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Fontestad: calidad y compromiso hechos señas de identidad

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La empresa Fontestad manipula y comercializa cada año unos 130 millones de kilos de cítricos. En plena temporada, la firma está preparada para dar salida de sus muelles de carga hasta un millón de kilos por día; mil toneladas de fruta que suponen, sobre el papel, la facturación de cincuenta camiones de veinte toneladas.

Estamos, pues, ante una empresa de muy alto nivel, dotada de líneas de tratamiento de cítricos que incluyen lavado, encerado, selección, calibrado y envase tanto de naranjas como de mandarinas en una amplísima variedad de formatos. Y, todo ello, dentro de un calendario que, aunque tiene sus puntas de producción en los meses de invierno, ya es capaz de garantizar una actividad prácticamente anual, pues incluye un amplio abanico de variedades, que cubren prácticamente todos los meses del año.

Empresa familiar es un término clave para definir un estilo de gestión, donde los valores de la tradición llevan a atender minuciosamente todas las fases de un modelo de negocio, que hunde sus raíces en la confianza: cumplir las fechas comprometidas, ser exigente en la entrega, dar garantía de calidad del producto y, desde luego, cobrar y pagar con puntualidad.

Son reglas de oro que la actual generación de la firma tiene entre sus objetivos. Con el mismo rigor ahora que se manejan cifras mareantes, que cuando se trataba de pequeños pedidos a clientes que basaban la lealtad en la seguridad del buen trato.

Los orígenes

Puede parecer una historia propia de un guion de cine o de una novela, pero es la realidad. La firma familiar Fontestad nació en tiempos muy duros, en los difíciles años cincuenta, en condiciones precarias, cuando el transporte era rudimentario y la distribución una utopía. El negocio familiar lo inició Vicente Fontestad Planells, padre del actual propietario, que vendía frutas y verduras, especialmente cítricos, en los mercados.

El nacimiento jurídico de la firma, como empresa con plena vocación de comercialización y exportación de cítricos, nos remite al 1 de octubre de 1984. Entre una y otra fecha hay, pues, tres décadas de esfuerzo continuado, de suma de experiencias, de lenta y segura configuración de una tupida red comercial, con dos campos a atender y comprender, a intermediar y comunicar a la vez, a sabiendas de sus diferencias.

El largo aprendizaje de Fontestad permitió el liderazgo en el campo de la calidad. Fontestad y Mademoiselle, sus marcas, son etiquetas valoradas y apreciadas en el mundo de las frutas. Con sencillez, sin grandes alardes, con la hondura de las cosas buenas, naranjas de calidad.

Y, por añadidura, la experiencia del que tiene que ser delicada bisagra de dos ámbitos: de un lado, el complejo mundo agrícola, compuesto siempre de pequeñas propiedades, intereses, prisas, nervios y dudas; al otro lado, el no menos complicado campo de la venta, el transporte, la distribución y la satisfacción de los clientes.

De uno a otro extremo, un sinfín de interrogantes, que empiezan por el factor climático, siempre lleno de riesgos, y terminan por el no menos arriesgado factor del gusto y la moda, configurada por millones de paladares en docenas de regiones, países y culturas diversas.

2016-abril-fontestad-abre-2Crecer en un entorno cambiante

Para entender el esfuerzo de esa experiencia de tres décadas largas consideremos, además, los cambios que la sociedad española ha experimentado: desde la pequeña tienda de barrio o el puesto de un mercado tradicional, hasta la multiplicidad de puntos de venta que en los setenta y los ochenta habrían de venir: hipermercados, supermercados, grandes cadenas y enormes superficies de venta, exigentes hasta el céntimo en la evaluación de costes.

Todo eso –como en el “más difícil todavía” de los espectáculos de alto riesgo-, en un mundo comercial que tiene como objeto la fruta perecedera, un producto frágil, de vida efímera, delicado a la hora de manipular y viajar por el mundo. Y que de un marco local tuvo que proyectarse en el espacio europeo.

Sobre la sabiduría larga del fundador, a través de un rosario de almacenes comercializadores pequeños y medianos que fueron creciendo, la empresa Fontestad configuró con el cambio de siglo su perfil contemporáneo.

Vino entonces el reto de levantar una instalación nueva, de unos 45.000 m2 de planta, dotada de la más moderna tecnología, en la que se invirtieron 20 millones de euros en los primeros años del siglo XXI. Ubicada en Museros, muy cerca de la CV-32, Massamagrell-Náquera, la factoría de Fontestad tardó poco en ser la mayor planta de tratamiento de fruta de Europa. Vicente Fontestad Ballester, la segunda generación, adquirió de la familia la plena propiedad de la firma.

El presente

Fontestad tiene en estos momentos tres centros de trabajo: en Valencia está el centro de producción; en Mercamadrid, mercado donde es líder, tiene el centro mayorista que distribuye ventas al centro y norte de España; y el tercer gran centro de la compañía está en el mercado mayorista de Perpignan, Saint Charles, desde donde la firma irradia y distribuye a toda Europa.

Más del 40 % de los cítricos que comercializa son de producción propia y están gestionados directamente en 900 hectáreas de naranjos ubicados en la Comunidad Valenciana, Sevilla, Huelva y Murcia.

Lo que supuso el incendio de la factoría, que relatamos en el cuadro adjunto, está yá superado en el año 2016. Siempre que se le pregunta por esos dos duros años, Vicente Fontestad evoca el compromiso de reconstrucción en el que se empeñó al día siguiente del siniestro y afirma que pudo cumplir su palabra gracias al apoyo de su esposa, Amparo Gil y de la tercera generación, sus hijos, Vicente y Belén, que trabajan en diversos departamentos de la empresa

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