Grupo Dominguis: De la pintura de coches al corazón del mundo nuclear

Joaquín Dominguis, el fundador; José Dominguis, actual presidente; Héctor Dominguis, el consejero delegado.

Joaquín Dominguis, el fundador; José Dominguis, actual presidente; Héctor Dominguis, el consejero delegado.

Hace dos años, en diciembre de 2012, José Dominguis Renard  tomó la palabra en el auditorio del Cubo Azul de la UPV, para mostrar su satisfacción personal y profesional: tras varias décadas de trabajo y crecimiento, la empresa de pintura de coches y casas fundada por su padre 80 años atrás, estaba inaugurando un centro de investigación ubicado en el corazón de la Ciudad Politécnica de la Innovación. Desde el recuerdo de su padre, Joaquín Dominguis Cardona, un histórico emprendedor valenciano, José observaba con orgullo legítimo la proyección de la firma en el siglo XXI, de la mano de la tercera generación, su hijo Héctor Dominguis. El Grupo Dominguis Energy Services se muestra puntero y sólido en diversos campos: industrial, logístico, eólico, termosolar, emergencias, tratamiento de superficies y, fundamentalmente, el nuclear.

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José Dominguis, 76 años, evoca aquel discurso en la Universidad Politécnica. “Fue un día muy importante para nosotros. Celebrábamos el 80 aniversario de la fundación de la empresa en Valencia por mi padre, y el gran cambio y crecimiento que, con un magnífico equipo humano, hemos experimentado. Hemos hecho todos un gran esfuerzo para ganar la confianza de los clientes y expandirnos por el mundo”, dice para Economía 3. “Mi hijo Héctor, que también habló durante la ceremonia, era y es la garantía de una nueva etapa, de una proyección futura”.

La historia de las tres generaciones de esta empresa familiar valenciana arranca en Pego y en años difíciles: los de la crisis posterior a la I Guerra Mundial. Las familias de pequeños propietarios agrícolas veían con inquietud que el arroz, la uva para pasas y los cítricos no garantizaban el porvenir de todos los hijos. Como otros muchos jóvenes de la Marina y la Safor, Joaquín Dominguis Cardona decidió emigrar.

A Nueva York

“Mi padre, a los 17 años y con una formación elemental -desde luego, no sabía inglés- se fue a Nueva York en 1919, como docenas de jóvenes de la comarca. Investigando en la red, mi hijo Héctor ha localizado su inscripción, ficha y foto, como Joaquín Domínguez, no Dominguis, en los registros de inmigrantes de la isla de Ellis, el punto de clasificación de las gentes que, por centenares, llegaban a Estados Unidos.

Se sabe que llegó a bordo del vapor ‘G. López y López’, que vivió en la zona  de Cherry Street, cerca del puente de Brooklyn, donde se concentraba la colonia de valencianos, y que a lo largo de cuatro años trabajó por la costa Este.

El vapor ‘C. López’, con el  que Joaquín Dominguis Cardona  emigró a Nueva York

El vapor ‘C. López’, en él Joaquín Dominguis emigró a Nueva York

Hizo de todo, desde luego. Era un peón, un trabajador listo y fuerte. Estuvo por las acerías de Pittsburg, tendiendo ferrocarriles, en la construcción de edificios… Pero, por las noticias que me contaba, hay un momento, en Nueva York, en el que un grupo de compañeros empiezan a pintar casas y tiendas con un sistema innovador: el dueño entregaba las llaves del negocio un viernes por la tarde, y ellos pintaban sin parar durante el fin de semana. Cuando se abría el lunes, todo estaba pintado y las cosas en el mismo sitio”.

En los felices años veinte el automóvil se expandió en Estados Unidos y en él debió ver el futuro. Cuando en 1923 regresó a España, Joaquín Dominguis Cardona vino con un negocio en la cabeza: pintar casas y automóviles. “Para España, y sobre todo para Pego, era pronto para el automóvil. Pero mi padre resolvió el tema de la mili, que le había hecho regresar a España, y se puso a trabajar con su hermano. Pintaron coches por toda la comarca, pero sobre todo pintaron casas, que era lo más habitual. Hemos rescatado documentos y facturas de esos  momentos.

La empresa Dominguis Hermanos, de pintura mural y de coches, fue creada en el año 1927 en Pego, aunque nosotros siempre hemos tomado como origen de nuestro Grupo 1932, el año en que mi padre se estableció en Valencia”.

De vuelta a Valencia…, y Argelia

Tras la aventura americana, el emprendedor de Pego se casó en 1927 con una joven de Cullera, Dolores Renart Sapiña, con la que tuvo cuatro hijos: Dolores, Joaquín, Concha y el menor, José, que nació en 1938 en una Valencia metida en plena guerra y capital de la República.

