IA sí, pero ¿qué aporta realmente al negocio?
Scott Zoldi, Director de Analítica en FICO
Consideramos la independencia de los bancos centrales de las autoridades políticas como uno de los pilares más relevantes del diseño institucional de las economías modernas. Tanto la teoría económica como la práctica de la política monetaria se han sustentado desde hace más de un siglo en la idea de que separar las decisiones técnicas sobre tipos de interés, control de la inflación y estabilidad financiera del ciclo político reduce los riesgos de inflación crónica, fomenta la credibilidad de las instituciones y refuerza la estabilidad macroeconómica.
No obstante, no se puede dar por sentada la mencionada independencia de estas instituciones ya que, muchas veces, en la práctica, las decisiones de los bancos centrales en materia de política monetaria tienen efectos directos en la marcha de las economías de los distintos países y, por ello, afectan directamente a la política en temas tan espinosos como el coste de la deuda pública, el acceso al crédito y el crecimiento económico. En consecuencia, siempre ha existido cierta tentación por parte de los poderes políticos, gobiernos y parlamentos de influir sobre las decisiones de política monetaria, especialmente en épocas de crisis; épocas que suelen llevar a los gobiernos a incrementar los niveles de deuda de sus estados.
Sin embargo, y en nuestra opinión, el mantener la independencia de las decisiones de política monetaria de los políticos es fundamental ya que estos suelen tener como principal objetivo alcanzar la popularidad en el corto plazo, por lo que suelen presionar a los bancos centrales en aras a que apliquen políticas monetarias expansivas, demandando rebajas de los tipos de interés oficiales y medidas para la ‘impresión’ de dinero, lo que a corto plazo puede beneficiar el crecimiento económico y la creación de empleo, pero que, a medio y largo plazo, siempre termina por generar inflación y desajustes financieros estructurales en los estados.
Es por ello que al otorgar a los bancos centrales un mandato claro, generalmente el control de la inflación y la generación de empleo, así como autonomía operativa, se busca asegurar que las decisiones se tomen con criterios técnicos, basados en análisis macroeconómicos y en la estabilidad a largo plazo, y no en base a los calendarios electorales. La experiencia de los años 70, periodo en el que la inflación terminó por descontrolarse, reforzó este paradigma. Desde entonces, instituciones como la Reserva Federal (Fed), el Banco Central Europeo (BCE), el Banco de Japón (BoJ) y el Banco de Inglaterra (BoE) han sido dotadas de un mayor grado de autonomía.
No obstante, en las últimas décadas, concretamente desde la Gran Crisis Financiera de finales de la primera década del siglo XXI, esta independencia ha sido puesta en entredicho, con la aplicación de políticas monetarias no convencionales, con tipos de interés incluso negativos y con la intervención masiva en los mercados de deuda. Todo ello ha terminado aumentando el peso político de los bancos centrales, favoreciendo los objetivos políticos cortoplacistas de los distintos gobiernos, que se han malacostumbrado a que las autoridades monetarias terminen siempre por arreglar y corregir sus excesos.
Quizás el ejemplo más reciente de todo lo expuesto es la presión que está ejerciendo actualmente el presidente de EE.UU., Donald Trump, sobre la Fed, concretamente sobre su presidente, Jerome Powell –al que ha llegado a descalificar públicamente en numerosas ocasiones–, para que reduzca drásticamente los tipos de interés oficiales, a pesar de que ni el estado actual de la economía, del mercado laboral y de la inflación estadounidenses requieren de una política monetaria tan laxa como él demanda. Con ello, Trump intenta reducir el elevado pago de intereses que afronta anualmente EE.UU., consecuencia de su elevado déficit estructural y de una deuda pública que hace tiempo que ha superado el umbral del 100 % del Producto Interior Bruto (PIB).
Más recientemente, y como parte de esta misma estrategia, Trump ha intentado despedir con excusas muy variopintas a una gobernadora de la Reserva Federal con el objetivo de hacerse con el control del comité directivo del banco central, aunque, de momento, la jugada no le ha salido bien y serán los tribunales los que decidan finalmente si el presidente puede o no tomar en puridad una decisión de este tipo. Lo que no parecen valorar ni Trump ni sus asesores es que este tipo de actuaciones podría terminar por erosionar la credibilidad de la institución si los inversores interpretan que las decisiones del banco central han pasado a estar subordinadas a las necesidades fiscales del país y del gobierno de turno.
En ese sentido, cabe destacar que la Fed es probablemente el banco central con mayor grado de independencia formal, aunque su diseño híbrido, con gobernadores nombrados por el presidente y confirmados por el Senado, abre la puerta a la influencia política. Su mandato dual, que incluye tanto la estabilidad de precios como el pleno empleo, le otorga, además, un margen de maniobra interpretativo mayor que el de sus homólogos europeos. Señalar, igualmente, que la Reserva Federal también puede terminar teniendo en un Congreso ‘partidista’ –dominado por uno de los grandes partidos– un nuevo ‘enemigo’. En ese sentido, cabe recordar que el Congreso tiene la potestad de modificar el marco legal de la Fed y que ya ha debatido en varias ocasiones propuestas para someterla a una mayor supervisión.
Pero la puesta en duda de la independencia de los bancos centrales no ha afectado últimamente solo a la Reserva Federal. Durante las sucesivas crisis de deuda que afrontó la eurozona, el BCE adoptó medidas que muchos inversores llegaron a cuestionar. Así, y al no existir un Departamento del Tesoro como ocurre en EE.UU., el BCE se convierte en el actor de último recurso en momentos de crisis. Durante la crisis de deuda soberana (2010-2012), el programa de compra de bonos y el famoso «Whatever it takes» pronunciado por el entonces presidente del BCE, Mario Draghi, fueron esenciales para evitar el colapso del euro. Pero esas decisiones generaron acusaciones de que el BCE estaba asumiendo un rol cuasifiscal, favoreciendo a ciertos estados, concretamente a los del sur de Europa, que presentaban en esos momentos los mayores desequilibrios fiscales.
Consideramos que la independencia de los bancos centrales no debe darse por sentada y que deben fortalecerse los marcos legales para garantizarla y, por tanto, para permitir que sus decisiones de política monetaria se guíen siempre buscando el objetivo de alcanzar la estabilidad a largo plazo y no por la coyuntura política y electoral.
Juan José Fernández-FigaresColaborador de Economía 3. Juan José Fernández-Figares es Jefe de Investigación en Link Securities. Lleva casi tres décadas analizando mercados financieros y empresas de diferentes sectores de actividad, así como asesorando a clientes en sus inversiones. Desde hace más de 15 años, desarrolla modelos basados en algoritmos, orientados a la selección de valores para la gestión de carteras y fondos.
Scott Zoldi, Director de Analítica en FICO
Anabella Arroyo, Consultora de Empresas y Coach Ejecutivo
Juan José Fernández-Figares, Director de Gestión Instituciones de Inversión Colectiva en Link Securities
Santiago de Taranco, CEO y fundador en Alberta Norweg