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Personas, incentivos y compromiso

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Profesor Dpto. Economía y Empresa
Universidad CEU Cardenal Herrera
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Enrique Lluch

Una mañana, un viejo cherokee le contó a su nieto una historia acerca de una batalla que ocurre en el interior de las personas. Le dijo: “Hijo mío, la batalla es entre dos lobos dentro de todos nosotros. Uno es malvado (ira, envidia, celos, tristeza, pesar, avaricia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, soberbia, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego). El otro es bueno (alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, amistad, empatía, generosidad, verdad, compasión y fe)”. El nieto lo meditó por un minuto y luego preguntó a su abuelo: “¿Qué lobo gana?”. El viejo cherokee respondió: “Aquél al que tú alimentes”.

Comienzo este artículo con un cuento de una sabiduría alejada de la nuestra, pero que nos puede dar enseñanzas para el mundo de la empresa. Porque los lobos que habitan en nuestro interior no solo son alimentados por nosotros mismos, sino que el entorno, las instituciones y las personas que tenemos alrededor también pueden alimentarlos o dejarlos morir de hambre en un rincón de nuestro interior.

Sin embargo, muchos consideran que la sabiduría que muestra este cuento es falsa. Existe una concepción bastante generalizada (especialmente en el mundo económico, aunque no solo en él), de que solo tenemos un lobo en nuestro interior: el malvado.

Estas personas consideran que todos somos malos (con la normal excepción de quienes lo afirman, que suelen serlo solo porque no tienen más remedio debido a la maldad de los otros); que no existe en nuestro interior el lobo bueno, o que este está maniatado sin poder hacer nada. Por ello, hay que tratar a las personas con desconfianza, con prevención, intentando guarecerse de su maldad intrínseca. Al malvado, hay que tratarlo como tal, pues en caso contrario, podemos salir escaldados.

Profecía autocumplida
Tratar a las personas como si fueran malvadas tiene una doble consecuencia, ajustada a lo que los economistas llamamos “expectativas racionales” y los psicólogos “profecía autocumplida”.

Si nosotros tratamos a alguien con desconfianza, como si nos fuese a engañar y no pudiese o supiese hacer nada bueno, al final provocamos que esta persona se comporte con las expectativas que nosotros ponemos en ella.

Estamos alimentando su lobo malvado y este se fortalece gracias al alimento que está recibiendo de fuera. A fuerza de ignorar su lobo bueno, de dejarlo a un lado como si no existiese, de menospreciarlo, este se ve anulado y es el malvado el que se fortalece gracias a nuestra colaboración.

Al final, la expectativa que ponemos de que todo el mundo es malo, acaba cumpliéndose debido a que nosotros mismos hemos alimentado desde fuera esta parte de las personas con las que tratamos.

Esto sucede con demasiada frecuencia en la economía y en el interior de las empresas. Muchos directivos consideran que las personas que están a su cargo, más que compañeros en una empresa común, son competidores que tienen unos intereses opuestos a los suyos y a los de la empresa.

Incentivos atractivos
Por ello, hay que intentar llevar en la buena dirección esas intenciones perniciosas para los objetivos del directivo o de la empresa, mediante incentivos que puedan resultar atractivos al trabajador. Con ello se busca que, esta pequeña recompensa ajustada al egoísmo de quien la recibe, reorientará su actuación en una dirección adecuada a los fines de la Dirección o de la empresa.

Estos incentivos pueden tener unos resultados positivos y acordes con el propósito de la dirección que los fija, pero no siempre tiene por qué ser así.

De hecho, con frecuencia esta política acaba despertando al lobo malvado de las personas del equipo, de modo que estas se limitan a lograr aquello que les permite alcanzar el incentivo, sin ningún otro tipo de compromiso con el común o el equipo.

La persona piensa que, si lo único que pretende su equipo directivo es premiarle por hacer algo, eso es lo que tiene que hacer descuidando el resto, y solamente se esfuerza en aquello que conlleva la correspondiente recompensa.

El lobo malvado ha sido alimentado por el equipo directivo y ha cogido fuerza en el interior de las personas que trabajan en la empresa, cumpliendo las expectativas que en él habían puesto los dirigentes de la empresa. Estos últimos se ven reforzados en su “a priori” cuando ven los resultados de sus políticas de incentivos.

Confirman lo que creían desde el principio: todas las personas son malas, solamente buscan su propio interés, y creen haber abordado bien desde el principio este asunto tal y como demuestran los resultados finales.

El lobo bueno
Sin embargo, existe otro estilo de dirección que, sin olvidar la existencia del lobo malo (no hay que irse al otro extremo del “buenismo”, pensando que todo el mundo es bueno y que no existe maldad en el interior de las personas), desde una postura realista se encarga de alimentar, potenciar y estimular al lobo bueno.

Se trata de políticas que trabajan el compromiso del trabajador, que buscan equipos cohesionados, que cooperan entre sí a partir de valores compartidos; que potencian un ambiente positivo de trabajo, en el que las personas puedan extraer lo mejor de sí mismas.

El equipo directivo busca así estimular los comportamientos comprometidos con el equipo y con el trabajo en común, acorralando e impidiendo que el lobo malvado de las personas tome demasiada fuerza.

Al igual que sucedía en el caso anterior, alimentar una parte y dejar a la otra sin posibilidades, hace que esta se desarrolle de una manera más armónica y que la segunda quede arrinconada sin poder salir de su parcela.

Abandonar la concepción de “todo el mundo es malo”, para pasar a la idea de que todo el mundo tiene su lado positivo y este puede ser potenciado y alimentado para construir equipos positivos y cohesionados, es un cambio positivo para las personas, para los equipos y para las empresas que estos construyen.

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