¿Por qué nos asusta la deflación?

Profesora del Grado en Dirección de Empresas y el Grado en Marketing  Universidad CEU Cardenal Herrera

2014-nov-CEU-maria-pilar-garcia-alcoberDurante los últimos meses hemos asistido a la toma de una serie de decisiones en materia de política monetaria que quedaban fuera de lo que venía siendo habitual en la Unión Europea. El pasado mes de junio, Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, bajaba los tipos de interés a un mínimo histórico, el 0.15%, y además situaba la tasa de depósitos en niveles negativos. De ese modo, si un banco pretende guardar su dinero en el BCE, en lugar de cobrar un tipo de interés tendrá una penalización. Con ello se pretende que haya más liquidez en la economía. Además, dichas medidas han ido creciendo desde entonces: el tipo de interés se ha situado en otro mínimo histórico en septiembre, el 0.05%, y ya ha comenzado la compra de activos.

El motivo por el que Mario Draghi está tomando ese tipo de decisiones en materia de política económica no sólo tiene que ver con el hecho de que la economía no termina de repuntar en la zona euro. Sucede que, además, la tasa de inflación está cercana a cero y no se prevé que aumente. Estamos entrando, por tanto, en un período de estancamiento económico sin inflación.

Hay que tener en cuenta que el objetivo del Banco Central Europeo es mantener una tasa de inflación cercana pero inferior al 2%. Hasta la fecha, sin embargo, la única preocupación radicaba en contener grandes subidas de precios.
Sin embargo, tras el estallido de la crisis, los precios no han crecido en Europa.

Tampoco se puede afirmar que haya deflación, ya que la tasa está cercana al cero y sólo es negativa en períodos puntuales. Técnicamente hablando, la deflación implica un descenso continuado de los precios, es decir: una tasa de inflación negativa (en términos interanuales) durante un periodo mínimo de seis meses. Es difícil que algo así pueda suceder en todos los países de la eurozona y durante tanto tiempo. No obstante, lo cierto es que en algunos países hay más riesgo que en otros. En España, por ejemplo, la tasa de inflación ha sido negativa durante los últimos tres meses (julio, agosto y septiembre).

Las consecuencias de la deflación –es decir de una caída de precios continuada– pueden ser varias. Por un lado, si se prevé una caída de los precios se produce un aplazamiento del consumo, las exportaciones y la inversión. Esto conlleva una espiral de difícil salida. Los consumidores posponen su gasto esperando una caída de los precios. Las empresas dejan de producir ante las dificultades de dar salida a sus productos, lo que conduce al despido de empleados, bajada de salarios y, por tanto, redunda en una mayor caída del consumo. El propio Draghi señalaba que en algunos países europeos los nuevos empleos están situándose a niveles salariales de los años 80.

Por otro lado, la deflación dificulta el pago de la deuda. Si se solicita un préstamo para la compra de un activo por un importe de 100.000 euros y los precios se reducen un 10%, la deuda real será de 110.000 euros.

Como he señalado anteriormente, si bajan los precios, bajan los salarios y también el valor de los activos. Esto provoca que los acreedores se encuentren con un nivel de impagos superior y, como ha ocurrido en España, los activos pierdan valor monetario.

La experiencia de Japón

Un precedente empírico se encuentra en la crisis de Japón. Desde los años 90 se considera que Japón ha perdido dos décadas de crecimiento económico. En 1990 y 1991 estallaron las burbujas bursátil e inmobiliaria. Los precios de los inmuebles se redujeron a la mitad en tan solo nueve años.

La crisis actual es muy similar a la japonesa. Ambas tienen su origen en un desmedido crecimiento crediticio y ambas han llegado a una doble burbuja de activos. Los precios en Japón cayeron durante cuatro años (1999-2003) a pesar del intento estatal por evitarlo manteniendo unos tipos de interés nulos. La lección aprendida de la crisis japonesa es que una vez un país entra en deflación es muy difícil salir de ella, y eso es lo que teme Draghi.

Sin embargo, Europa no puede permitirse una crisis como la que tuvo Japón. La situación política no es comparable. Mientras Japón es un país donde las políticas monetaria y fiscal se deciden de manera unilateral, en Europa las medidas económicas deben consensuarse y, lógicamente, no afectan de la misma forma a todos sus países miembros. Así, lo que va a ser bueno para algunos países no lo va a ser tanto para otros. Además, los períodos deflacionistas afectan más a los países con la deuda más alta o con mayor tasa de desempleo.

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