“Al acabar la guerra civil mi padre inició una nueva etapa, traumática, dentro de una vida llena de grandes aventuras. Porque a pesar de la crisis económica de los años treinta, sabemos que la empresa estuvo activa, y que incluso intervino en la pintura de los chalés de los periodistas, la cooperativa de agentes comerciales y la ‘Finca Roja’. Mi padre, ya avanzada la guerra y cuando escaseaba todo, se ‘enchufó’ en el economato de la prisión de San Miguel de los Reyes. Así es que, sin ser de ideas radicales, porque no lo era, cuando acabó la guerra temió represalias del franquismo, por si le tomaban por funcionario de prisiones, y emprendió el exilio en 1939”.

Joaquín Dominguis Cardona, fundador de la empresa en el campamento de trabajo de Colomb Bechar, en Argelia

Joaquín Dominguis en el campamento de trabajo de Colomb Bechar, en Argelia

Desde el puerto de Denia, en un barco  pesquero, Joaquín Dominguis emprendió viaje a Argelia. Tuvo que dejar atrás la familia -esposa y cuatro hijos- y la empresa que había logrado construir. Durante cinco años, después incluso de que los americanos liberasen Argelia, su vida fue la de un exiliado. Primero en los campos de trabajo de Colomb Bechar, en el desierto; y más tarde en Orán donde trabajó en la hostelería, en cocinas. Luego, gracias a su habilidad comercial, se estableció con una carnicería/charcutería propia en esa ciudad. “Era emprendedor, sin duda alguna. Mi padre se las ingeniaba para encontrar trabajos y negocios provechosos según las circunstancias del momento”.

Los duros 60

José Dominguis, nuestro interlocutor, vio un avión de cerca por primera vez a los 10 años, en 1948, en el aeropuerto de Manises. Fue cuando su padre regresó del exilio en un vuelo desde Marsella. La familia, reunida de nuevo, tomó el hilo conductor de la pintura mural, y partiendo de cero, construyó por tercera vez su empresa.

“Le iba bien, contaba con la ayuda de mi hermano, una buena plantilla de oficiales y no le faltaban buenos clientes. En 1956, ya casado mi hermano, le planteó a mi padre que no le gustaba la pintura mural y pensaba buscarse otra actividad. Mi padre, lógicamente, le dijo que hiciera lo que mejor considerara para él. Y se fue a trabajar con una empresa de tratamientos agrícolas.

Yo estaba estudiando en la Escuela Profesional de Comercio. En 1958 tuve que suspender mis estudios e incorporarme a la empresa para sustituir a mi padre, aquejado de una grave enfermedad que, afortunadamente, pudo superar, aunque le costó dos años de inactividad”.

Evocando los años 60, José Dominguis dibuja un tiempo de trabajo intenso: “Fueron días difíciles para mí. Afortunadamente, yo conocía la pintura mural, porque los veranos los pasaba con mi padre en las obras. Pero viví los años sesenta con mucha intensidad: conocí a Teresa, que sería mi esposa, y nos casamos en 1967. Los primeros años, cuando vivíamos en la playa de Nazaret, en una casita construida por mi padre, fueron inolvidables”.

Pintura industrial

Se puede rastrear la actividad de las empresas de los Dominguis en tiendas de regalos, de confección, cafeterías, joyerías, etc., y en el Hotel Metropol. José Dominguis, que siempre gozó de la plena libertad de acción que su padre le daba, buscaba nuevas salidas y contratos. Durante 10 años tuvieron una activa empresa de decoración, Deyca, y cuando fue moda abrió una tienda de papeles pintados, ‘Rido’, en la calle Félix Pizcueta. “Todo ello sin dejar la actividad principal, pintura mural, hasta que decidimos dar un giro importante: entramos en el mundo de la pintura industrial, que había de ser nuestro porvenir”.

La nueva fase se inició con la pintura de torres e instalaciones eléctricas para Hidroeléctrica Española y en un momento de expansión industrial, intervinieron  en la central térmica de Castellón y en la planta de caproláctama próxima. El ámbito industrial fue dejando atrás al mural y puso en el horizonte la siguiente puerta, que se abrió en 1975  con el contrato de pintura de la central nuclear de Almaraz.

“Fue el gran salto cuando tenía 37 años. Viajé mucho, trabajé mucho, pero aquella nuclear fue un reto que superamos y nos permitió entrar en otro ámbito. Con Valentín Mena, nuestro director técnico, aprendimos e innovamos. José Luis Torres fue siempre mi apoyo en el campo financiero”.

Ahora se trataba de aplicar las especificaciones exactas de pintura anticorrosiva y revestimientos especiales. “Había que trabajar con precisión y calidad. Yo iba todas las semanas a Madrid y Extremadura, y mi hermano Joaquín llevaba la parte de pintura tradicional de la empresa. En 1976 viajamos a Canadá y Estados Unidos, a aprender técnicas nuevas y resolver dudas, visitando varias centrales nucleares”.    

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