La pastilla roja y la inversión en Bolsa

Profesor Grado en Dirección de Empresas Universidad CEU Cardenal Herrera 

eduardo-esteve-CEUDesde el punto de vista del inversor individual, la Bolsa de Valores se presenta como una opción para incrementar el patrimonio personal. Para ello, es necesario comprar una acción a un precio en un momento del tiempo, para venderla a un precio superior en un momento posterior (operando en corto es posible obtener ganancias cuando el precio baja, ya que la venta se efectúa antes que la compra).

El elemento sustantivo de una estrategia inversora es, por tanto, ser capaz de vaticinar la evolución del precio de la acción. Para ello, los analistas y asesores financieros utilizan fundamentalmente dos tipos de análisis. El primero de ellos es el análisis fundamental, desarrollado por Benjamin Graham y David Dood en 1934. Para pronosticar la evolución futura del precio de una acción, se compara el valor actual de mercado con su valor fundamental. Si este último es mayor que el primero, se espera que el valor de la acción aumente, y que disminuya en caso contrario.

El elemento clave es, obviamente, la determinación del valor fundamental. Para ello se utiliza toda la información disponible en los estados financieros de la empresa, entorno económico y cualquier dato relevante que se piense puede afectar al valor de la acción. Así mismo, se hace uso de técnicas de valoración de empresas.

El segundo método prospectivo es el análisis técnico. Su génesis se encuentra a finales del siglo XIX, de la mano del periodista y economista Charles Henry Dow. Se basa en el supuesto de que el precio recoge toda la información relevante sobre el valor de la acción (hipótesis de los mercados eficientes), que los precios se mueven en tendencias y que lo acontecido en el pasado es informativo para pronosticar los precios en el futuro. Como herramienta de trabajo se utilizan, fundamentalmente, los análisis gráficos, a través de los cuales se extrapola el precio del futuro a partir de los precios pasados.

Ha llegado el momento, en terminología platónica, de que nos apartemos de las sombras y enfrentemos directamente al sol. O, como Neo en ‘Matrix’, de ingerir la pastilla roja y pasar del mundo de las ensoñaciones a la realidad.

Realidad virtual

Como sostienen egregios estudiosos y académicos (desde el premio Nobel Daniel Kaneman, a Amos Tversky, Steven Pinker y Nassim Taleb, entre otros), nuestro cerebro genera una realidad ‘virtual’, en la que los sucesos ocurren por una causa definida. Somos capaces de entender las causas de los diferentes acontecimientos y, con una preparación adecuada, podemos prever la evolución de acontecimientos futuros (el precio de las acciones, la evolución del conflicto en Ucrania, la situación económica…), con un error razonable.

La realidad es muy distinta, como se sustancia en “Pensar rápido pensar despacio”, y el azar desempeña un papel preponderante en la inmensa mayoría de los fenómenos sociales y económicos. De forma que, pensamos ingenuamente que entendemos muchos acontecimientos del pasado (falacia narrativa), y ello genera la intuición de que también somos capaces de augurar con razonable precisión los eventos futuros.

Naturalmente, surge la cuestión de por qué nuestro cerebro produce una realidad apócrifa en la que el papel del azar es subestimado, o en algún caso eliminado, y nuestro control de las situaciones, comprensión de los hechos, capacidades y habilidades, son sobreestimadas en gran medida.
La respuesta viene de la mano de la psicología evolutiva. Nuestro sistema cognitivo se ha desarrollado tras millones de años de evolución, y los procesos de cambio no han ido encaminados a generar una representación fidedigna de la realidad, sino que se ha conformado aquel sistema cognitivo que ha sobrevivido y adaptado mejor al entorno.

Durante el proceso evolutivo, en el Paleolítico, el entorno era relativamente sencillo y el cerebro se adaptó a ese entorno, en el que los fenómenos eran relativamente simples. Con la formación de los Estados y la complejidad creciente de las estructuras sociales, aceleradas en los últimos decenios por el progreso tecnológico y la globalización, la realidad que tiene que entender nuestro cerebro ha incrementado su complejidad exponencialmente, mientras que la capacidad del mismo se ha mantenido invariable.

Por lo tanto, nuestro cerebro, en ciertas situaciones, dibuja escenarios ingenuos y poco plausibles, tanto porque su proceso evolutivo no está diseñado para generar una realidad veraz en todas las circunstancias (solo en aquellas que están relacionadas con la capacidad de supervivencia), como por la creciente complejidad de la misma.

Los estudios académicos avalan la tesis de que, en entornos complejos y sometidos a incertidumbre, como es la cotización de las acciones, nuestra capacidad predictiva es básicamente nula. Adicionalmente, si se cumple en gran medida la teoría de los mercados eficientes, de forma que el precio de las acciones incorpora toda la información relevante disponible, no sería posible vaticinar la evolución del precio de las acciones en el futuro, incluso si dispusiéramos de cerebros con mucha más capacidad.

Por tanto, como recomendación de inversión de lo dicho anteriormente y de artículos académicos como “Trading is Hazardous to Your Wealth”, se puede colegir que lo razonable es no gastarse el dinero en recibir asesoramiento de expertos (en el caso de los fondos de gestión invertir en los de gestión pasiva frente a los de gestión activa), ni dejarse engatusar por afirmaciones que están avaladas por métodos expertos, como el análisis fundamental o el análisis técnico, y mantener la inversión en el medio/largo plazo.


Universidad CEU-Cardenal Herrera

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