los papeles de los impuestos … ¿Creen que la renta se prepara sola?, vienen a decir.

El remate final fue la limitación de la movilidad a los servicios esenciales. ¿Nadie le pudo preparar al presidente del Gobierno una lista de servicios esenciales? ¿Nadie tampoco la pudo escribir el domingo a la ministra? Hoy miraremos todos la lista del BOE tras dos días de pura y vital incertidumbre.

Desde el sábado, tengo la gran ventaja y la gran suerte de saberme esencial en mi condición de periodista que tiene trabajo; pero como mediterránea les digo que si al mar le echas incertidumbre, seguramente se volverá, no gris, sino negro.

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