Genovés, simbólico hasta el fin

Periodista
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Juan Genovés estaba obsesionado por la soledad entre la multitud. Su pintura de perspectiva cenital, detalladamente figurativa sobre fondos descontextualizados, muestra a personas caminando en muy distintas direcciones, sin apenas cruzar las miradas, peatones zombies antes de que existiesen las nuevas tecnologías manuales. Eran zombies porque no se fijaban en su alrededor. Nadie se paraba a hablar con nadie, cada uno se dirigía adonde creía que debía ir, casi nunca por su propia voluntad.

Nacido en València en 1930, no tuvo más remedio que ser rebelde, abominar del autoritarismo que asfixiaba a la sociedad y golpearlo con su posicionamiento artístico, entendiendo desde el primer momento el arte como un hecho político, relevante, transformador. En esa semiutopía vivió, al principio ignorado, incómodo y golpeado, hasta que llegó su momento.


Me pregunto si la lectura de El abrazo ha sido demasiado ingenua; el artista era mucho más inteligente que los políticos que las mínimas veces que han llegado a un acuerdo han elegido firmarlo ante el lienzo

Experimentó la satisfacción de captar un instante esperanzador de la Historia, pero efímero, pasajero, como pasa siempre con la esperanza. Tuvo la oportunidad de verlo descomponerse con machacona lentitud en durante casi la segunda mitad de su vida, tiempo de sobra para comprobar la paulatina degeneración del ideal, y quiero creer ha sido consciente de que el deber que él mismo se marcó consiguió trasladarlo a la posteridad. En su soledad hizo mucho, pero no podía hacerlo todo, ni tenía por qué asumir esa responsabilidad.

Hablar hoy de Genovés, no sólo porque acaba de fallecer, sino porque se cree que llamó a la concordia con su obra universal El abrazo, cuando muchos españoles aún sufrían sed de sangre, puede parecer intelectualmente acomodaticio. Pero también puede que no.

Quizás, antes de crear la obra que se elevó como icono de la Transición, el primero que supiera que los abrazos, la empatía, el espíritu de colaboración, serían algo pasajero, fuera el propio autor.  Me pregunto si la lectura de El abrazo ha sido demasiado ingenua; el artista era mucho más inteligente que los políticos que las mínimas veces que han llegado a un acuerdo han elegido firmarlo ante el lienzo. ¿Y si ironizaba? ¿Y si justamente ese abrazo representaba lo inalcanzable? Su obra posterior -nunca paró- nos vuelve a situar dando vueltas sobre un mismo epicentro donde, a vista de pájaro, no hay nada.

Su muerte en estos días terribles concuerda con su discurso de una manera asombrosa. Simbólica. Primero, porque la sociedad parece darse la espalda de nuevo, corriendo hacia los extremos, cerrando los puños un segundo antes de darse la vuelta con los músculos en máxima tensión.

Y segundo, porque ¿qué haremos cuando nos volvamos a encontrar con nuestros seres queridos y no podamos abrazarlos?

Descanse en una merecida tranquilidad el gran Juan Genovés.

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