Biodegradabilidad y compostabilidad: diferencias, procesos y ensayos para certificarlas

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Nuestro actual modelo de desarrollo ha permitido alcanzar un elevado nivel de bienestar en las sociedades occidentales, pero sus externalidades negativas, entre ellas su impacto medioambiental, también se están haciendo cada vez más evidentes. La sostenibilidad del modelo lineal basado en producir, consumir y tirar está en entredicho y, frente a él, ha surgido el modelo de economía circular, que se asienta sobre la lógica de reducir, reutilizar y reciclar.

Para dar sustento normativo a este nuevo paradigma socioeconómico, la Unión Europea (UE) ya ha empezado a poner las cartas sobre la mesa. Así, en 2018 publicó el documento “Una estrategia europea para el plástico en una economía circular” que, entre otras metas, establece que en 2030 la demanda de plástico reciclado deberá cuadruplicarse con respecto a 2015 y que el 100% de los envases plásticos puestos en el mercado comunitario deberán ser reutilizables o reciclables (reciclado mecánico u orgánico, por lo que se incluyen compostables).

Esta nueva estrategia, unida a la legislación ya en vigor, ha supuesto un aliciente para el conjunto de la industria a la hora de buscar alternativas más sostenibles para contener, proteger y distribuir todo tipo de productos.

Entre esa legislación se encuentra el Real Decreto 293/2018, que traspone la Directiva 2015/720 de la UE y que establece la prohibición definitiva desde el 1 enero de 2020 de las bolsas de plástico ligeras que no sean compostables, y, a nivel autonómico, diversas comunidades, como Baleares, Navarra y la Comunitat Valenciana, ya han aprobado o están perfilando leyes para prohibir la comercialización de utensilios de un solo uso, como platos, vasos, cubiertos y pajitas desechables que no sean compostables o fabricados con un alto contenido de materiales biodegradables.

Ante este escenario, las empresas están apostando cada vez más por materiales que sean sostenibles, como los bioplásticos. Un material se considera bioplástico cuando éste procede de fuentes renovables o es biodegradable o se dan ambas situaciones. Según un informe de European Bioplastics, los plásticos biodegradables, de entre los que se encuentra el PLA o plásticos basados en el almidón, representan el 42,9% de la producción total de bioplásticos, que se estima que en 2017 fue de 2,05 millones de toneladas.

La Directiva 2018/852 contempla dos tipos de reciclaje: el físico-químico (que incluye el reciclado mecánico, el reciclado energético y el reciclado de constituyentes) y el orgánico. El reciclado orgánico se basa en el tratamiento aerobio (compostaje) o anaerobio (biometanización) mediante microorganismos y en condiciones controladas con el fin de transformar los materiales en residuos orgánicos estabilizados o de metano.

En materia de compostaje, son frecuentes las dudas que surgen al hablar sobre biodegradabilidad y compostabilidad. Un material “biodegradable” es aquel que puede descomponerse en elementos químicos naturales por la acción de agentes biológicos como bacterias, plantas o animales, junto con otros agentes físicos como el sol o el agua, en condiciones ambientales que se dan en la naturaleza y que transforman estas sustancias en nutrientes, dióxido de carbono, agua y biomasa.

En tanto, “compostable” significa que puede ser degradado por la acción de organismos (es decir, biológicamente) produciendo dióxido de carbono, agua, compuestos inorgánicos y biomasa en un periodo de tiempo controlado y bajo unas condiciones determinadas. Por tanto, todos los materiales compostables son biodegradables, pero no todos los biodegradables son compostables.

El compostaje consiste en el tratamiento aeróbico de las partes biodegradables de los residuos de envases, con producción de residuos orgánicos estabilizados, bajo condiciones controladas y utilizando microorganismos, según la Directiva Europea 94/62. Esta opción final de su vida útil es más sostenible y respetuosa con el medio ambiente que otros, como la eliminación de residuos.

Estimándose que dos terceras partes de la superficie española está expuesta a la desertificación, siendo el riesgo muy alto en el 11% del territorio, el uso de compost de calidad incrementaría la fertilidad del suelo al mejorar la estabilidad estructural, capacidad de intercambio catiónico y población microbiana encargada de mineralizar la materia orgánica.

En el ámbito del packaging, la norma que establece los requisitos para envases y embalajes valorizables mediante compostaje es la EN 13432 – Envases y embalajes. Requisitos de los envases y embalajes valorizables mediante compostaje y biodegradación. Programa de ensayo y criterios de evaluación para la aceptación final del envase o embalaje.

Los ensayos asociados a la EN 13432 simulan un proceso de compostabilidad industrial, que se puede aplicar a materiales de base plástica y celulósica, es decir, con alto contenido orgánico, y en el que se definen cuatro fases.

En la primera etapa, la de caracterización, se determinan los metales pesados y sustancias peligrosas de la muestra, ya que un nivel alto, superior al marcado por la legislación, supondría una acumulación de estas sustancias en el medio ambiente que pueden producir impactos negativos.

Posteriormente, en la etapa de biodegradación se determina si la muestra, o el carbono orgánico de la misma, es asimilable por los microorganismos a lo largo de los 6 meses de ensayo. En tercer lugar, la etapa de desintegración evalúa la fragmentación del envase en condiciones de compostaje industrial recuperando el material introducido tras 12 semanas de ensayo.

Por último, la fase de ecotoxicidad o calidad final del compost se lleva a cabo mediante la guideline 208 OECD en la que se observa el efecto tóxico del compost producido durante la fase de desintegración sobre las plantas superiores, tanto en germinación como en crecimiento. Itene está certificado por organismos reguladores como BPI, DIN CERTCO y TÜV AUSTRIA y cuenta con las instalaciones necesarias para realizar este tipo de ensayos.

Por otra parte, existe una demanda creciente por parte de los consumidores para que los materiales puedan ser compostables no solamente de forma industrial, sino también a nivel doméstico. En ese sentido, la entidad certificadora TÜV Austria ha puesto en marcha un nuevo sistema de certificación denominado HOME OK COMPOST para identificar aquellos productos que pueden compostarse en el jardín de casa.

En este proceso, y debido al volumen comparativamente menor de residuos, la temperatura de una pila de compost de jardín es claramente menor y menos constante que en un entorno industrial de compostaje. Por tanto, el compostaje en el jardín es un proceso más difícil y lento. Así, si en un ensayo de compostaje industrial se requiere una temperatura de 58ªC y 6 meses de duración para demostrar la biodegradación, un ensayo de home compost se realiza a una temperatura de entre 20 y 30ºC durante un período de 12 meses.

Por otra parte, dependiendo del medio en el que el material puede terminar tras su uso, es posible certificar la biodegradabilidad en medio marino, agua dulce y suelos. En el caso del agua marina, el método de ensayo, basado en la norma UNE-EN ISO 19679:2018, determina la cantidad de CO2 generado con el fin de determinar el porcentaje de biodegradabilidad aeróbica (con presencia de oxígeno) de los materiales cuando se depositan sobre sedimentos arenosos marinos en la interfaz entre el agua de mar y el fondo oceánico hasta donde llega la luz solar.

Existen también normativas para aquellos ensayos que permiten determinar la biodegradabilidad de un material en agua dulce (UNE-EN ISO 14852:2005) y en suelo (UNE-EN ISO 17556:2013).

Con los ensayos disponibles y la normativa en vigor, demostrar la compostabilidad o biodegradabilidad de los materiales de envase y embalaje supone una oportunidad para las empresas que quieren mostrar que están a la vanguardia en sostenibilidad, respondiendo a las demandas de la sociedad.

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