Entrevista a Juan Pedro Font de Mora

Railowsky: “Lo más revolucionario que hay es dedicarte a lo que te gusta”

"Si me toman como referencia en la fotografía es porque de los que empezamos en Railowsky, soy el único que sigue. Pero no me considero un mecenas".

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Juan Pedro Font de Mora. | Foto: Vicente A. Jiménez

Una buena mañana fuimos a Railowsky con la excusa de hablar de la recién creada fundación homónima y del nuevo centro fotográfico La Llotgeta, que inauguró en abril en colaboración con la Fundación Caja Mediterráneo. Pero, como alguien dijo refiriéndose al Everest, no hace falta ninguna excusa para ir a Railowsky: hay que hacerlo simplemente porque existe y está aquí. Y si se va con los bolsillos alegres, mejor.

“Cuando buscábamos un nombre para la librería, mi hermano, Pepe, tenía la obsesión de que fuera realmente original. Hizo un brainstorming en su casa y un amigo común se acordó de que en la foto más mítica de Cartier-Bresson, que siempre se pone como ejemplo de ‘instante decisivo’, con la silueta que está a punto de pisar un charco y después convertimos en nuestro logo, al fondo salía un cartel en el que se leía Railowsky. ‘¿Por qué no ponemos ese nombre?’ Entonces la gente empezó a decir, hombre, eso es una marcianada, cómo le vas a poner Railowsky…Es difícil de pronunciar, de recordar… Y mira, ha funcionado comercialmente. No sé cómo, la idea triunfó.

Los primeros años teníamos la mala costumbre de hacer invitaciones en papel, unos cartones del tamaño de un sobre americano, y con eso informábamos de novedades a unas 2.000 personas e instituciones. La venta por correo funcionaba muy bien. Casi 100 cartas se enviaban a distintos sitios de Europa, y Cartier-Bresson nos contestó un par de veces. Una de ellas nos envió una postalita, muy agradecido porque utilizáramos la imagen, fíjate que con una mentalidad más mercantilista nos podría haber denunciado. Y nos explicó la verdadera historia: lo que ponía en el cartel realmente no era Railowsky, sino Brailowsky, un pianista ruso que actuaba en ese momento, 1932, en París, pero la B se había rasgado”.

Esos raritos

– No siempre la fórmula acierta, pero al ser una palabra extraña, si te apropias de ella, ya estás comunicando.

– Hablamos de la España de 1985, que parece próxima pero no tenía nada que ver con ahora. El hecho de poner nombres raros ahora está de moda, pero entonces no, y además partíamos también de otro hándicap: cogimos el traspaso de la librería Dona que era feminista, en el barrio más de derechas de toda València y en una época muy conflictiva. Les ponían pintadas y les rompían cristales. Y entonces, llegan otros raritos, que parece que solo quieren promocionar la fotografía, pero le ponen un nombre ruso a la librería (Ríe). Tampoco parecía muy adecuado el tema…

Railowsky

| Foto: Vicente A. Jiménez

– No me había parado a pensar en lo de la ubicación. ¿Tuvisteis algún problema por dedicaros al arte, ese mundo de vagos y maleantes?

– No. Siempre está bien que una librería especializada esté en un sitio céntrico, pero realmente da igual donde la pongas. El problema es que costaba que la gente entrara. Para eso, incluso pusimos una fotocopiadora. Luego, una sección de libro infantil. Pero fuimos redefiniendo la especialización hacia lo que realmente nos interesaba.

– Estás considerado una referencia en el mundo de la fotografía en València. ¿Te abruma o te sientes identificado?

-El principal mérito es la resistencia y la coherencia en el trabajo. Si últimamente me toman como referencia es porque de los que empezamos en Railowsky, soy el único que sigue y el nombre se identifica conmigo. Pero no me considero un mecenas. Nos aproximamos más a una ONG, es prácticamente trabajar por amor al arte, porque la ganancia que se saca es poco o nada. Sí que hemos servido de trampolín de fotógrafos a los que dimos la oportunidad de exponer aquí cuando eran jóvenes y luego han conseguido bastante fama. Me considero, fundamentalmente, librero.

– ¿Cómo nació Railowsky?

-Empezamos tres socios muy jovencitos. Mi hermano, que tenía 23 años, Ignacio Páes y yo, con 21, un poco una locura. A mí me gustaban mucho los libros y a mi hermano los libros y la fotografía. Entonces pensamos que una fórmula interesante sería crear un monstruo cultural con dos cabezas. Un monstruo en el sentido negativo, porque somos muy pequeñitos, pero es la filosofía que se ha mantenido y eso creo que la gente también lo valora.

