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Entre las ‘smart cities’ idílicas y la distopía

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2013-agosto-opi-S2-Rosell.Socio Director de S2 Grupo 

 En un artículo anterior del mes de noviembre, vimos los motivos por los que las ‘smart cities’ (ciudades inteligentes), las ciudades del futuro, estaban llamadas a convertirse en una de las herramientas más potentes en políticas públicas en las próximas décadas. Y en aquella exposición ya quedó claro un eje común, el uso masivo por parte personas y “cosas” en general, de las tecnologías de la información y de las comunicaciones, y su hiperconexión en todos los sentidos; y también un hecho, la escasa atención prestada en el diseño de las ciudades inteligentes a los aspectos relacionados con la ciberseguridad y la privacidad.

La cantidad de información en la red ya es actualmente muy grande, pero si, como parece, la tendencia de conexión a internet de las cosas y el desarrollo de las ‘smart cities’ se confirman, en un tiempo muy cercano, una cantidad ingente de datos, convertidos de forma automática en información mediante sistemas inteligentes de correlación, controlará el devenir de los acontecimientos en las ciudades inteligentes, principal exponente de la sociedad del futuro.

Hay previsiones que apuntan a que en 2020 tendremos en el mundo más de 50.000 millones de dispositivos conectados entre sí. Resulta estremecedor pensar lo que los Estados podrían llegar a hacer en un mundo repleto de información, en el que nos hemos introducido voluntariamente. Nadie nos ha obligado.

Hemos sentido la necesidad de compartir nuestra vida a través de la tecnología, de las redes sociales, mediante los dispositivos que llevamos y usamos. Mejoran nuestra vida pero, a veces, no somos conscientes del precio que podríamos llegar a pagar por el servicio que nos prestan. Miramos a los niños y les damos un montón de explicaciones sobre las precauciones que deben tomar al compartir información en la red, pero ¿y nosotros? ¿Somos conscientes de lo que estamos compartiendo? No es sencillo.

La relación causa-efecto muchas veces no forma parte del espectro visible y, en muchas ocasiones, está distante en el tiempo. Como en casi todo, el peligro no está en el hecho de compartir la información, sino en el uso o abuso que alguien puede llegar a hacer de ella.

¿La pesadilla de George Orwell?

Si lo pensamos, en estas ciudades del futuro no estaremos tan lejos del exceso de control que George Orwell describía en su obra ‘1984’. En efecto, no disponemos de elementos como su ‘habitación 101’ o su ‘Ministerio de la Verdad’, que tanto juego dieron en la sociedad descrita por el autor.

En su lugar tenemos a la omnipresente e invisible NSA y sus equivalentes del resto de Estados; a los ejércitos de países como China, que dedican muchos recursos humanos y económicos para espiar a personas, organizaciones e incluso Estados; y a empresas del ámbito privado que almacenan toneladas de información de todo lo que se conecta a internet, ya sean individuos o cosas, como puede ser el caso de multinacionales como Google, Amazon, Apple o Facebook.

La lista es interminable y no hablamos tan solo de empresas tecnológicas, ejércitos o Estados. El que más o el que menos almacena, en “paraísos de la información” de difícil localización, datos, coordenadas, imágenes, planos, conversaciones, mensajes, whatsapps, etc., que tratados convenientemente, podrían salir a la luz en el momento más oportuno.

El comportamiento de los Gobiernos es el que establecerá la frontera entre una sociedad avanzada y deseable y una sociedad ‘orwelliana’ e indeseable. Los antecedentes, a juzgar por la información hecha pública como consecuencia de casos como los de Assange y Snowden, apuntan hacia comportamientos con trazas absolutistas.

Rascacielos

Aparentemente, estamos asistiendo a un abuso reiterado, por parte de distintos poderes públicos, de la confianza que la población ha depositado en los avances derivados de las tecnologías de la información y las comunicaciones.

