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El fin de la civilización, tal y como la conocemos

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Un milenio antes de nuestra era, los fenicios desarrollaron un alfabeto compuesto de 22 consonantes. Este alfabeto era el resultante de un proceso evolutivo e intelectual que fue descomponiendo los ideogramas hasta desembocar en lo que hoy llamaríamos un descubrimiento disruptivo.

Porque el alfabeto es el principal instrumento para la comunicación, la transmisión de ideas, la fijación de la palabra hablada, el origen de la historia, el vehículo por el cuál se difunde el conocimiento y el avance científico. Forma parte de lo que definimos como humanidad.

El espíritu comerciante y aventurero de los fenicios hizo que difundieran su invención por la costa mediterránea, dando así origen a los alfabetos griego, ibero y latino que, a su vez, aportaron las vocales. Del griego diversas variantes: cirílico, copto, gótico … A través de las redes comerciales hanseáticas, el alfabeto llegó al frío norte, donde evolucionó hacia las runas.

Cada idioma aporta sus peculiaridades (la eñe española, la cedilla francesa, la doble ss germánica, la O atravesada escandinava … sin entrar en las consonantes acentuadas de algunos idiomas eslavos).

La simplificación del alfabeto favorece el avance de la humanidad, porque con muy pocos elementos tenemos infinitas posibilidades. Pero, bueno, eso ya lo contó Borges en el Aleph.

El alfabeto tiene una enorme ventaja sobre los idiomas que necesitan un símbolo para representar cada concepto, cada objeto, cada sensación. Porque se necesita una enorme capacidad memorística ya no para recordarlos, sino para crear un ideograma diferente cada vez que surge algo nuevo. Los ideogramas se complican cada vez más, son más difíciles no sólo de recordar, sino también de dibujar. Hay ideogramas chinos que constan de ¡17 trazos!. Como para ir con prisas.

Eso, sin contar la dificultad de mecanización. No voy a explicar aquí -sería largo e innecesario- los sistemas de trasposición fonética a ideograma que se han desarrollado para mecanizar la escritura en chino o japonés. De hecho, hasta que la informática no avanzó lo suficiente, la escritura en idiomas sin alfabeto fue manual, a excepción, claro está, de lo impreso. En el siglo XX las máquinas mecánicas de escribir tenían más de 2500 ideogramas, lo que, desde luego, no facilitaba su uso para el común de los mortales.

Pero sigamos con lo nuestro. El alfabeto, además, incorpora un orden y ese orden nos permite contar con algo tan maravilloso como son las enciclopedias o encontrar las cosas rápidamente: Sin ir más lejos, los teléfonos de los amigos, las facturas de un proveedor o las palabras en el diccionario. ¿Cómo archivaríamos y, sobre todo, localizaríamos las cosas sin alfabeto?

El alfabeto, pues, es un motor de la evolución humana.

Pero, señores, eso se ha acabado.

Porque algo tan imprescindible, tan útil y con tantas aplicaciones está en peligro de muerte. Los chinos y japoneses, esos que de la casi infinita lista de ideogramas, están ganando la partida. A día de hoy hay más de 2.800 emoticonos en circulación tanto en la versión de Loufrani como en la de Kurita.

Ya no mandamos mensajes, mandamos emojis. Y, francamente, soy incapaz de traducir más allá del corazón, el mojón, el beso o el guiño … bueno, y la flamenca.

Ahora me pregunto como se escribirá El Quijote con emojis, o como se subtitulará una película en versión original o como será un prospecto farmacéutico.

No me imagino a los profesores corrigiendo exámenes llenos de caritas. ¿Cómo se publicarán las leyes y las sentencias judiciales? Estoy francamente 🙁

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