– Puede que sea un monstruo pequeño por el tamaño, pero no por la influencia.

– Sí. Por ejemplo, este verano estuvimos en el festival de fotografía Ojos Rojos de Xàbia, que celebra su primera edición. Hice una charla sobre fotolibros y el punto fuerte fue una exposición acerca de la Fundación Railowsky. Al presentarla, dije que entre las 45 fotos que había, no habíamos comprado prácticamente ninguna, como mucho una o dos, porque la colección se ha hecho a base de donaciones y préstamos. La filosofía Railowsky siempre ha sido hacer mucho con poco. Quizá ahora, a través de la Fundación, tengamos que cambiar el chip.

Railowski

| Foto: Vicente A. Jiménez

– Con las dificultades que conlleva, como has mencionado, mantener la librería, ¿cómo surge la Fundación?

– Ha sido otro de los “milagros” de Railowsky (ríe). Mi obsesión es mantener el proyecto cultural fotográfico. Tengo un carácter que llamo “realista-pesimista”. Desde que abrimos la librería, siempre he pensado que inminentemente se iba a cerrar. Ese carácter, que podríamos denominar como “sentimiento trágico de la vida”, me llevó, en un momento dado, por mi propia tranquilidad vital, a buscar una fórmula para que el proyecto cultural no despareciera. Hablando con mucha gente, vi que la fórmula ideal era la Fundación. El problema es que exige un soporte económico. En nuestro caso pensamos que el único patrimonio que podíamos ofrecer para constituirla era nuestro patrimonio fotográfico, unas 114 fotografías. Ese patrimonio se considera un “bien fructífero”, un término que no había oído en mi vida, pero se refiere a un bien que pueda dar frutos para mantener un proyecto.

Dos colecciones en La Llotgeta

– Esas fotografías, ¿se expondrán en La Llotgeta?

– Es uno de los objetivos. Dentro del convenio con la Fundación Caja Mediterráneo, que en su época fuerte adquirió mucha obra importante y tiene un buen fondo fotográfico, moveremos ambas colecciones en La Llotgeta y en otros sitios.

Entre ellas, tenemos fotografías famosas, como la del Che Guevara obra de Alberto Korda. Hace años trajimos a València obra de Korda para una exposición y de Osvaldo Salas, que para mí es mejor fotógrafo pero menos conocido. Korda es más conocido pero porque esa foto le marcó, en todos los sentidos. La compramos por 50.000 pesetas. Y resulta que en Cuba era capaz de regalarte una copia por un par de botellas de whisky o si eras una chica de buen ver.

El objetivo fundamental de la Fundación es mantener el proyecto y, con el tiempo, engrandecerlo porque tendré más tiempo para dedicar a cosas no comerciales. En diciembre cumplo 56 y mi objetivo es jubilarme a los 63, porque llevo muchos años cotizados, pero no está claro que lo pueda conseguir. El panorama laboral que estamos viviendo es muy triste y por eso le digo a todo el mundo que lo más revolucionario que hay es hacer lo que te gusta. Aunque vivas de forma muy justita. Total, vas a vivir igual haciendo cosas que no te gusten.

– Muy buen consejo, pero hombre, vivir de lo que te gusta no es nada fácil.

– Es complicadísimo.

“La Llotgeta ha demostrado que hay interés por la fotografía”

-La primera exposición de La Llotgeta, dedicada a Jean Laurent, se prorrogó del 30 de junio al 25 de julio. En primer lugar, ¿cómo conseguisteis el edificio de la Llotegta? ¿Con apoyo público?

-No, de momento, todos los medios los aporta la Fundación Caja Mediterráneo, que está en una fase de renovación, en la que entran proyectos atractivos, como fue este caso. La propuesta de convertir a la Llotgeta en centro fotográfico partió de la Fundación Railowsky. A partir de ahí, establecimos una serie de conversaciones que llegaron a buen puerto, con un convenio de 3 años. De momento no se reciben fondos externos de instituciones públicas ni privadas pero estamos en ese trabajo.

-¿Qué balance has hecho de la primera exposición?

-Muy positiva. La inauguración ya fue bestial, con más de 200 personas. Me emocioné porque vi que el mundo fotográfico y cultural de València apoyó la iniciativa, los medios de comunicación se portaron de maravilla. Y ha tenido más de 10.000 visitantes. Eso demuestra el interés que hay por la fotografía.

-¿Cuál es el siguiente paso?

-Estamos con la exposición de Juan Manuel Castro Prieto, un fotógrafo madrileño muy conocido. Es un trabajo, en color, sobre una zona abandonada de Siberia. Muy plástico y muy potente. Se inauguró el 25 de septiembre y estará hasta principios de enero.

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