Incluso el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, en el reciente anuncio del recorte de las atribuciones de la NSA al establecer salvaguardas a las libertades civiles que implica la reforma de las “leyes del espionaje” estadounidense, no es que no haya pedido disculpas por las escuchas masivas llevadas a cabo, es que ha justificado la labor realizada en aras del bien del pueblo norteamericano, aunque sea en contra de intereses de otros pueblos o de algunos individuos.

Además, hay que tener en cuenta que los anuncios realizados son consecuencia de los programas dejados al descubierto por el ex analista de inteligencia Edward Snowden. ¿Qué estaría pasando si esta información no hubiese salido a la luz? ¿Qué estarán haciendo la equivalente NSA china o la FSB rusa?

La magnitud del problema crece con el paso del tiempo, y el diseño y desarrollo de las ‘ciudades inteligentes’ no hace más que acelerar el proceso y agravar la situación. Si George Orwell levantara la cabeza vería una ciudad sin sus extrañas “telepantallas”, pero con infinidad de dispositivos inimaginables con una capacidad de vigilancia y monitorización muy superior a la imaginada en su obra de ficción.

Una ciudad con cientos de miles de sensores inteligentes, donde cada individuo lleva su propio dispositivo inteligente (‘smart device’) en forma de teléfono, reloj o de gafas por ejemplo; una ciudad hiperconectada, donde los servicios de emergencia interactúan con los dispositivos de los ciudadanos; donde los pacientes están vigilados de forma continua desde centros de control; donde los edificios, las viviendas y los medios de transporte están conectados entre sí y con las personas que hacen uso de ellos; donde la seguridad pública dispone de mecanismos para vigilar en tiempo real lo que sucede en cualquier punto de la ciudad; donde las relaciones con el Gobierno local se mantienen a través de servicios en la nube, y donde cualquier individuo y cualquier elemento importante de su ecosistema está inventariado, controlado y totalmente integrado en el mismo.

Recuperar a Montesquieu

Todos estos servicios pueden hacer de las ciudades del futuro un lugar idílico para el desarrollo de la convivencia y del trabajo en comunidad, pero también pueden convertirlas en un espacio hipervigilado, en el que se pongan en cuarentena muchos de los principios sobre los que se han construido las libertades de las que hemos disfrutado hasta ahora.

Para garantizar que las ciudades del futuro son un marco de convivencia en libertad, alejado de sociedades distópicas como la descrita por Orwell, además de desarrollar funcionalmente sus servicios, se debe trabajar desde el principio en dos ejes fundamentales.

El primero está directamente relacionado con la estructura de los servicios de inteligencia y ciberseguridad, garantes del buen uso que de la información se haga. El segundo, totalmente básico, se basa en el principio enumerado por Montesquieu en ‘El espíritu de las leyes’, que decía: “La ley es lo más importante del Estado”. En este caso, es necesario desarrollar un marco legislativo internacional, nacional y local totalmente nuevo, que regule el funcionamiento de estas ‘smart cities’.

Si Montesquieu defendía, como un pilar de la sociedad moderna, la necesidad de la separación de poderes, necesitamos un marco de trabajo que garantice esa separación de forma efectiva, teniendo en cuenta que internet, o el ciberespacio en general, está aceptado comúnmente como el quinto poder.

Es importante incidir en que esta regulación requiere un gran pacto internacional. La red es global y todo lo que se regule que no sea global tendrá una aplicación muy limitada. No es imposible; existen antecedentes con requisitos similares. Un ejemplo lo tenemos en la Organización Marítima Internacional (OMI), que en 1914, tras el desastre del Titanic, publicó el “Convenio Internacional para la Seguridad de la Vida Humana en la Mar”, también conocido como Solas.

Es evidente que queda mucho trabajo por delante, tanto para hacer que las ciudades inteligentes sean una realidad, como para hacer que se conviertan en un espacio de convivencia en libertad.

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